La oposición ferrolana y su curiosa memoria selectiva

La oposición ferrolana y su curiosa memoria selectiva

En la política local hay fenómenos difíciles de explicar, pero pocos tan llamativos como la capacidad de ciertos líderes para reinventar su propio pasado. En Ferrol, esta habilidad alcanza cotas casi artísticas en la actual oposición, donde el discurso crítico hacia el gobierno municipal convive con una sorprendente amnesia sobre lo ocurrido no hace tanto tiempo.

El caso del exalcalde socialista es paradigmático. Resulta casi enternecedor escuchar lecciones sobre gestión, planificación o ejecución presupuestaria cuando la hemeroteca —esa incómoda compañera— recuerda un mandato caracterizado por la parálisis administrativa, los contratos eternamente prorrogados y la falta de rumbo político. Aquellos años dejaron una ciudad atrapada en expedientes sin resolver, con servicios básicos funcionando a base de parches y con una sensación generalizada de abandono.

Pero si algo destacó especialmente en aquella etapa fue la política recaudatoria. Porque, mientras los grandes proyectos dormían el sueño de los justos, los radares y las multas sí parecían funcionar con una eficacia admirable. Una curiosa forma de entender la gestión municipal: incapacidad para impulsar la ciudad, pero notable diligencia a la hora de exprimir al ciudadano.

Hoy, desde la oposición, el discurso ha mutado hacia una crítica constante, casi mecánica, al gobierno actual. Sin embargo, cuesta encontrar propuestas concretas más allá del reproche. La fiscalización es necesaria, pero pierde credibilidad cuando quien la ejerce no ha hecho autocrítica de su propia gestión. Y en este caso, esa autocrítica brilla por su ausencia.

Por si fuera poco, el panorama interno del socialismo ferrolano añade un punto más de ironía. Con unas primarias en el horizonte, el debate no gira tanto en torno a proyectos de ciudad como a quién debe liderar un partido que parece tener serias dificultades para encontrar perfiles sólidos. La disputa interna evidencia una realidad incómoda: la falta de una alternativa clara y preparada para asumir responsabilidades de gobierno.

En ese contexto, resulta especialmente llamativo el caso de quien, tras asumir responsabilidades en la oposición, optó por poner rumbo a Madrid. Una decisión legítima, sin duda, pero que transmite una imagen difícil de conciliar con el compromiso local. Ferrol no parece necesitar representantes de paso, sino personas implicadas en el día a día de la ciudad, dispuestas a afrontar sus problemas desde la cercanía y la constancia.

Y es precisamente esa cercanía la que marca la diferencia en otros municipios. Basta mirar a Alberto González Fernández, alcalde de Valdoviño, que lleva años revalidando la confianza de sus vecinos al frente del ayuntamiento . No es fruto de la casualidad ni de grandes discursos grandilocuentes, sino de algo mucho más sencillo y, al parecer, mucho más difícil de encontrar: presencia, cercanía y sentido común.

Quien conoce su gestión sabe que estamos ante una persona accesible, que escucha, que responde y que no vive encerrada en despachos ni en consignas de partido. Un alcalde que entiende que gobernar es estar, es dar la cara y es implicarse en los problemas reales de la gente. Algo tan básico… y tan extraordinario a la vista de ciertos ejemplos.

Pero hay más. Porque frente a los prejuicios ideológicos que tanto abundan en algunos sectores, Alberto González ha demostrado que se puede gobernar sin complejos, colaborando con quien haga falta si el objetivo es mejorar la vida de los vecinos. Ya sea en el ámbito social, cultural o incluso en la cooperación con instituciones tradicionales, su actitud ha sido la de sumar, no la de excluir. Una rareza en tiempos de trincheras políticas permanentes.

Ese contraste resulta aún más evidente cuando se observa la actitud de parte de la oposición ferrolana, instalada en el dogmatismo, la confrontación constante y una desconexión preocupante con la realidad social. Mientras unos entienden la política como servicio público, otros parecen verla como un ejercicio de resistencia ideológica, donde lo importante no es resolver problemas, sino mantener intacto el relato.

Porque sí, incluso dentro del socialismo conviven distintas sensibilidades, incluidas aquellas que no ven incompatibilidad entre sus convicciones personales y su compromiso político. Negar esa pluralidad es no entender la sociedad a la que se pretende representar.

En definitiva, el actual discurso de la oposición en Ferrol parece más centrado en reescribir el pasado que en construir el futuro. La crítica sin memoria y sin propuestas corre el riesgo de convertirse en ruido, en un ejercicio de retórica que difícilmente conecta con las preocupaciones reales de los ciudadanos.

Ferrol necesita algo más que eso. Necesita gestión eficaz, visión estratégica y, sobre todo, responsabilidad política. Porque al final, más allá de discursos e ironías, lo que está en juego no es el relato de unos u otros, sino el futuro de una ciudad que ya ha tenido demasiadas oportunidades perdidas.