Lo vivido en Braojos estos días de fiesta refleja la riqueza cultural y espiritual de nuestros pueblos. Sin embargo, también deja ver cómo determinados discursos eclesiales siguen anclados en un esquema que ya no convence, que no atrae y que, sobre todo, resulta incapaz de reflejar la hondura de la gracia de Dios. El sermón que pronunció en Braojos el sacerdote Jorge Guadalix, dirigido a los casados, se quiso presentar como un canto al compromiso y a la fidelidad, pero en realidad terminó siendo un ejemplo más de cómo la Iglesia sigue perdiendo a las personas, especialmente a los jóvenes, por su rigidez, su clericalismo y su incapacidad de leer los signos de los tiempos.
El orador afirmaba que los casados son especie en vías de extinción, y que la culpa de que apenas haya bodas es de quienes, con sus vidas, muestran que el amor es para siempre. Según esta visión, lo que hoy se extiende en la sociedad no es más que relativismo, superficialidad y miedo al compromiso. Sin embargo, aquí está la primera gran falacia. No es que la gente no quiera comprometerse, sino que la gente ya no cree en el testimonio de una Iglesia que habla de amor eterno mientras acumula escándalos de abusos, cambalaches en nulidades matrimoniales y prácticas alejadas de la transparencia.
El predicador olvidó lo esencial: la gracia de Dios no tiene límites. No se puede presentar como si solo alcanzara a los que sellan un sacramento, mientras los demás vivieran en un limbo de dudas o de falsedad. Cristo no redimió “a algunos” ni solo “a los casados por la Iglesia”: Cristo redimió a todos, y su gracia está tanto en los casados como en los no casados, tanto en quienes celebran su unión en un altar como en quienes deciden vivir su amor sin papeles ni rituales. Negar esta realidad es negar la amplitud del amor de Dios.
Además, cuando se condena a quienes no pasan por la Iglesia, no se reconoce que muchos evitan casarse justamente por el mal testimonio que da la propia institución eclesial. No se puede ignorar que la Iglesia se vacía de jóvenes, de matrimonios y de niños porque la gente ya no confía en ella. El clericalismo ha devorado la vida comunitaria: los seglares no tienen voz ni voto, y todo se reduce a lo que decide el cura o la jerarquía. Y claro, así les luce el pelo: templos vacíos, sacramentos convertidos en trámite social y una fe que apenas sobrevive gracias a la tradición, pero no por convicción.
El escándalo de las nulidades matrimoniales
Un punto especialmente doloroso es el de las nulidades matrimoniales. Todos saben cómo funcionan: quien tiene dinero y contactos puede conseguir con relativa facilidad que su matrimonio sea declarado nulo, mientras otros deben cargar de por vida con un vínculo que, según la Iglesia, no puede disolverse jamás. Se predica fidelidad hasta la muerte, pero luego se permite que, a golpe de canonistas y abogados, se manipulen las causas para obtener una nulidad “limpia”. Es un auténtico cambalache, una falta de coherencia que mina la credibilidad de la Iglesia y convierte al sacramento en mercancía de despacho.
¿Cómo se puede pedir a los jóvenes que crean en un compromiso para toda la vida, si luego ven que en Roma, en Madrid o en las curias diocesanas se firman nulidades como quien reparte favores? Esa incoherencia explica en gran parte por qué la juventud ya no confía en un discurso que suena hueco, mientras las prácticas internas contradicen lo que se predica en los altares.
Amor más allá de papeles y ritos
El sermón de Jorge Guadalix ignoró otra realidad: muchas personas viven en gracia de Dios sin necesidad de estar casadas, ni por la Iglesia ni por el juzgado. Lo fundamental no es un sello, sino el amor verdadero, vivido en entrega, en perdón, en fidelidad y en apertura al otro. El amor no se limita a los sacramentos, aunque estos puedan ser un signo hermoso; el amor es la huella misma de Dios en la humanidad.
Desde la antigüedad, incluso en el derecho romano, la unión entre un hombre y una mujer no necesitaba de grandes ceremoniales para ser reconocida como válida: bastaba el hecho de amarse y de vivir juntos. No es cierto, como repiten algunos eclesiásticos, que toda la historia humana haya girado en torno al modelo de matrimonio sacramental. La verdad es que la familia y la vida en común han tenido muchas formas, y siempre la clave estuvo en el amor, no en los papeles.
Una Iglesia que aleja a las personas de la fe
El gran problema es que la Iglesia no quiere ver cómo va apartando a las personas de la fe. Insiste en discursos duros sobre lo que hay que hacer, pero ignora la vida concreta de la gente. El clericalismo expulsa, la rigidez aburre, y la falta de escucha hiere. Mientras tanto, el Evangelio habla de libertad, de misericordia, de amor incondicional. ¿Por qué cuesta tanto creer que Dios actúa también fuera de los márgenes sacramentales?
La consecuencia es visible: templos vacíos, sacramentos reducidos a tradiciones sin alma, pueblos que celebran fiestas pero no la fe, y una juventud que ya no encuentra nada vivo en un discurso que suena a repetición y condena. El problema no está en que la gente no quiera casarse: el problema está en que la Iglesia no logra ser testimonio creíble de un amor fiel, generoso y abierto a la vida.
En definitiva, el sermón de Braojos, pronunciado por Jorge Guadalix, no fue un canto a la esperanza, sino un ejemplo más de cómo el clericalismo insiste en culpar al pueblo de lo que en realidad es responsabilidad de la propia Iglesia. Mientras sigan cerrando los ojos ante sus contradicciones, mientras las nulidades matrimoniales sigan siendo un mercado de favores y mientras el amor siga reducido a un sacramento que muchos ya no creen necesario, la Iglesia seguirá vaciándose. Y no será porque la gracia de Dios falte, sino porque la Iglesia no supo reconocer que la gracia de Dios desborda cualquier sacramento y alcanza a todos los que aman de verdad.
José Carlos Enríquez Díaz