Coplillas del arzobispo de Oviedo

Coplillas del arzobispo de Oviedo

En la plaza y en la misa
se levanta don Jesús,
con sermones sin más luz
que la que a él le garantiza.
Su palabra se desliza
con el tono del reproche,
y parece que su broche
no es la paz ni la ternura,
sino cierta mano dura
que predica cada noche.

Con el hábito marrón
y la sidra en la memoria,
va pintando su victoria
con discursos de ocasión.
Mas la Biblia y la razón
no le siguen la corriente,
pues la fe de buena gente
no se mide en pasaporte,
ni se guarda en un cohorte
ni en frontera permanente.

Allá en tierras de Covadonga
se reviste de guerrero,
mas no escucha al carpintero
que predicó sin la sombra.
La palabra que prolonga
no es del Cristo del camino,
que nació como vecino
del establo y de la paja,
y no tuvo más ventaja
que la fe de lo divino.

Si Francisco se acercara
desde Asís con su alegría,
le diría: “tu homilía
con ternura no cuajara.
El amor que se sembrara
no es de muros ni castillos,
sino panes y sencillos,
y el abrazo compartido:
no confundas al nacido
con ladrones y pillillos”.

Y en la mesa de algún chigre
entre culín y culín,
que repase su trajín
sin el miedo que le sigue.
Porque el credo que persigue
ha de ser de bienvenida,
que la tierra compartida
no se mide en religión,
sino en dar el corazón
al que busca nueva vida.