En un momento histórico marcado por guerras, crisis humanitarias y la trata de seres humanos, resulta inaceptable que algunos líderes políticos, lejos de promover soluciones dignas, exploten el sufrimiento ajeno para cosechar votos y alimentar discursos de odio. Es el caso de Alberto Núñez Feijóo, quien cada vez se muestra más cercano a las posturas xenófobas de Vox, consolidando un discurso que criminaliza a quienes huyen de la miseria y la violencia.
Frente a esta deriva, las palabras del arzobispo de Santiago resuenan como un eco de humanidad que desmonta las falacias del populismo del miedo:
“Es inaceptable utilizar a los migrantes o refugiados como arma política, cuando ya acumulan adormo los desarraigos y el abuso de las mafias. La Iglesia está llamada a ser un hogar para todos, especialmente para los descartados. Una comunidad que no pregunta primero por el estatus legal, la procedencia o el éxito, sino que mira con los ojos de Cristo, y acoge con los brazos del Padre.”
Estas declaraciones no son simples palabras piadosas. Son una denuncia clara contra el cinismo político de quienes, como Feijóo, ven en el migrante un enemigo útil, un chivo expiatorio para ocultar la falta de propuestas reales sobre empleo, vivienda o derechos sociales.
El miedo como estrategia electoral
Feijóo, que en sus años de barón gallego presumía de moderación, ha mutado en un aliado complaciente de la ultraderecha. En sus discursos más recientes, adopta un tono calculadamente ambiguo, pero siempre deja caer la sospecha: los migrantes son un problema, una amenaza, un coste para el Estado. Este relato tóxico alimenta la idea de que el extranjero es culpable de la inseguridad, del paro, de la precariedad, mientras los verdaderos responsables —políticas neoliberales, corrupción, abandono institucional— quedan intactos.
No es casualidad que esta retórica coincida con el crecimiento de Vox, que basa buena parte de su discurso en el odio al diferente. Feijóo no se atreve a alzar la voz contra ellos, al contrario, normaliza sus posiciones para no perder a ese electorado. La esperanza, decía el arzobispo, “pide alzar la voz sin miedo, en defensa de quien está sufriendo hoy muy graves injusticias, víctimas de las guerras, mujeres esclavizadas en la trata y en la prostitución”.
¿De verdad Feijóo ignora que la mayoría de migrantes que llegan a España son víctimas, no verdugos? Mujeres arrancadas de sus hogares, niños que han visto morir a sus familias, hombres que cruzan mares y desiertos para huir de guerras provocadas por intereses geopolíticos que Europa, incluida España, no es ajena a alimentar.
Migrar no es un delito, es un derecho humano
La narrativa xenófoba de Feijóo y Vox se sustenta en un doble engaño. Por un lado, pretende reducir a los migrantes a números, a “olas” o “avalancha”, deshumanizando su experiencia. Por otro, oculta que la migración es esencial para sostener nuestro sistema social, desde los cuidados a las pensiones. Sin embargo, en lugar de plantear políticas de integración, regularización laboral o acceso a vivienda, se insiste en la criminalización colectiva.
El arzobispo lo deja claro: “Han de ser acogidos desde la legalidad y la fraternidad. Y a nuestra más firme condena, ni violencia racista, ni criminalización colectiva”. Este mensaje choca frontalmente con la complicidad silenciosa de Feijóo, que tolera los bulos y las agresiones verbales de la extrema derecha con tal de mantener su base electoral.
La dignidad humana no se negocia
Cuando un líder político decide usar el sufrimiento como arma electoral, cruza una línea moral que lo aleja de cualquier noción de justicia. Feijóo sabe que sus palabras tienen consecuencias: cuando se señala al migrante como enemigo, se legitima la violencia racista, se alimentan las agresiones en las calles y se justifica el abandono institucional de quienes ya lo han perdido todo.
El arzobispo recordó también la urgencia de garantizar derechos básicos: “La falta de vivienda es un trabajo digno y seguro”. Sin embargo, en lugar de abordar estas carencias con políticas públicas reales, Feijóo y sus aliados prefieren desviar la atención culpando al más vulnerable. Es más fácil culpar al refugiado que enfrentarse a los especuladores de vivienda, a las mafias laborales o a la precariedad estructural.
¿Qué clase de país queremos ser?
España ha sido históricamente un país de migrantes. Millones de españoles tuvieron que huir de la miseria, la dictadura o la guerra, y fueron acogidos en América, en Europa, en cualquier lugar donde pudieran reconstruir sus vidas. ¿Cómo hemos llegado al punto de olvidar nuestra propia historia?
Feijóo, en su intento de parecer fuerte y firme, se olvida de que la verdadera fortaleza está en proteger a los débiles, no en perseguirlos. Se olvida de que una sociedad que renuncia a la solidaridad, que deja morir a personas en el mar, que levanta muros físicos y simbólicos, no es una sociedad más segura, sino más deshumanizada.
No al odio disfrazado de política
Hoy, más que nunca, hay que levantar la voz: la dignidad humana no tiene nacionalidad, ni pasaporte, ni color de piel. Los migrantes no son cifras, no son amenazas, no son mercancía electoral. Son personas. Y como recordó el arzobispo de Santiago, la Iglesia –y cualquier comunidad con conciencia– está llamada a ser un hogar para todos, especialmente para los descartados.
Frente a la estrategia del miedo y la división, hay que decirlo alto y claro: Feijóo está traicionando los valores democráticos al alinearse con el discurso xenófobo de Vox. Y eso no es política, es complicidad con la injusticia.
Porque la esperanza no puede construirse sobre el odio. Ni hoy, ni nunca.