Hace ya un tiempo que Arán López Martínez asumió su acta como concejal del Partido Popular en Ferrol, ocupando la vacante que dejó Martina Aneiros tras su salida hacia la Xunta. No fue ayer, ni en el último pleno, ni es una noticia fresca. Es, más bien, el contexto necesario para entender lo que viene después: qué se hace con la responsabilidad cuando ya se tiene el cargo.
Y aquí es donde el relato se vuelve fascinante.
Porque entre todas las posibilidades que ofrece una concejalía de juventud —en una ciudad con retos estructurales, con talento que se escapa, con ganas contenidas— la idea que logra destacar es una convocatoria para que los jóvenes se reúnan a cambiar cromos. Una iniciativa que, sin duda, hará las delicias de quien aún guarda con cariño su colección… y que, al mismo tiempo, plantea una pregunta demoledora: ¿esto es política juvenil o una tarde de recreo institucionalizada?
La estampa es difícil de superar. Un concejal, con experiencia en Nuevas Generaciones desde 2014, con recorrido político, con años de supuesta preparación… organizando un intercambio de cromos. Casi se puede escuchar de fondo el “me falta el 237, ¿lo tienes?” como banda sonora de la acción pública. Innovación política en estado puro.
No, el problema no es la actividad. Insistamos en ello: cambiar cromos no es malo. Es social, es lúdico, es incluso entrañable. El problema es que eso sea lo que se visibiliza como propuesta, lo que se pone sobre la mesa como iniciativa desde una concejalía que debería estar pensando —y trabajando— en el futuro de toda una generación.
Porque mientras los cromos vuelan de mano en mano, la realidad permanece obstinadamente inmóvil.
El desempleo juvenil sigue ahí, sin que un álbum completo vaya a generar contratos. Lo que haría falta son programas de inserción laboral, formación vinculada a sectores con futuro, incentivos reales para la contratación de jóvenes. Pero claro, eso no cabe en un sobre brillante ni se intercambia por duplicados.
La fuga de talento continúa, con jóvenes que hacen las maletas porque aquí no encuentran oportunidades. ¿Dónde están los planes para retenerlos? ¿Las ayudas al emprendimiento, los espacios de innovación, las redes de apoyo a proyectos emergentes? Quizá se estén buscando en la sección de cromos difíciles.
La vivienda sigue siendo un muro infranqueable. La emancipación juvenil se retrasa, se complica, se convierte en una carrera de obstáculos. Políticas de alquiler asequible, rehabilitación urbana, incentivos para jóvenes… todo eso suena menos divertido que una quedada, claro. Mucho menos “instagrameable”.
En cultura, el panorama tampoco invita al entusiasmo. Ferrol podría ser un hervidero creativo, pero necesita infraestructura, programación estable, apoyo decidido. No basta con gestos puntuales. La cultura juvenil no es un evento: es un ecosistema.
Y luego está el ocio, ese terreno donde parece que todo vale. Pero no. La juventud no necesita ser tratada como si estuviera en primaria. Necesita propuestas que la estimulen, que la impliquen, que la hagan partícipe. Deporte estructurado, festivales, talleres, espacios autogestionados. No todo tiene que ser trascendental, pero tampoco trivial.
La participación merece capítulo aparte. ¿Dónde están los espacios reales de decisión para los jóvenes? Consejos con capacidad efectiva, procesos participativos, voz en las políticas públicas. Porque una cosa es invitar a cambiar cromos y otra muy distinta invitar a decidir sobre el futuro de la ciudad.
Al final, lo que queda no es la anécdota, sino el símbolo. Una forma de entender la política juvenil que se queda en lo superficial, en lo cómodo, en lo que no exige demasiado. Una política que entretiene en lugar de transformar, que ocupa tiempo en lugar de generar oportunidades.
Y aquí es donde la ironía alcanza su máximo esplendor.
Porque, visto así, quizá estamos siendo injustos. Quizá no hemos entendido la profundidad estratégica de la propuesta. Tal vez el intercambio de cromos sea una metáfora brillante de la política actual: cambiar piezas repetidas sin alterar realmente la colección. Intercambiar caras, mantener el álbum intacto.
O quizá sea aún más ambicioso. Puede que estemos ante el inicio de un nuevo modelo de gestión pública, donde los problemas estructurales se resuelven con actividades simpáticas y donde la falta de oportunidades se compensa con nostalgia bien organizada.
Quién sabe. Igual el siguiente paso es un campeonato de chapas para abordar la precariedad laboral o un torneo de canicas para impulsar la innovación tecnológica.
Porque si algo queda claro es esto: no es que falten ideas, es que sobra conformismo.
Y en una ciudad que necesita ambición, proyecto y futuro, reducir la política juvenil a una tarde de cromos no es solo insuficiente: es casi una declaración de intenciones.
Así que sí, cambiemos cromos. Cambiemos todos los que hagan falta.
Pero, por favor, no pretendamos que eso es gobernar.