Hay lugares que, al volver, nos abrazan con una ternura especial. Eso sentí tras varios días lejos de mi preciosa Asturias, al reencontrarme con la parroquia gallega de Santa Rosa de Lima, donde sirve con corazón incansable el padre Benito Méndez Fernández, delegado de ecumenismo y pastor de almas. El templo, familiar y sencillo, irradiaba una vida que no se mide solo en actividades ni números, sino en la profundidad del amor que lo sostiene.
La ocasión no podía ser más significativa: la celebración de los 40 años de sacerdocio de Benito, y con ella, la alegría de una comunidad que lo quiere, lo honra y lo reconoce como uno de los suyos. No había ostentación, sino verdad. No discursos vacíos, sino gratitud vivida.
«Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia.» (Jeremías 3,15)
Uno de los detalles más conmovedores de la jornada fue la presencia de tantos niños y niñas revestidos con albas blancas, orgullosos de servir al altar, de sentirse parte activa de la vida litúrgica. Se movían con la sencillez y la alegría de quien sabe que está haciendo algo grande, sin aún comprender del todo cuán profundo es ese gesto.
Y es que Benito ha sabido tocar los corazones más pequeños con ternura y sin imposiciones. Lejos de reñir o imponer, su forma de educar y guiar a los monaguillos es a través del cariño, la paciencia y el ejemplo. Con una sonrisa serena, les ayuda a entender que servir a Dios no es obligación, sino privilegio.
Decía mi bisabuelo que “caen más moscas en una gota de miel que en un barril de vinagre”, y Benito lo encarna sin esfuerzo. Su forma de pastorear está llena de dulzura, de pedagogía espiritual, de esa sabiduría del alma que conquista por cercanía y no por autoridad. Así, ha logrado formar una pequeña cantera de niños y niñas que no solo ayudan en misa, sino que sienten que pertenecen, que cuentan, que son amados.
«Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.» (Mateo 19,14)
Un sacerdote que construye fraternidad
Benito no es un sacerdote que busca protagonismo. Su estilo, sereno y callado, es el de quien cree en el poder de la semilla y en la acción del Espíritu. Y sin embargo, su huella es profunda: la comunidad que ha cultivado no solo ha crecido en número, sino —lo que es aún más valioso— en fraternidad. Santa Rosa de Lima es hoy una parroquia cálida, viva y unida, donde el Evangelio se hace carne en lo cotidiano.
Como delegado de ecumenismo, su vocación se extiende más allá de las fronteras parroquiales. Es un puente entre iglesias, entre sensibilidades, entre corazones. Cree firmemente que el amor de Cristo nos llama a la unidad, no a la división, y ha sido un sembrador incansable de diálogo, respeto y comunión.
«Padre, que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti.» (Juan 17,21)
Su comunidad es ya, en sí misma, una expresión de esa unidad. Familias de distintos orígenes, jóvenes, mayores, personas solas… todos encuentran en Santa Rosa de Lima un lugar donde ser acogidos, valorados y escuchados.
El corazón de un pastor
A lo largo de estos cuarenta años, Benito ha sido más que un cura: ha sido amigo, confidente, hermano. Su pastoral no se encierra en el templo: llega a los hospitales, a los hogares, a los márgenes. Acompaña sin hacer ruido, sostiene sin protagonismo. Conoce los silencios del dolor y la fuerza del consuelo.
Su palabra no busca adoctrinar, sino iluminar. No juzga, acoge. No exige, acompaña. En un mundo que tantas veces señala con el dedo, Benito ofrece el gesto de Jesús: una mano tendida, una mirada limpia, una presencia fiel.
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor.» (Mateo 20,26)
Por eso, su aniversario no fue solo la celebración de una fecha. Fue un acto de acción de gracias por una vida entregada, por una fidelidad tejida día a día, por una siembra que ha florecido en cientos de corazones tocados por su paso.
Gracias, Benito
Este texto es una forma de decir gracias. A ti, Benito, por tu vida entregada con generosidad. Por ser ese pastor bueno que no impone, sino que invita. Que no manda, sino que acompaña. Que no juzga, sino que abraza.
Gracias por mostrar que la Iglesia puede ser hogar. Que la liturgia puede ser fiesta. Que los niños pueden sentirse protagonistas. Que el Evangelio se puede vivir con alegría.
Gracias por estos 40 años de fidelidad al Dios que llama, y por tu respuesta generosa, alegre y constante. Que sigas bendiciendo a estas parroquias que tanto amas, y que tu corazón siga siendo faro, pan y abrazo para tantos.