Gaza: el grito de las víctimas y la vergüenza de la humanidad

Gaza: el grito de las víctimas y la vergüenza de la humanidad

Hay que generar un espíritu de lucha por amor a las víctimas”. La sentencia de Jon Sobrino resuena hoy con fuerza abrasadora en Gaza, donde la vida humana se ha convertido en desecho, donde la dignidad es pisoteada a diario, donde el sufrimiento se ha normalizado hasta la obscenidad. Si la teología de la liberación nació para dar voz a los crucificados de la historia, Gaza es hoy uno de sus Gólgotas más crueles. Allí la humanidad se juega su alma.

Lo que ocurre en Gaza no es un accidente ni una desgracia inevitable: es el resultado directo de una política de ocupación, asedio y violencia estructural. El ejército israelí ha ordenado la evacuación de toda Ciudad de Gaza, un millón de personas forzadas a huir sin rumbo, sin comida, sin agua, sin refugio. Apenas unas decenas de miles han podido salir. Los demás, la inmensa mayoría, permanecen atrapados, conscientes de que su destino puede ser la muerte. La Unión Europea, con un lenguaje diplomático, ha dicho que la evacuación es “inaceptable”, porque no puede hacerse con seguridad ni dignidad. Pero Gaza no necesita declaraciones tibias: necesita acción, necesita justicia, necesita una comunidad internacional que no se lave las manos como Pilatos.

Mientras tanto, el hambre se convierte en arma de guerra. Casi 400 palestinos han muerto ya de inanición, entre ellos numerosos niños. No son estadísticas: son cuerpos debilitados que se apagan lentamente, son madres que no pueden amamantar, son hospitales sin leche ni medicinas. El pan se ha vuelto un lujo, el agua potable un privilegio, la electricidad un recuerdo. Y en medio de este infierno, los bombardeos continúan. Tres rascacielos residenciales han sido demolidos en los últimos días. Se habla de blancos militares, pero la evidencia se impone: civiles asesinados incluso en zonas señaladas como “seguras”. No existe refugio posible en Gaza. Todo el territorio es un campo de muerte.

Y cuando la solidaridad internacional intenta abrirse paso, también se la silencia con violencia. Una flotilla humanitaria preparada en Túnez fue atacada por drones antes de zarpar. Un barco dañado, voluntades que arriesgan su vida, y un mensaje claro: la ayuda al pueblo de Gaza también debe ser bloqueada, criminalizada, destruida. No hay compasión en este cálculo: se busca sofocar toda esperanza.

Ante este panorama, Sobrino diría sin rodeos que estamos respirando aire envenenado, una polución espiritual que asfixia el espíritu. Vivimos en un mundo donde el dolor de Gaza es consumido en segundos y sustituido por otro titular, donde la cultura del bienestar privado anestesia las conciencias, donde la solidaridad es tolerada como un gesto marginal pero nunca promovida como estructura social. El sufrimiento de un pueblo entero se convierte en ruido de fondo, en nota al pie de página, mientras las potencias se enredan en excusas diplomáticas y en cálculos geopolíticos.

La teología de Sobrino es dura porque es verdadera: la liberación no procede de los poderosos ni de las instituciones satisfechas, sino de las víctimas, de los pequeños, de los que no tienen nada. Gaza no será liberada por las grandes potencias ni por las cumbres internacionales, sino por la resistencia de su gente, por las madres que protegen a sus hijos en medio de las ruinas, por los médicos que siguen atendiendo sin instrumentos, por los niños que sobreviven un día más al hambre y al miedo. Ellos son los portadores de la esperanza. Su debilidad es más fuerte que la soberbia de los imperios. Su pequeñez es semilla de liberación.

Sobrino lo ha repetido: el cristiano no puede rehuir las fuerzas sociales y políticas que combaten el escándalo de la pobreza. En Gaza, no se trata de rezar en silencio por las víctimas mientras se mantiene una prudente neutralidad. Se trata de tomar partido, de denunciar con claridad la injusticia, de exigir el fin del bloqueo, de apoyar con decisión los corredores humanitarios, de reclamar responsabilidades políticas y jurídicas. La fe que se cruza de brazos frente al sufrimiento no es fe, es complicidad. La espiritualidad que calla frente al genocidio no es espiritualidad, es idolatría.

Lo que ocurre en Gaza desnuda también la hipocresía global. Europa que se indigna a medias, Estados Unidos que blinda el apoyo militar a Israel, organismos internacionales que se pierden en resoluciones estériles. Y, en paralelo, una cultura del consumo que trivializa la tragedia: se puede cambiar de canal, pasar a la siguiente noticia, volver al confort personal. La sangre derramada en Gaza es un juicio contra la humanidad entera. Quien no la escucha, se condena a vivir en un mundo sin alma.

Pero incluso en este escenario infernal, el mensaje de Sobrino y de Ignacio Ellacuría no es de desesperación. Antes de morir asesinado, Ellacuría proclamó: “Toda esta sangre martirial, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo”. Gaza hoy encarna esa paradoja. El intento de aniquilar a un pueblo ha revelado la fuerza de su resistencia. Cuanto más se intenta sofocar su voz, más se convierte en grito universal. Cuanto más se les condena a la oscuridad, más brillan como símbolo de la dignidad humana.

La teología de la liberación no endulza la realidad: la nombra con dureza y la enfrenta con esperanza. Por eso habla de utopía, no como fantasía ingenua, sino como horizonte que responde al clamor de las víctimas. Gaza no necesita caridad paternalista ni discursos vacíos: necesita reconocimiento pleno de su dignidad y solidaridad activa. Necesita que la humanidad se mire en su sufrimiento y descubra allí su verdad más profunda.

El reto es para todos. O reconocemos en Gaza a nuestros hermanos y hermanas, o aceptamos respirar un aire envenenado por la indiferencia, el egoísmo y la violencia. O nos ponemos del lado de los pequeños, o nos convertimos en cómplices de su aniquilación. O dejamos que la esperanza de las víctimas nos conduzca hacia la liberación, o condenamos a la humanidad a repetir su historia de cruces y genocidios.

El cristianismo, si quiere ser fiel a su Señor crucificado, debe mirar a Gaza y ponerse de rodillas ante sus víctimas. Y desde ahí, levantarse para denunciar, para solidarizarse, para luchar por amor a ellas. Porque como recuerda Sobrino, el lugar de Dios en la historia es el lugar de los pobres y crucificados. Y hoy, ese lugar se llama Gaza.