La diócesis universal, el obispo secreto y el matrimonio más eclesiástico del siglo

La diócesis universal, el obispo secreto y el matrimonio más eclesiástico del siglo

El catolicismo siempre sorprende. Cuando parece que todo está inventado, aparece una historia que mezcla sucesión apostólica, feminismo, diócesis universales y matrimonios clericales dignos de una comedia de enredo. La protagonista en este caso es Christina Moreira, proclamada como “primera obispa española”. Pero cuidado: el título de “primera” tiene más truco que una indulgencia medieval. Porque antes de ella, en el País Vasco, ya había aterrizadouna obispa de tierras lejanas que ordenó allí a a la primera mujer española como obispa. Es decir, que la primera en abrir camino en suelo español no fue Christina, sino una obispa con pasaporte de Ámerica latina y báculo viajero, ordena a la primera obispa española. De modo que la carrera por el oro olímpico de las ordenaciones femeninas tiene adelantadas en el marcador, y Christina entra en meta con la medalla ya entregada.

La genealogía de estas obispas viene de lejos. Todo empieza en 2002, con las célebres “siete del Danubio”, ordenadas por tres obispos: dos reconocidos y uno que nadie puede mencionar porque es secreto. El famoso obispo secreto, figura digna de un videojuego, un personaje oculto desbloqueable con contraseña. El Vaticano insiste en que solo varones pueden ser ordenados, pero estas mujeres sacan de la manga un linaje apostólico con un eslabón invisible. Una sucesión apostólica tan misteriosa que ni Dan Brown se habría atrevido a tanto.

Christina asegura que esa línea está documentada. Dice tener papeles que lo prueban, como quien guarda el recibo de la nevera “por si falla el motor”. La sucesión apostólica convertida en archivo de gestoría. Roma podrá decir lo que quiera, pero ella enseña facturas.

Y en medio de todo aparece la joya más irónica: el matrimonio Moreira–Victorino Pérez Prieto. Ella, obispa universal; él, sacerdote que nunca pidió dispensa. Oficialmente, Victorino sigue siendo cura en activo, aunque la sotana hace tiempo que debe dormir en el armario. Cena familiar: Christina con báculo invisible, Victorino con estola arrugada, y el sínodo doméstico decidiendo si hoy toca homilía o lavavajillas. La Iglesia no reconoce nada, pero ellos han inventado el concilio de sobremesa.

Victorino, que además de sacerdote es teólogo y escritor, vive así en el lugar más insólito del organigrama eclesial: casado con una obispa no reconocida, pero sin dejar de ser cura reconocido. Un matrimonio sacramental y sacramentalizado, una especie de parodia involuntaria de la “Iglesia sinodal”. Si alguien quiere ver cómo se combinan contradicciones teológicas con vida en común, basta con mirar a esta pareja gallega.

Christina, por su parte, no se limita a Galicia: proclama que “su diócesis es el mundo”. Una diócesis sin fronteras, sin palacios, sin territorio. La primera diócesis globalizada, accesible como Netflix y tan barata como un wifi abierto. Lo explica así: “mi diócesis está donde haya alguien que necesite consuelo”. En la práctica, una parroquia universal de atención al cliente 24/7. Solo falta el botón de “donar aquí” en la página web.

El Vaticano, entretanto, sigue aplicando su arma preferida: la excomunión latae sententiae, rápida y automática, más veloz que un bloqueo en Twitter. Según Christina, el delito consiste en “no tener los genitales correctos”. Grave infracción: más peligrosa que aparcar en doble fila o copiar en Selectividad. Y frente a ello, la respuesta de estas mujeres es citar los Hechos de los Apóstoles: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Versión siglo XXI: obedecer a Dios antes que al canon 1024, pero siempre con prudencia y respeto; no se trata de imponer las cosas por la brava, sino de predicar y actuar con convicción sin romper el diálogo ni la comunidad.

Por supuesto, la polémica arde. Christina denuncia una “hoguera mediática”, y en redes no le falta fuego. Recibe críticas, maldiciones, fake news. Su propuesta para defenderse es de lo más moderna: crear un juzgado especial contra violencia mediática, donde cualquiera pueda enviar enlaces delictivos por correo. Como un buzón celestial, pero gestionado con Gmail.

Lo curioso de todo esto es que la retórica suena solemne, pero el fondo es un carnaval de contradicciones. Obispas sin diócesis reconocida, sucesión apostólica con eslabones invisibles, excomuniones automáticas, matrimonios donde el esposo es cura oficial y la esposa obispa extraoficial. Todo junto y al mismo tiempo.

Y encima, el detalle de que Christina no es realmente la primera en España. Ahí queda la Obispa de tierras lejanas, que desde el País Vasco ya había encendido antes la mecha episcopal. Detalle pequeño, pero suficiente para que la medalla de oro se quede en Bogotá y no en Santiago de Compostela.

El resultado es un relato tan irónico que la carcajada sale sola. Porque hablar de diócesis universales, de obispos secretos, de facturas apostólicas y de matrimonios en clave sacramental es un guion que supera cualquier comedia. Roma insiste en que sin varón no hay ordenación; ellas responden que “pedir permiso es de esclavas e infantes”. Traducido: el Reino no espera, la justicia no se retrasa y la diócesis global ya está abierta, aunque sin sede física.

Al final, lo importante no es quién fue la primera obispa, ni si el obispo secreto existe, ni si Victorino pidió dispensa. Lo importante es que esta historia, entre seria y cómica, muestra que la Iglesia del siglo XXI sigue siendo capaz de generar material infinito para la ironía. Porque pocas veces la fe, el derecho canónico y el matrimonio han dado para tanta carcajada.