El Evangelio frente al militarismo: del Golfo Pérsico a la hipocresía cristiana de la derecha española

El Evangelio frente al militarismo: del Golfo Pérsico a la hipocresía cristiana de la derecha española

En las aguas del Golfo Pérsico se está acumulando una tensión geopolítica que podría redefinir el siglo XXI. Analistas estratégicos advierten que el conflicto latente entre Donald Trump, Irán y el entramado de aliados regionales amenaza con escalar hacia una confrontación de una magnitud que el mundo no ha visto desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, mientras la geopolítica se vuelve cada vez más peligrosa, en España ciertos dirigentes políticos siguen reduciendo la política internacional a consignas ideológicas, olvidando que el Evangelio exige algo mucho más profundo que propaganda.

El riesgo real de la crisis del Golfo no es simplemente militar: es el posible final del orden unipolar surgido tras la caída de la Unión Soviética en 1991. Durante décadas, Estados Unidos ha ejercido una hegemonía global basada en su capacidad económica, militar y tecnológica. Pero hoy ese poder enfrenta un desafío diferente. Irán ha desarrollado una estrategia de guerra asimétrica que altera completamente la lógica del poder militar tradicional.

Para entender esta transformación hay que mirar al pasado. Durante la Guerra Irán‑Irak, Teherán se encontró prácticamente solo frente a un enemigo respaldado por gran parte del mundo. Saddam Hussein recibió financiación masiva de los estados del Golfo, inteligencia occidental y armamento sofisticado. Aquella guerra devastadora dejó una lección que marcó la estrategia iraní durante décadas: no podían competir con Occidente en tecnología convencional, pero sí podían reinventar la guerra.

Por eso Irán apostó por misiles, drones y redes de milicias regionales, un modelo militar relativamente barato, pero extremadamente eficaz. La asimetría económica es brutal: mientras un caza estadounidense puede costar más de 80 millones de dólares, un dron armado puede fabricarse por decenas de miles. En términos estratégicos, esto cambia el cálculo de la disuasión.

El ejemplo más claro ocurrió en 2019 con el ataque a las instalaciones petroleras de Saudi Aramco. Drones relativamente baratos lograron paralizar temporalmente la mitad de la producción petrolera de Arabia Saudí. Aquella operación demostró algo inquietante: infraestructuras multimillonarias pueden ser neutralizadas por tecnologías muy baratas.

El Golfo está lleno de objetivos vulnerables. Bases militares estadounidenses, refinerías, puertos, plantas desalinizadoras y ciudades enteras dependen de sistemas frágiles. Un conflicto abierto podría desencadenar un colapso energético global. Y en ese contexto, la idea de una victoria rápida —que tantas veces ha guiado las intervenciones militares occidentales— podría ser simplemente una ilusión peligrosa.

Aquí aparece una dimensión moral que rara vez se discute en los discursos políticos. La guerra moderna ya no se libra solo entre ejércitos: sus víctimas principales son civiles, trabajadores, familias enteras. La destrucción de infraestructuras básicas significaría agua contaminada, hambre, desplazamientos masivos y sufrimiento humano a gran escala.

Por eso sorprende escuchar a ciertos líderes españoles hablar de geopolítica con una ligereza casi propagandística. El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso o los dirigentes de Vox suelen invocar “Occidente”, “civilización” o “valores cristianos” mientras apoyan sin matices estrategias de confrontación global.

Pero el Evangelio no es un programa de hegemonía geopolítica.

En el Evangelio de Mateo, Jesús proclama una de las frases más radicales del cristianismo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.” No dice bienaventurados los que alimentan la escalada militar, ni los que convierten la política en un combate permanente entre bloques.

La pregunta es inevitable: ¿qué significa hoy ser cristiano en política internacional?

Significa, ante todo, reconocer la dignidad humana incluso en el adversario. Significa rechazar la lógica que convierte pueblos enteros en enemigos civilizatorios. Y significa también denunciar la hipocresía de quienes utilizan símbolos religiosos mientras respaldan políticas que multiplican el sufrimiento.

Cuando algunos dirigentes españoles hablan de Irán únicamente como “el enemigo”, olvidan que detrás de cualquier Estado hay millones de personas que desean vivir en paz, trabajar y criar a sus hijos. La demonización absoluta del adversario es precisamente el paso previo a justificar cualquier guerra.

El papa Francisco lo repitió en múltiples ocasiones: la guerra es siempre una derrota de la humanidad. No hay victoria moral en la destrucción de ciudades, en la desestabilización de regiones enteras o en el sufrimiento de generaciones enteras atrapadas en conflictos interminables.

Además, la actual crisis internacional refleja algo más profundo: la transición hacia un mundo multipolar. Potencias como China o Rusia están alterando el equilibrio global, mientras potencias regionales como Irán buscan un papel más influyente. Pretender que el mundo seguirá funcionando con las reglas de los años noventa es, simplemente, ignorar la realidad.

En este contexto, la política responsable debería apostar por la diplomacia, la negociación y la construcción de equilibrios estables. Lo contrario no es firmeza: es temeridad.

Por eso resulta preocupante que parte de la derecha española haya adoptado un discurso que mezcla militarismo, retórica identitaria y religión instrumentalizada. Cuando el cristianismo se reduce a un eslogan cultural, pierde su núcleo ético más radical: la defensa de la vida y la dignidad humana.

La política necesita realismo estratégico, sí. Pero también necesita conciencia moral. Porque las decisiones que hoy se toman en el Golfo Pérsico no son abstracciones académicas: pueden determinar el destino de millones de personas y la estabilidad del planeta durante décadas.

Tal vez el mensaje más incómodo del Evangelio para nuestra época sea precisamente este: la verdadera fuerza no está en la dominación, sino en la justicia y en la paz.

Y esa es una lección que harían bien en recordar tanto los líderes mundiales como quienes, desde España, hablan en nombre de una civilización cristiana mientras olvidan lo esencial del mensaje de Jesús.