Ferrol no está para intermitencias: la política exige quedarse cuando vienen las cosas mal

Ferrol no está para intermitencias: la política exige quedarse cuando vienen las cosas mal

Hay ciudades donde la política admite el ensayo y error. Ferrol no es una de ellas. Aquí, cada decisión pesa más, cada expectativa se multiplica y cada ausencia se nota. Por eso, las primarias del PSOE local no pueden abordarse desde la superficialidad ni desde la lógica de los relevos cosméticos. Lo que está en juego no es solo un nombre en una papeleta, sino el tipo de relación que la política mantiene con la ciudad: si es constante o intermitente, si se sostiene en el tiempo o aparece cuando conviene.

En ese contexto, la comparación entre Ángel Mato y Eva Martínez Montero no es meramente orgánica. Es, en el fondo, un contraste entre dos maneras de entender el compromiso político. Y ahí es donde el debate deja de ser cómodo.

Ángel Mato representa una forma de hacer política que puede gustar más o menos, pero que tiene una característica difícil de discutir: la permanencia. Gobernó en un contexto extraordinariamente complejo, marcado además por el impacto de la pandemia de la COVID-19, que condicionó por completo la acción institucional, limitó proyectos, alteró prioridades y redujo de forma evidente el margen de maniobra de todas las administraciones. No se puede evaluar aquel periodo sin tener en cuenta que gran parte de las decisiones estuvieron determinadas por una crisis sin precedentes que obligó a todos los gobiernos locales a gestionar en modo de emergencia.

Aun así, su etapa al frente del Concello dejó elementos que suelen pasar desapercibidos en el ruido político. Fue capaz de articular una mayoría de gobierno en un escenario fragmentado, algo nada habitual en Ferrol, y de sostenerla en el tiempo. También apostó por una línea de trabajo basada en la cooperación institucional, buscando normalizar las relaciones con otras administraciones y abrir vías de diálogo, en una ciudad históricamente marcada por el bloqueo político.

Su gestión es discutible —como todas—, pero ese contexto añade un elemento clave: muchas de las expectativas que podían existir quedaron inevitablemente mermadas. Y, aun así, tras perder el gobierno, Mato tomó una decisión que en Ferrol tiene un valor específico: no se fue. Siguió en la oposición, en el terreno menos agradecido, en la política sin focos, liderando además el partido a nivel local tras revalidar su posición interna, lo que refuerza su peso orgánico y su continuidad política en la ciudad.

Ese detalle, aparentemente menor, es en realidad decisivo. Porque la política local no se mide solo cuando se tiene poder, sino cuando se pierde. Y es ahí donde se distingue quién entiende esto como un compromiso sostenido y quién lo concibe como una etapa más dentro de una trayectoria más amplia. Quedarse cuando ya no hay privilegios institucionales es, en sí mismo, una forma de legitimidad.

Frente a esa continuidad, la alternativa introduce una duda difícil de ignorar. Eva Martínez Montero formó parte del gobierno local y tuvo responsabilidades relevantes. Sin embargo, su salida de la política municipal en cuanto cambió el escenario plantea una cuestión de fondo: qué ocurre cuando la realidad se vuelve menos favorable.

El salto a responsabilidades en Madrid es, sin duda, legítimo en términos personales y profesionales. Pero en política local, las decisiones no se valoran solo por su legitimidad, sino por su significado. Y marcharse en el momento en que comienza la travesía de la oposición tiene una lectura inevitable. Porque la oposición es, precisamente, el lugar donde se construyen las alternativas sólidas o donde se evidencia la falta de arraigo real.

Ferrol no es una ciudad abstracta. Tiene barrios concretos, problemas persistentes y una ciudadanía que no concede demasiado margen a las ausencias prolongadas. La política aquí no funciona a distancia. No se puede interpretar desde despachos alejados ni reconstruir a base de regresos puntuales. Requiere presencia continua, conocimiento directo y una cierta resistencia al desgaste.

Por eso, más allá de los discursos de renovación, lo que subyace es una cuestión de credibilidad. ¿Qué pesa más en un contexto como el ferrolano: la promesa de cambio o la evidencia de permanencia? No es una pregunta retórica, sino profundamente práctica.

El socialismo local tiene ante sí un dilema que va más allá de nombres propios. Puede optar por una lógica de reinicio, con los riesgos que implica en términos de coherencia y estabilidad, o puede apoyarse en una base ya conocida, con todas sus limitaciones, pero también con un conocimiento acumulado que no se improvisa.

Porque Ferrol no premia especialmente la novedad si no viene acompañada de consistencia. Y tampoco perdona con facilidad la sensación de abandono, aunque sea temporal. En una ciudad con una larga historia de inestabilidad política, la continuidad —incluso imperfecta— puede convertirse en un valor más sólido que cualquier planteamiento teórico de renovación.

No se trata de idealizar trayectorias ni de negar errores. Se trata de entender el contexto en el que se toman las decisiones. Y en ese contexto, la política que permanece, que construye desde dentro y que resiste en los momentos difíciles, tiene una ventaja difícil de replicar por la política que se interrumpe.

Las primarias, en ese sentido, no son solo un proceso interno. Son una señal sobre qué tipo de liderazgo se considera más adecuado para afrontar una realidad compleja. Y también sobre qué tipo de compromiso se quiere priorizar: el que se mantiene cuando las circunstancias son adversas o el que se reconfigura en función de nuevas oportunidades.

Ferrol no necesita grandes relatos. Necesita continuidad, presencia y capacidad de aguante. Lo demás, en esta ciudad, suele diluirse con rapidez.