Perder el tiempo que salva (a propósito de Julián Marías)

Perder el tiempo que salva (a propósito de Julián Marías)

Vivimos en una época obsesionada con la productividad, donde el tiempo se mide, se controla y se exprime como si fuera un recurso escaso que no admite descanso. En este contexto resuenan con fuerza unas reflexiones de Julián Marías,en las que contrapone dos actitudes vitales: la norteamericana y la española. Dice que los norteamericanos “utilizan sabia y diestramente el tiempo y no lo pierden casi nunca”, mientras que españoles e hispanoamericanos parecen tener una inclinación casi natural a perder el tiempo. Pero Marías no lo decía como reproche. Al contrario, lo defendía con convicción: perder el tiempo puede ser una estupenda inversión, si se hace con gracia y encanto.

Esta idea, aparentemente ligera, encierra una profundidad humana enorme. Y, mirada desde la fe, revela también una verdad evangélica esencial: no todo no productvo es tiempo inútil. Hay un tiempo que no sirve para nada práctico, pero sirve para todo en el corazón.

Marías afirmaba que “una hora de tiempo perdido en conversación sabrosa con una persona agradable hace que las horas restantes del día se animen”. No se trata solo de pasar un buen rato, sino de algo más hondo: cuando una persona es escuchada, cuando alguien se queda con ella sin prisas, la vida recupera densidad. El tiempo compartido reordena el alma.

Desde ahí se entiende la imagen tan sugerente que propone: imaginar barcos de carga saliendo de puertos hispánicos hacia América del Norte “cargados de palabras, cargados de conversación”. Un cargamento liviano, casi invisible, pero capaz de sostener lo que ninguna mercancía pesada logra sostener: la vida interior.

A veces, este tiempo dedicado al otro se hace más concreto y real con un ejemplo cotidiano. Hace poco, alguien me contaba problemas muy tristes: su madre estaba muy distante y él se preocupaba por su salud y seguridad, a muchos kilómetros de Galicia. Yo escuchaba, sin decir nada, y entonces me dijo: “José Carlos, me estás tratando mal. No dices nada.” Mi respuesta fue simple: “No puedo solucionar tus problemas, pero podemos ir al lado del mar y tomar un café juntos.” Después del café, me confesó: “Gracias, he pasado bien un rato muy desagradable.” Ese instante refleja la esencia de lo que hablamos: no siempre podemos solucionar los problemas de los demás, pero sí podemos acompañarlos, escucharlos y transformar un momento difícil en un tiempo de calidad humana.

Esta reflexión se vuelve especialmente urgente cuando pensamos en la soledad, y más aún en la soledad nocturna. La noche tiene algo que intimida. Cuando se apagan las luces y cesan los ruidos, emergen los miedos. Más de una persona lo expresa con crudeza: “cuando llega la noche, tiro de teléfono, porque la noche siempre da miedo”. No es una frase retórica; es una confesión.

Hay personas que no tienen familia, que no tienen a nadie que les espere al final del día, que viven solas no por elección, sino por la erosión del tiempo, la enfermedad o la muerte de los suyos. Para ellas, la noche pesa. El silencio no descansa: oprime. Y en ese momento, una llamada, una conversación, un rato de escucha, pueden marcar la diferencia entre una noche soportable y una noche interminable.

Aquí es donde cobra todo su sentido eso de perder el tiempo. Coger el teléfono y dedicar unos minutos a quien está solo no es una distracción ni una pérdida. Es una forma concreta de amor. Aunque no haya presencia física, la voz crea cercanía. Aunque no haya contacto, la escucha acompaña. Un rato de conversación puede convertirse en un refugio, en una pequeña lámpara encendida en medio de la oscuridad.

El Evangelio confirma esta lógica. Jesús no vivió con prisas. Se detenía, se dejaba interrumpir, conversaba largamente. Caminaba con los discípulos de Emaús mientras caía la tarde y “se quedó con ellos” cuando anochecía. No les dio una solución rápida; les regaló tiempo, palabra y presencia. Y en ese tiempo compartido, el miedo se transformó en esperanza.

Desde una perspectiva cristiana, el tiempo dedicado al otro nunca es tiempo perdido. Al contrario: es tiempo fecundo, aunque no sea eficaz según los criterios del mundo. Acompañar a quien está solo, escuchar al que sufre, sostener con la palabra a quien tiene miedo —y más aún si está enfermo— es vivir el Evangelio en su forma más sencilla y más verdadera.

Muchos miedos se viven mejor cuando hay alguien cerca. El miedo a la enfermedad, al dolor o a la muerte se alivia cuando hay una esposa, unos hijos, un amigo. ¿Pero qué ocurre cuando no hay nadie? En esos casos, una conversación aparentemente banal puede ser una auténtica obra de misericordia.

Julián Marías tenía razón al reivindicar este “tiempo perdido”. No produce resultados medibles ni aparece en las estadísticas, pero humaniza, consuela y da sentido. Una sola hora de conversación puede no cambiar las circunstancias externas, pero puede cambiar radicalmente la manera de vivirlas.

En un mundo acelerado, el cristiano está llamado a detenerse. En una cultura que idolatra la eficacia, el Evangelio recuerda que la persona está por encima del rendimiento. Y en una sociedad que teme la noche y el silencio, estamos invitados a ser compañía, aunque sea al otro lado del teléfono.

Quizá nunca sepamos el alcance real de ese tiempo entregado. Muchas veces no veremos el fruto, no recibiremos agradecimientos ni reconocimiento alguno. Pero Dios sí lo sabe. Y en su lógica, tan distinta de la nuestra, cada minuto ofrecido por amor cuenta para la eternidad.

Por eso este texto no es solo una reflexión, es también una interpelación. Todos conocemos a alguien que está solo. Alguien para quien la noche se hace larga. Alguien que espera una llamada que no llega. Y aquí no valen excusas de agenda ni de cansancio: detenerse, escuchar, acompañar es una responsabilidad profundamente humana y profundamente cristiana.

El Evangelio es claro y no deja lugar a la indiferencia. Jesús no preguntará cuánto hicimos ni cuán eficaces fuimos, sino algo mucho más sencillo y exigente: “Estuve solo… y ¿te quedaste conmigo?” (cf. Mt 25). Cada vez que regalamos tiempo, cada vez que escuchamos sin prisa, cada vez que hacemos compañía al que no tiene a nadie, lo hacemos con Él.

La soledad es una de las pobrezas más dolorosas de nuestro tiempo. No siempre se ve, no siempre grita, pero hiere por dentro. Frente a ella, no se nos pide heroísmo, sino presencia. No grandes discursos, sino tiempo compartido. No soluciones inmediatas, sino escucha fiel.

Hoy puede ser el día de parar. De no mirar el reloj. De marcar un número. De quedarte un poco más. Porque perder el tiempo así —con gracia, con encanto, con amor— no es perder nada. Es salvar una noche, sostener una vida, despertar conciencias y contribuir a una sociedad más justa y humana. Es vivir el Evangelio en su verdad más desnuda.