En un tiempo convulso, donde los discursos de odio de la ultraderecha incendian nuestras plazas y contaminan nuestras conciencias, surge la figura luminosa de Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol, como un pastor valiente, fiel a los valores evangélicos y a la dignidad inviolable del ser humano. Sus palabras, llenas de firmeza y compasión, resuenan como un eco de la conciencia que tantos han querido silenciar.
Frente a la llamada “propuesta de reemigración” defendida por algunos sectores políticos, el obispo denuncia con claridad que no es reemigración, sino deportación masiva, una idea moralmente inaceptable que busca arrancar de raíz a millones de personas, incluso a quienes han construido su vida entre nosotros y han contribuido al bien común durante décadas. “Esto es una forma de limpieza étnica”, advierte con la autoridad de quien sabe que la historia se repite cuando olvidamos la humanidad.
Sus palabras no son simples opiniones; son una llamada a la conciencia colectiva, un grito que denuncia la perversión de invocar las raíces cristianas para justificar la pureza de raza, la exclusión, el odio y la violencia. Él nos recuerda que el Evangelio no legitima muros ni cacerías humanas, sino que nos obliga a tender puentes y abrazar al extranjero.
Cuando el obispo dice que “los menores no acompañados, los más vulnerables entre los vulnerables, se han convertido en objeto de disputa política”, nos confronta con la deshumanización que late en la retórica de la ultraderecha. Esa instrumentalización de los débiles revela, en realidad, una sociedad que ha perdido el norte moral y que confunde seguridad con rechazo, y identidad con exclusión.
En este momento histórico, el tema migratorio es, como afirma García Cadiñanos, la cuestión social por antonomasia. Y no podemos normalizar terminologías que atentan contra la dignidad humana, porque aceptar un lenguaje contaminado es el primer paso para aceptar prácticas inhumanas. Él nos previene de ese peligro y nos exhorta a no cerrar los ojos ante la injusticia.
Aquí late una profunda sabiduría espiritual y humanista, la misma que enseñaba que cuando la sociedad se construye sobre el miedo y el odio, termina destruyéndose a sí misma. El obispo entiende que el malestar social no se resuelve con chivos expiatorios, sino con justicia, diálogo y comprensión. Si no atendemos a las causas reales de la desesperanza, advierte, la chispa volverá a encenderse, y el fuego del odio nos consumirá a todos.
Su voz, serena pero firme, nos recuerda que la Iglesia no está para bendecir ideologías de exclusión, sino para ser hospital de campaña, casa de acogida y lugar de encuentro. Y en esa misión, Fernando García Cadiñanos no titubea ni se esconde, aunque incomode a quienes quisieran ver en el Evangelio un escudo para proteger sus privilegios o su nacionalismo vacío.
Es inevitable, al escuchar su denuncia, pensar en las reflexiones de grandes maestros de la fe y del pensamiento que veían en cada migrante, en cada rostro herido por el odio, el reflejo vivo de Cristo mismo. La verdadera fidelidad a las raíces cristianas no consiste en cerrarse ante el diferente, sino en reconocerlo como hermano. La auténtica pureza no es la de la sangre ni la de la raza, sino la del corazón que ama y sirve sin condiciones.
La ultraderecha, en cambio, trafica con miedos y resentimientos, crea enemigos imaginarios, desgarra el tejido social, y rompe la convivencia cívica que tanto ha costado construir. Su lenguaje de odio y exclusión no es solo una amenaza política, sino una herida espiritual que desfigura lo mejor de nuestra humanidad. En este escenario oscuro, García Cadiñanos se alza como un contrapunto profético, como alguien que, con humildad y valentía, nos señala el único camino digno: defender la vida, proteger al débil, y construir paz donde otros siembran división.
Que haya obispos así es un regalo para la Iglesia y para la sociedad. Su palabra es como agua fresca en el desierto, como una luz que no se apaga aunque arrecie la tormenta. Fernando García Cadiñanos nos recuerda que la fe verdadera no teme ensuciarse las manos para servir, que la esperanza no consiste en cerrar puertas sino en abrirlas, y que el amor cristiano nunca podrá convivir con la barbarie del odio.
Por eso, hoy, elevamos una profunda alabanza a este pastor bueno, que no calla ante la injusticia ni se acomoda a las presiones del poder. En él resplandece la ternura de un Dios que no abandona a sus hijos, y la fuerza de un Evangelio que libera y humaniza. Que su voz siga resonando, que su ejemplo siga inspirando, y que su vida siga siendo un faro de esperanza para todos los que buscan un mundo más justo, más fraterno y más digno para cada ser humano.