Hay fotos que son más que imágenes.
Son instantes en los que Dios nos guiña un ojo.
En esta —la de tu mano en la mía—
no solo estamos tú y yo,
está el milagro de que dos personas
puedan encontrarse en este mundo tan roto
y aún así creer en el amor… y en Dios.
Maite, tu mano y la mía,
cerrando el espacio entre dos historias.
No lo sabíamos, pero ese gesto
era una oración sin palabras.
Un “gracias” a quien nos unió
cuando todavía no sabíamos que lo necesitábamos.
Un “sí” que no se grita,
pero que el cielo escucha igual.
Desde que te encontré,
la fe tiene otro ritmo.
Ya no solo creo en lo invisible,
creo en lo concreto:
en tu risa,
en tu silencio que abraza,
en tu forma de cuidar como si el mundo
tuviera que aprender de ti.
Nos tomamos de la mano
como quien se sujeta al borde de un milagro,
como quien sabe que la vida puede ser frágil,
pero que el amor,
cuando viene de Dios,
es una base firme.
Y no, no somos perfectos.
Pero tampoco hace falta.
Lo nuestro no está hecho de grandes gestos,
sino de pequeños milagros diarios:
una palabra a tiempo,
una mirada que calma,
una oración compartida
antes de dormir.
La fe también se vive así,
cuando tú me crees incluso cuando yo dudo,
cuando rezas por mí en secreto,
cuando tu esperanza contagia.
Estar contigo me ha enseñado
que el amor más fuerte
es el que no hace ruido,
pero sostiene.
Maite,
en un mundo donde todo parece acelerado,
nosotros elegimos ir al ritmo de lo eterno.
Donde otros solo ven rutina,
nosotros vemos liturgia.
Porque sí,
prepararte un café,
escucharte con atención,
esperarte sin prisa,
también es una forma de rezar.
Tu mano en la mía no es solo cariño.
Es un “confío en ti”.
Un “estamos en esto juntos”.
Un “Dios va con nosotros”.
Y aunque no siempre sepamos el camino,
aunque vengan días grises,
sabemos que hay algo —alguien—
más grande sosteniéndonos.
A veces me sorprendo
de cuánto amor puede caber
en algo tan simple como un gesto.
Y entonces entiendo:
no es solo nuestra historia.
Es parte de un plan mayor.
Dios nos pensó así:
juntos, tomados de la mano,
caminando sin miedo
porque Él va delante.
Y si un día todo lo demás se apaga,
si las luces del mundo se desordenan,
yo sabré que lo esencial sigue intacto:
que te amo,
que me amas,
y que Dios está en medio.
Así que sigamos, Maite.
Pasito a pasito.
De la mano, como en la foto.
Sin pretensiones.
Solo con fe.
Solo con amor.
Y con esa certeza silenciosa
de que, mientras estemos así,
ya estamos en el lugar correcto.
Donde comienza el cielo.
Aquí.
Contigo.