El peligro de quienes quieren acabar con las democracias: España como nuevo laboratorio de desestabilización

El peligro de quienes quieren acabar con las democracias: España como nuevo laboratorio de desestabilización

En los últimos días, un artículo publicado en The American Spectator, titulado “A New Far-Left Dictatorship is Coming to Europe: Spain”, ha desatado una tormenta política y mediática. El texto describe a Pedro Sánchez como un dictador de extrema izquierda que estaría desmantelando el Estado de Derecho en España. Más allá de los errores, aciertos o contradicciones del actual presidente en funciones, lo que este episodio revela es un patrón histórico mucho más profundo: la instrumentalización del discurso de la democracia para desestabilizar a los países que no se pliegan a los intereses de las élites estadounidenses.

El guion repetido en América Latina

No es la primera vez que vemos algo similar. Durante décadas, Estados Unidos ha intervenido de forma abierta o encubierta en América Latina, justificando sus acciones en nombre de la “libertad” y la “defensa de la democracia”. Sin embargo, el resultado siempre fue el mismo: golpes de Estado, dictaduras militares, economías arrasadas y sociedades divididas. Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973, pasando por Nicaragua, Venezuela o Bolivia, la estrategia se ha repetido: demonizar a un líder, calificarlo de “dictador”, y fomentar desde dentro y fuera un clima de inestabilidad política y social.

Lo preocupante es que este manual parece estar ahora aplicándose en Europa, con España como objetivo. Que un medio estadounidense acuse sin matices a Sánchez de ser un “dictador” no es casualidad: es un mensaje dirigido tanto a la opinión pública internacional como a los sectores internos que buscan debilitar cualquier proyecto autónomo de soberanía política.

La democracia como arma arrojadiza

Resulta paradójico que desde Washington se acuse a otros de “robar la democracia”, cuando Estados Unidos ha sido uno de los principales promotores del lawfare, la manipulación judicial y la injerencia política en diversos países. Lo que se observa en el caso español es un intento de convertir las tensiones internas de un país en un argumento para socavar su legitimidad democrática ante el mundo.

Sí, Pedro Sánchez ha tomado decisiones que generan controversia, desde sus pactos con independentistas hasta la negociación de una amnistía. Pero reducir este complejo panorama a la etiqueta de “dictadura de extrema izquierda” es un acto de propaganda, no de periodismo. Y más aún cuando se compara a España con Venezuela o Cuba, ignora la realidad institucional europea y busca instalar el miedo como herramienta de control.

¿Quién decide qué es democracia y qué no lo es?

El gran problema es que se pretende que sea Estados Unidos quien determine qué gobiernos son legítimos y cuáles no. Así, un presidente electo que no responde a los intereses de Washington se convierte en “dictador”, mientras que regímenes aliados aunque autoritarios se presentan como “socios estratégicos”. Arabia Saudí es un ejemplo evidente: un reino absoluto sin elecciones, pero aliado intocable de la Casa Blanca.

En el caso español, esta narrativa no solo busca desacreditar a Sánchez, sino también sembrar dudas sobre la propia fortaleza de las instituciones europeas. Si España “ya no es un Estado de Derecho”, como afirma el artículo de The American Spectator, entonces la Unión Europea estaría tolerando una dictadura en su seno. Y esa conclusión sirve para debilitar la confianza en el proyecto europeo y aumentar la dependencia de Europa respecto a Estados Unidos.

La manipulación del malestar social

Otro punto clave del discurso es la insistencia en que “millones de españoles se han echado a la calle” contra Sánchez. Aunque es cierto que hay manifestaciones importantes, el uso de la exageración es evidente: se busca transmitir la imagen de un pueblo en rebelión contra un tirano, cuando en realidad se trata de una sociedad polarizada, como tantas en el mundo actual. Este tipo de narrativas alimentan la crispación interna y generan un terreno fértil para la desestabilización.

El mismo método se aplicó en América Latina: magnificar las protestas contra un gobierno, invisibilizar el apoyo que también recibe, y presentar cualquier medida como una amenaza al orden democrático. En el fondo, lo que se busca no es defender la democracia, sino forzar un cambio de poder favorable a intereses externos.

La gran pregunta: quién protege la democracia

La verdadera amenaza no es que un medio estadounidense critique a un presidente extranjero. La amenaza real es que se utilice la democracia como excusa para intervenir, dividir y manipular a las naciones soberanas. La democracia, con todos sus defectos, debe ser defendida desde dentro, por los propios ciudadanos, y no por un poder externo que pretende erigirse en árbitro mundial.

Lo que está en juego en España no es solo el futuro de un gobierno concreto, sino la capacidad de los pueblos de resolver sus diferencias dentro de sus propios marcos institucionales. Si cada crisis interna es amplificada desde fuera con el sello de “dictadura”, entonces ninguna democracia en el mundo estará a salvo de ser deslegitimada cuando deje de convenir a ciertos intereses.

Conclusión: una advertencia para el futuro

El caso español debe servir como advertencia. Hoy es Sánchez quien es señalado como “dictador”, mañana puede ser cualquier otro líder europeo que no encaje en la agenda de Washington. El verdadero peligro para la democracia no son los defectos de un presidente concreto, sino la estrategia global de desestabilización que utiliza la etiqueta de “dictadura” como arma política.

España no es Venezuela, ni Cuba, ni Chile en 1973. Pero si no se entiende el trasfondo de estas narrativas, se corre el riesgo de que Europa se convierta en el nuevo laboratorio de injerencias. Defender la democracia implica aceptar sus crisis y resolverlas con más democracia, no con campañas mediáticas diseñadas a miles de kilómetros de distancia.

En definitiva, el futuro de España debe decidirse en España, y no en los editoriales de Washington.