El reciente gesto de León XIV, al rescatar el título de “Vicario de Cristo” durante su discurso a los Caballeros de Colón, ha despertado un debate profundo dentro de la Iglesia católica: ¿puede una institución que nació del Evangelio de la humildad seguir midiendo su grandeza en títulos y honores?
El título Vicarius Christi, que significa “representante de Cristo”, acompañó durante siglos a los pontífices como expresión de su autoridad espiritual. Sin embargo, durante el pontificado de Francisco fue relegado a un lugar secundario, como señal de una Iglesia más sencilla y menos autorreferencial. El Papa argentino quiso recordar que el obispo de Roma no está por encima del resto de los fieles, sino que es, ante todo, “siervo de los siervos de Dios”. León XIV, al devolver solemnidad a ese título, parece apostar por un modelo eclesial más institucional y jerárquico, pero también más alejado del espíritu evangélico que inspiró a Francisco.
Porque el Evangelio no deja lugar a dudas. En el pasaje de Marcos (9, 33-35), los discípulos discutían por el camino quién era el más importante. Jesús, al oírlos, se sentó y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” Esa es la gran lección que el Maestro quiso dejar: la autoridad en la comunidad cristiana no se mide por el poder, sino por el servicio.

Y el propio Jesús lo encarnó con radicalidad. En su entrada en Jerusalén, no lo hizo sobre un caballo de guerra ni escoltado por guardias, sino sobre un humilde borrico, símbolo de mansedumbre y de paz. El contraste con la pompa que a menudo rodea al papado es evidente. Mientras Jesús avanzaba entre la multitud con la ropa del pueblo, los papas han heredado siglos de símbolos imperiales: tronos, mitras bordadas en oro, anillos de poder y ceremonias donde el esplendor sustituye a la sencillez. Incluso las sillas gestatorias y los vestigios de lujo, aunque hoy más discretos, siguen evocando una imagen de distancia. Todo ello provoca una contradicción dolorosa con el espíritu del Evangelio.
El teólogo José María Castillo lo expresó con lucidez: “La Iglesia, en lugar de reproducir la fraternidad igualitaria de Jesús, reprodujo las estructuras del Imperio. Y así, cuanto más poder acumuló, más lejos se situó del Reino de Dios.” No se trata de una crítica contra las personas, sino contra una cultura eclesial que confunde autoridad con poder y dignidad con boato. La verdadera autoridad cristiana —la que convence y transforma— solo nace del testimonio.
Un ejemplo luminoso de ese testimonio fue Nicolás Castellanos, obispo de Palencia que renunció a su cargo episcopal para marcharse a vivir entre los pobres del altiplano boliviano. Allí fundó la organización “Hombres Nuevos” y dedicó sus últimos años a la educación, la vivienda y la dignidad de los más desfavorecidos. Murió pobre entre los pobres, como había vivido el Maestro. Castellanos comprendió que el Evangelio no se predica desde los palacios episcopales, sino desde el barro de los barrios marginados. Su vida es la demostración de que se puede ser pastor sin trono, sin mitra, sin poder. Y que precisamente ahí, en esa renuncia, está la fuerza del Evangelio.
La Iglesia primitiva lo entendió bien. No había títulos ni palacios, sino comunidades que compartían el pan y los bienes, donde todos se llamaban hermanos. Pero con el paso de los siglos, sobre todo desde Constantino, la Iglesia se fue transformando en una institución poderosa, estructurada como un imperio espiritual con sus jerarquías y privilegios. El Vicario de Cristo se convirtió, en la práctica, en una figura de autoridad que reflejaba más el poder del César que la pobreza del carpintero de Nazaret.

El Papa Francisco trató de revertir esa lógica. Rechazó los coches de lujo, los tronos dorados y los apartamentos pontificios, prefiriendo vivir en la residencia de Santa Marta. Su ejemplo quiso recordar que el poder, cuando no se pone al servicio, degenera en vanidad. Y que la Iglesia solo será creíble si se asemeja al Jesús del borrico y no al del palacio.
Por eso, cuando León XIV recupera el título de Vicario de Cristo con tintes de restauración, el gesto no es neutro. En un mundo que busca autenticidad, la Iglesia no necesita más títulos, sino más testigos. No necesita más símbolos de poder, sino más vidas como la de Nicolás Castellanos, que se despojó de todo para ser libre de servir.
El Evangelio de Mateo (20, 28) resume con sencillez lo que debería ser la identidad de todo discípulo y de toda Iglesia: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” Esa es la verdadera grandeza.
El día en que la Iglesia vuelva a creer en esas palabras, quizá ya no necesitará títulos para recordar quién la fundó. Porque solo una Iglesia pobre, humilde y servidora puede ser realmente la Iglesia de Cristo. Lo demás —los nombres, las pompas, los tronos— son ecos del pasado, vestigios de un poder que no salva. Lo que salva, lo que convence, lo que enamora, es el amor que se hace servicio.