Tuberías oxidadas y manantiales claros: recuperar la frescura del Evangelio

Tuberías oxidadas y manantiales claros: recuperar la frescura del Evangelio

La imagen es poderosa y sencilla: Dios es un manantial de agua pura, cristalina, fresca y buena, pero esa agua que brota con fuerza necesita canalizarse para llegar a las personas. Y esas canalizaciones somos nosotros: la Iglesia entera, desde el Papa hasta el último de los laicos. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando las tuberías están oxidadas, agrietadas o llenas de suciedad? Que el agua, aun siendo limpia en su origen, llega turbia, debilitada o incluso se pierde por el camino.

Esa metáfora nos ayuda a comprender la tensión que vivimos hoy. El Evangelio es siempre fuente de vida, nunca deja de serlo. Cristo sigue siendo buena noticia para los pobres, esperanza para los abatidos y alegría para quienes buscan sentido. Pero el modo en que esa buena noticia se transmite puede fallar. La Iglesia, que debería ser conducto transparente y confiable, a veces se convierte en obstáculo. La burocracia, las luchas internas, la rigidez, las incoherencias y hasta los pecados de sus miembros hacen que el agua llegue al pueblo en mal estado, o que ni siquiera llegue.

La parábola del buen samaritano y el juicio final de Mateo 25 nos recuerdan lo esencial: la fe cristiana se mide en la capacidad de hacernos prójimos de los heridos, de cuidar a los descartados, de defender la dignidad de los que no cuentan. Pero, ¿qué pasa cuando pasamos más tiempo discutiendo sobre estructuras que en vivir este Evangelio? Lo que debería ser un cauce de gracia se convierte en un laberinto institucional que agota en lugar de dar vida.

Esto no significa que las estructuras no tengan valor. Una tubería, aunque imperfecta, siempre es necesaria para llevar el agua. Lo mismo ocurre con la Iglesia: parroquias, diócesis, comunidades, movimientos… todos son cauces que permiten que el manantial llegue a más gente y de manera organizada. El problema no es la tubería, sino su estado. Cuando se oxida la fe, cuando se agrieta la comunión, cuando se pierde la transparencia, lo que llega al mundo ya no parece Evangelio, sino simple ideología o costumbre vacía.

Aquí aparece la otra imagen del Evangelio: la sal. Jesús fue claro: “Vosotros sois la sal de la tierra”. La sal no existe para sí misma, sino para dar sabor. Si la sal pierde su fuerza, no sirve para nada. Así ocurre con la Iglesia: existimos para hacer presente el sabor del Reino, para conservar la vida allí donde parece que todo se pudre, para dar un gusto nuevo al mundo desde la fraternidad y la justicia. Una sal que no sala, que no transforma, que se queda guardada en el salero, termina siendo inútil.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué podemos hacer para que las tuberías vuelvan a conducir agua limpia y la sal recupere su fuerza? No se trata solo de reformas institucionales, que son necesarias, sino sobre todo de conversión personal y comunitaria. El manantial no está en nuestras manos —Dios siempre es fiel—, pero sí lo está la calidad de las canalizaciones. Somos responsables de que el agua llegue bien a quienes más la necesitan: los pobres, los migrantes, los marginados, los que han perdido la fe porque lo que recibieron no fue Evangelio sino rutina.

Para ello necesitamos comunidades más vivas y menos burocráticas, parroquias que sean hospitales de campaña, como decía Francisco, y no simples oficinas de servicios religiosos. Necesitamos laicos formados y corresponsables, capaces de asumir su papel en la evangelización y el compromiso social. Necesitamos pastores cercanos, como esos obispos y curas que no temen salir a la calle, escuchar a la gente sencilla y acompañar sus luchas. Y necesitamos también testigos creíbles, porque la incoherencia es la mayor oxidación que sufren nuestras tuberías.

El agua del Evangelio se reconoce porque da vida, y la sal porque transforma lo insípido. Tenemos, por tanto, un desafío hermoso y exigente: ser tuberías limpias y sal con sabor. Esto significa revisar nuestras comunidades, nuestras actitudes, nuestras prioridades. ¿Estamos dejando que el agua se pierda en formalismos y estructuras oxidadas? ¿Estamos guardando la sal en recipientes herméticos mientras el mundo se corrompe sin sabor? La respuesta no está solo en Roma ni en los obispados: está en cada bautizado, en cada gesto de fraternidad, en cada compromiso con los más vulnerables.

El manantial sigue brotando. Lo decisivo es que nos dejemos limpiar, que nos dejemos renovar, para que el agua de Dios llegue fresca y viva al corazón de nuestro mundo. Solo así la Iglesia volverá a ser lo que debe ser: signo humilde, pero creíble, de que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.