El Evangelio frente al reino del miedo

El Evangelio frente al reino del miedo

En aquellos días, cuando Jesús de Nazaret caminaba entre aldeas sin nombre y campos sostenidos por manos invisibles, se consolidó el poder de un gobernante venido del norte, cuyo mandato se resumía en una sola palabra: expulsar.

Se llamaba Donald y hablaba con la dureza de quien confunde la fuerza con la verdad. Aseguraba haber sido elegido para defender la ley, el orden y la frontera. Al principio, algunos hombres violentos fueron retirados. Pero pronto quedó claro que la justicia no era el objetivo. Cuando los criminales escasearon, la maquinaria siguió avanzando y se volvió contra los trabajadores, los jornaleros, los que recogían el alimento, limpiaban las casas, cuidaban a los enfermos y sostenían en silencio la vida cotidiana del reino.

Las redadas llegaron al amanecer, como llegan siempre las cosas que no quieren ser vistas. Puertas golpeadas, familias separadas, niños aprendiendo demasiado pronto el lenguaje del miedo. No se preguntaba por la historia de nadie. Bastaba con no tener papeles en una tierra que, sin embargo, se alimentaba de su sudor.

Desde lo alto, el gobernante repetía que cumplía su promesa. Pero su mirada nunca se detuvo en las personas. Miraba la riqueza, el petróleo enterrado bajo la arena, los recursos de otros pueblos, los territorios que podían ser explotados y las naciones que podían ser doblegadas. Donde otros veían pueblos, él veía mercados. Donde había comunidades, veía mano de obra prescindible. Donde había vida, veía beneficio.

Y lo más grave no fue sólo el poder que expulsaba, sino las conciencias que lo justificaban. Hubo quienes, diciendo creer en Dios, defendieron las redadas. Quienes llamaron “necesidad” a la crueldad. Quienes envolvieron la dureza en palabras como “orden”, “seguridad” o “voluntad popular”. Quienes olvidaron —o decidieron olvidar— que el Evangelio no legitima el poder: lo juzga.

Mientras tanto, Jesús escuchaba. Escuchaba a los expulsados y a los que vivían con el miedo constante de serlo. Escuchaba a familias legales atrapadas en un clima de ansiedad, porque cuando la injusticia se normaliza, nadie está a salvo. No hablaba desde palacios ni desde balcones, sino desde los caminos, donde la verdad no se puede maquillar y el polvo se pega a los pies.

Y recordaba, para quien quisiera oír, que Él mismo fue refugiado, huyendo con María y José para salvar la vida (cf. Mt 2,13-15). Que no tenía dónde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20). Que el juicio definitivo no se haría sobre banderas, fronteras o discursos, sino sobre gestos concretos: “fui extranjero y me acogiste” (Mt 25,35). No “me regulaste”, no “me deportaste”, no “me utilizaste mientras te convenía”.

Jesús ya había hablado de quienes bendicen la injusticia. De los que atan cargas pesadas sobre los hombros de los demás y no las tocan ni con un dedo (cf. Mt 23,4). De los que limpian el exterior del vaso mientras dentro se acumulan el miedo, el desprecio y la mentira (cf. Mt 23,25). De los que pronuncian el nombre de Dios, pero han vaciado sus palabras de misericordia.

Le hablaron del gobernante del norte, de su dureza, de su fascinación por el oro, por el petróleo, por la riqueza arrancada a otros pueblos. Y Jesús recordó una frase que no admite interpretaciones cómodas: no se puede servir a Dios y al dinero (cf. Mt 6,24). Cuando el dinero manda, el ser humano estorba. Cuando el poder se absolutiza, el Evangelio se vuelve incómodo y se intenta domesticar, reinterpretar o silenciar.

Cuenta la tradición que aquella noche el poderoso no descansó. Soñó con campos sin cosecha porque ya no quedaban manos que los trabajaran. Con hospitales vacíos. Con muros altos rodeados de un silencio estéril. Y comprendió —sin que nadie se lo gritara— que había expulsado al extranjero, explotado al trabajador y saqueado pueblos enteros, llamándolo seguridad y prosperidad.

Al despertar, el poder seguía intacto. La riqueza también. Los muros seguían en pie.
Pero la paz había desaparecido.

Y mientras el reino del miedo se endurecía para sostenerse, el otro Reino —el del carpintero— seguía creciendo sin ruido, entre los pobres, los migrantes y los justos, recordando una verdad que incomoda tanto al poder como a quienes lo bendicen: el Evangelio no está del lado de quien expulsa, sino de quien acoge; no del que explota, sino del que defiende la dignidad humana.

Porque cuando se usa a Dios para justificar la crueldad, ya no se está defendiendo la fe: se la está traicionando.