Hay algo que no se dice. Algo que no aparece en los comunicados, ni en los programas pastorales, ni en los titulares de los actos solemnes. Algo que se queda flotando en el silencio de las sacristías vacías, o en la sombra alargada de los bancos donde ya nadie espera.
¿Qué pasa con los sacerdotes cuando se jubilan?
Después de décadas entregando la vida, sosteniendo parroquias, acompañando duelos, bautizando, bendiciendo, escuchando, celebrando, cuidando… muchos de ellos llegan al final de su ministerio como quien termina un turno y deja las llaves en la mesa.
Y entonces empieza una etapa que, para muchos, no está acompañada. No hay espacio real. Ni presencia. Ni conversación.
Se sienten apartados.
Como si ya no sirvieran. Como si, tras haber sido pastores, ahora solo fuesen muebles viejos.
Colocados en una esquina.
Y olvidados.
Es una soledad que duele más porque no es visible. Son hombres acostumbrados a no quejarse. A no estorbar. A callar.
Pero el alma también se cansa de ser invisible.
Algunos lo sobrellevan con paz. Otros, con fe profunda. Pero muchos sienten que el pueblo al que dieron la vida ya no los mira. Que la Iglesia por la que caminaron tantos años ahora los deja en un margen, como si el reloj pastoral tuviera fecha de caducidad, pero no corazón para lo que viene después.
Y es entonces cuando llega el silencio. El de los pasillos donde ya no suenan pasos. El del teléfono que apenas suena. El de las Eucaristías que ahora se celebran desde fuera.
El silencio de saberse “jubilado” como si eso significara “acabado”.
Y no es justo.
Porque nadie debería sentirse desechado tras una vida de entrega. Porque el valor de un sacerdote no se mide por la cantidad de misas que puede decir, sino por la huella que deja cuando ya no las dice.
Porque ellos son memoria viva. Testigos. Historia.
Y también hijos de Dios necesitados de cercanía.
El cuidado pastoral no termina cuando el cura cuelga la estola. Debería empezar otro cuidado: el de acompañarle, sostenerle, agradecerle, hacerle sentir que todavía tiene sitio.
Que no es un estorbo.
Que sigue siendo valioso.
Que no está solo.
Muchos de estos curas viven en silencio ese momento en que dejan de ser “el padre” para convertirse en “el que era”.
Y esa transición, si no está acompañada, puede ser cruel.
Más aún para quienes han vivido toda su vida entregados al otro, sin formar una familia propia, sin tener una casa que les espere con las luces encendidas, sin nietos que les abracen.
¿Quién los abraza entonces?
La Iglesia habla mucho de sinodalidad, de comunidad, de cuidado. Pero ese discurso también tiene que tocar a quienes han sido los primeros en entregarse.
Porque jubilarse no debería significar desaparecer.
Porque lo que se hace con los que fueron pastores dice mucho de la fe que predicamos.
Este artículo no tiene nombres.
Porque los nombres están en todas partes.
En cada residencia diocesana. En cada habitación silenciosa. En cada mirada que busca todavía un “gracias” o un “¿cómo estás?” sincero.
No hace falta mucho. Solo presencia. Una llamada. Una visita. Una comida compartida.
Un lugar donde seguir siendo.
No son muebles viejos.
Son pilares.
Aunque ya no estén en el centro del altar, siguen sosteniendo el templo.
Y eso, como comunidad, no lo podemos olvidar.