“¿Me amas más que estos?”: El amor que restaura la misión

“¿Me amas más que estos?”: El amor que restaura la misión

El capítulo 21 del evangelio según san Juan no es un simple epílogo, una adición tardía o anecdótica. Es una síntesis poderosa y luminosa del camino cristiano: comienza en el desconcierto, pasa por la obediencia, se deja tocar por el misterio del amor, y desemboca en una entrega sin condiciones. Este relato nos conduce al corazón de lo que significa seguir a Cristo: no desde la fuerza, sino desde la experiencia del perdón, del amor recuperado y del envío renovado.

Los discípulos han vuelto al lago, al oficio de antes. Han regresado a la barca, a la noche, al trabajo sin frutos. Es una escena impregnada de melancolía. El Maestro ha resucitado, sí, pero ¿qué hacer con esta certeza cuando la vida cotidiana exige respuestas más claras? ¿Qué se hace después de una experiencia que lo ha cambiado todo y, al mismo tiempo, parece que no cambia nada?

Pedro vuelve a pescar. No sabe hacer otra cosa. Está en la noche, como muchas veces nosotros: en esa noche del alma donde nada parece funcionar, donde el trabajo es estéril, donde el cansancio no se transforma en cosecha. Pero en esa noche, precisamente, es donde el Resucitado se manifiesta. Está en la orilla, silencioso, discreto, esperando como siempre lo ha hecho. No irrumpe; se deja ver al amanecer, cuando la luz comienza a disipar las sombras y los ojos empiezan a abrirse de nuevo.

Es desde esa orilla donde Jesús los guía a una pesca abundante. Y el texto está lleno de símbolos: el mar como imagen del caos, la red que no se rompe como signo de comunión universal, los 153 peces como una totalidad indescifrable pero exacta, y el fuego encendido, memoria y promesa. Jesús no los reprende por haber vuelto a lo antiguo. No les exige explicaciones. Solo los acoge y los alimenta. La comida, como siempre, es el gesto del Reino.

Y entonces sucede el centro del relato. Jesús llama a Pedro, pero no lo hace con reproche. No le recuerda las negaciones, no le muestra las heridas del pasado. Le pregunta solo una cosa: “¿Me amas?”. No lo interroga sobre su capacidad, su fe, su pasado, su doctrina. Le pregunta por el amor. Y no una vez, sino tres. El amor es lo único que puede restaurar una vocación herida. Pedro, que negó tres veces, debe ahora responder tres veces. No para pagar una culpa, sino para que cada negación sea redimida por una afirmación.

Pero en la pregunta misma hay un abismo. Jesús utiliza un verbo distinto al que Pedro responde. Le habla de un amor total, incondicional, absoluto. Pedro responde con un amor limitado, humano, sincero pero frágil. Y es ahí donde se produce el verdadero encuentro: cuando Jesús desciende hasta la medida de Pedro, no para exigirle más, sino para levantarlo desde lo que él sí puede dar. Jesús acepta el amor de Pedro tal como es. No le pide perfección, le pide verdad.

Y desde ese amor, Pedro es llamado de nuevo a la misión. “Apacienta mis ovejas”. La autoridad no viene del poder, sino del amor sanado. El liderazgo en la comunidad no se basa en el mérito ni en la fuerza, sino en la experiencia de haber sido amado y perdonado. Solo quien ha conocido la noche puede guiar a otros hacia el alba.

Finalmente, Jesús le anuncia el destino: una entrega total, una muerte que glorificará a Dios. No es una amenaza, sino una promesa: el amor que ha sido purificado por el dolor y la fragilidad es ahora capaz de entregarse hasta el final. “Sígueme”, le dice Jesús, como al principio. Pero ahora Pedro entiende. Ya no se trata de dejar las redes, sino de dejarse a sí mismo.

En la homilía pronunciada hoy en la parroquia de Molleda, el sacerdote Alejandro Soler insistió con claridad en lo esencial: que Cristo sea el centro, y que el nuevo Papa predique a Cristo. Esta afirmación, sencilla pero radical, nos devuelve a la raíz misma del evangelio. No es suficiente hablar de Cristo, estudiarlo, debatirlo, ni siquiera organizar actividades en su nombre. Se trata de vivirlo. Y vivir a Cristo significa dejar que sea el centro, no de nuestro discurso, sino de nuestra existencia.

En este sentido, predicar a Cristo no es solo cuestión de palabras, ni de homilías bien construidas. Es sobre todo un testimonio. Es encarnar su vida, su mansedumbre, su verdad, su compasión. Un Papa que predique a Cristo con sencillez y humildad será escuchado más que uno que lo haga con discursos complejos pero sin transparencia del corazón.

La verdadera predicación nace de una experiencia interior. No se puede anunciar a Cristo si no se ha comido con él junto al fuego, si no se ha escuchado su pregunta desgarradora: “¿me amas?”. Solo quien ha sido restaurado por su amor puede decir al mundo algo verdadero.

Testimoniar a Cristo hoy es vivir sin ostentación, sin dureza, sin arrogancia. Es mostrar que el centro de la vida no es uno mismo, ni el éxito, ni la imagen. Es dar paso al otro. Es hacer sitio para que Dios habite en lo pequeño, en lo frágil, en lo común. La humildad no es timidez, es verdad. Y la sencillez no es pobreza de pensamiento, es claridad del alma.

Si la Iglesia —y en ella cada uno de nosotros— vuelve a este centro, entonces la misión se reavivará. Si dejamos de buscar prestigio y volvemos a buscar a Jesús en la orilla, junto al fuego, si dejamos que nos pregunte por nuestro amor y no por nuestros logros, entonces algo nuevo puede comenzar. El mundo no necesita una Iglesia poderosa, necesita una Iglesia que escuche y acompañe, que ame como fue amada.