La reciente entrevista al padre Alejandro Soler en la Televisión Asturiana ha sido un ejemplo admirable de seriedad, conocimiento teológico y finura pastoral al abordar temas particularmente sensibles para la Iglesia actual. Desde el primer momento, Soler se mostró informado y respetuoso, con una actitud profundamente evangélica y a la vez crítica, cuando correspondía. Uno de los aspectos más notables de su intervención fue su forma de tratar con gran delicadeza cuestiones candentes como la homosexualidad, desde una perspectiva pastoral que no renuncia a la verdad, pero se desmarca con claridad de juicios apresurados o ideologizados. Del mismo modo, es de agradecer que recordara que ciertas funciones en la vida de la Iglesia corresponden a todo bautizado, algo tantas veces olvidado y que fue expresamente afirmado por el Concilio Vaticano II. Este apunte del padre Alejandro es no solo pertinente, sino urgente, en una Iglesia que aún arrastra inercias clericalistas.
Igualmente acertada fue su observación de que la Iglesia no es ni puede ser equiparada a una asociación vecinal ni a ninguna otra estructura humana: quien no capta esta diferencia corre el riesgo de vaciarla de toda espiritualidad y cerrar su corazón a la voluntad de Dios, que debe ser el verdadero centro de la vida cristiana. En un momento en que tantos parecen querer «gestionar» la fe como si se tratara de un proyecto civil, estas palabras son una advertencia oportuna y clara.
Muy lúcido estuvo también al distinguir con precisión entre ordenar a un hombre casado y permitir que un sacerdote ordenado contraiga matrimonio posteriormente. Su claridad en este punto es de agradecer: el que fue ordenado bajo unas condiciones concretas no debería ignorarlas ni pretender renegociarlas más adelante. Sin embargo, sí cabe matizar una afirmación suya: cuando afirma que «siempre fue así», habría que recordar que, en los primeros tiempos, lo que se instauró fue el diaconado como función de servicio más que como grado jerárquico, y que la evolución hacia estructuras ministeriales más definidas se fue gestando a lo largo del siglo I. Es importante tener en cuenta esta evolución histórica para no proyectar retrospectivamente estructuras posteriores al cristianismo naciente.
Otro punto que merece reflexión es su referencia, con fidelidad al magisterio, a que fue Juan Pablo II quien “cerró” la posibilidad del sacerdocio femenino, apoyándose en que Jesús eligió solo a hombres entre los Doce. Aunque el padre Alejandro se limita a enunciar la postura oficial, cabe aquí una crítica teológica fundamentada, no a él, sino a la rigidez del documento Ordinatio Sacerdotalis, que ha sido interpretado como un cerrojo definitivo al debate. En realidad, la elección de los doce por parte de Jesús tiene un valor simbólico muy preciso, ligado a la restauración de Israel. El número doce evoca las doce tribus del pueblo elegido, es decir, no responde tanto a una lógica funcional o institucional, sino a una visión profética y mesiánica: Jesús está convocando un nuevo Israel, un pueblo restaurado, en continuidad con la promesa hecha a los patriarcas. Esta acción es simbólica en su raíz, no normativa en su composición sociológica.
Que los doce fueran varones no implica una exclusión del principio femenino en la configuración de la comunidad de los seguidores de Jesús. Muy al contrario, los evangelios nos presentan a mujeres que tienen una presencia activa y determinante: son ellas quienes sostienen el grupo, acompañan hasta la cruz, reciben el anuncio de la resurrección y, en muchos casos, actúan como verdaderas transmisoras del mensaje pascual. Es más, en el entorno de Jesús había discípulas que ejercían roles que hoy llamaríamos ministeriales. Negar la posibilidad del acceso de las mujeres al sacerdocio basándose únicamente en la masculinidad de los doce es una lectura parcial, poco atenta al carácter simbólico de esa elección y al conjunto del testimonio neotestamentario.
Por otra parte, la imposición de silencio sobre este debate por parte de Juan Pablo II ha sido entendida por muchos teólogos y teólogas como un intento de clausura más política que doctrinal. La teología, cuando es fiel a su vocación eclesial, no puede cerrarse en definiciones inamovibles sin considerar la evolución histórica, el sensus fidei del pueblo de Dios y la acción del Espíritu, que no puede ser encorsetada en documentos autoritativos. Un magisterio verdaderamente católico debe abrir espacios para el discernimiento, no sofocarlos.
En conjunto, la intervención del padre Alejandro Soler ha sido ejemplar: fiel a la Iglesia, cuidadoso con las palabras, valiente en los temas, y sobre todo comprometido con una visión espiritual y eclesial que no teme afrontar preguntas difíciles. Incluso en los aspectos que puedan y deban matizarse, su tono y profundidad le honran y hacen de su voz un referente necesario para una Iglesia que busca ser cada vez más evangélica y menos temerosa del diálogo.
Invito vivamente a ver el video completo de esta entrevista, para que cada cual pueda escuchar directamente sus palabras y valorar con serenidad la profundidad y el testimonio que en ellas se transmiten.