En política hay límites que conviene no traspasar. Uno de ellos es el que separa la crítica legítima de la irresponsabilidad institucional. Esta semana, el Partido Popular ha decidido saltarse ese límite con la ligereza con la que suele manejar la verdad cuando le conviene. Aprovechando el apagón eléctrico que afectó a buena parte del país, Feijóo y sus escuderos han optado por convertir una circunstancia técnica —aún bajo investigación— en una oportunidad para debilitar al Gobierno de Pedro Sánchez, aunque ello suponga arrojar dudas infundadas, propagar insinuaciones y dar la espalda al interés general.
Lo ocurrido no es nuevo. El PP lleva tiempo abrazando una estrategia política basada más en la crispación que en la responsabilidad. En lugar de arrimar el hombro ante un incidente que afectó a miles de personas, los populares han preferido airear teorías conspirativas y lanzar insinuaciones sobre la supuesta ocultación de información por parte del Gobierno. Sin pruebas, sin datos, y lo que es peor: sin importarles las consecuencias de alimentar ese tipo de desconfianza institucional.
En el Congreso del Partido Popular Europeo, celebrado en València, Alberto Núñez Feijóo ha dado un paso más allá del mero oportunismo político. Allí, delante de Ursula von der Leyen y de otros líderes de la derecha continental, no dudó en cuestionar abiertamente la versión del Ejecutivo español sobre el apagón. “Todo se sabrá”, dijo, como si Sánchez y su gabinete estuvieran involucrados en alguna trama oscura. Pidió incluso la “participación independiente de las autoridades europeas”, como si Red Eléctrica Española fuera una organización bolivariana y no una empresa parcialmente estatal con auditorías constantes.
La paradoja es brutal. El partido que ha silenciado durante años las irregularidades de sus propios gobiernos ahora exige transparencia en tiempo real sobre un incidente técnico que requiere análisis e informes exhaustivos. ¿Dónde estaba esa sed de claridad cuando se ocultaban sobresueldos en Génova? ¿Dónde, cuando la Gürtel, la Púnica, Lezo, Bárcenas o Kitchen ocupaban portadas cada semana? El PP ha perdido cualquier legitimidad moral para presentarse como defensor de la verdad y la rendición de cuentas.
La actitud de Feijóo no es un error de cálculo: es una estrategia perfectamente diseñada. El líder del PP sabe que sus opciones de alcanzar La Moncloa no pasan por convencer, sino por desgastar. Si para ello tiene que usar una incidencia eléctrica como arma arrojadiza, lo hará. Si tiene que insinuar que el Gobierno miente sin aportar una sola prueba, también. Todo vale si el relato cuaja y la niebla de la duda se instala en el imaginario colectivo.
Pero esa estrategia tiene un coste. Porque mientras el PP convierte un apagón en una campaña de intoxicación, deja desatendidos los verdaderos debates energéticos: la transición hacia renovables, la dependencia del gas, el marco regulador del sector eléctrico o la política tarifaria. Ninguna de esas cuestiones ha formado parte del discurso popular esta semana. No interesa lo complejo, lo técnico, lo riguroso. Solo importa la munición política, aunque sea humo.
Feijóo, que llegó a Madrid con la promesa de una derecha “moderada”, ha acabado imitando los peores vicios de Ayuso: la sobreactuación constante, el desprecio a los datos y la construcción de enemigos imaginarios. Y lo hace, además, ante Europa, manchando la imagen internacional de un país que, pese a sus problemas, ha demostrado una recuperación energética rápida y una notable resiliencia ante el apagón.
Resulta indignante que el líder del PP hable de falta de transparencia cuando ha liderado una oposición basada en el bloqueo institucional. Es el mismo partido que durante meses se negó a renovar el Consejo General del Poder Judicial, que obstaculizó la reforma del sistema de pensiones y que ha jugado a poner en duda la legitimidad de las elecciones cuando los resultados no le son favorables.
En lugar de hacer política útil, el PP parece decidido a hacer ruido. En vez de exigir explicaciones con seriedad, prefiere embarrar el terreno. El problema no es solo lo que dicen, sino cómo lo dicen y cuándo lo dicen. Porque si de verdad creen que hay algo que ocultar, deberían presentar pruebas. Y si no las tienen, deberían pedir disculpas por insinuar lo que no pueden demostrar.
Pero ya sabemos que en el PP las disculpas no abundan. Tampoco la autocrítica. Aún estamos esperando que alguien del partido explique por qué Aznar se inventó armas de destrucción masiva, por qué Rajoy borró los discos duros de Bárcenas, o por qué Feijóo fue incapaz de condenar con contundencia los pactos de su partido con la ultraderecha.
Quizás el apagón más preocupante no es el que sufrió la red eléctrica española, sino el que afecta al sentido de Estado del principal partido de la oposición. Un apagón ético que convierte cualquier suceso en una excusa para agitar la polarización. Un apagón estratégico que impide ver que, a veces, lo responsable es esperar, escuchar a los técnicos y no fabricar una crisis donde no la hay.
Y mientras tanto, el país sigue funcionando, pese a todo. Pese a la tormenta, al ruido, y a quienes no quieren que se encienda la luz de la verdad porque viven más cómodos en la sombra.