Cuando el joven David se enfrentó al gigante Goliat, la Escritura narra que tomó cinco piedras lisas de un arroyo (1 Samuel 17,40). No eran piedras cualquiera, sino seleccionadas con cuidado. Su forma pulida no era fruto de la casualidad, sino del proceso constante del agua que, al hacerlas rodar y chocar unas contra otras, las fue moldeando hasta dejarlas sin aristas. David las escogió porque sabía que al lanzarlas con la honda, las piedras lisas tendrían una trayectoria recta y firme, sin desvíos que arruinaran el objetivo.
Este detalle aparentemente simple encierra una enseñanza profunda para la vida comunitaria. En la formación de un pueblo, de una iglesia o de una comunidad, también se requiere de personas que hayan pasado por un proceso de perfeccionamiento, pulido y formación, de tal manera que puedan ser instrumentos eficaces en las manos de Dios. Así como las piedras del arroyo estaban listas para derribar a Goliat, los creyentes están llamados a ser piedras vivas (1 Pedro 2,5), útiles para construir la obra de Dios.
En la carta a los Efesios, Pablo explica que Cristo dio a la Iglesia cinco ministerios fundamentales: apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro (Efesios 4,11). Cinco funciones de perfeccionamiento que, como las cinco piedras de David, están destinadas a edificar, fortalecer y dar dirección al cuerpo de Cristo. Su finalidad no es generar competencia o división, sino trabajar unidos “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Efesios 4,13).
La clave está en la unidad. Puede haber muchas personas congregadas en un lugar, pero eso no significa que exista un verdadero cuerpo. Pablo lo deja claro al dirigirse a la comunidad de Corinto, una iglesia marcada por tensiones internas, partidos y disputas. Ya desde el inicio de su carta, advierte que algunos decían: “Yo soy de Pablo”, “yo soy de Apolo”, “yo soy de Cefas” “yo soy de Cristo”. En lugar de formar un cuerpo sólido, la comunidad se estaba fragmentando en grupos y banderías. Lo más preocupante era que estas divisiones se reflejaban incluso en la celebración de la asamblea, donde la comunión debía ser signo de fraternidad y amor.
Pablo exhorta entonces a no dejarse llevar por diferencias de origen, cultura, condición social o preferencias personales. La fe en Cristo es la única motivación que debe sostener la unidad. En la comunidad cristiana no importa si uno viene del judaísmo o del paganismo, si es esclavo o libre, rico o pobre. Todos son llamados a permanecer en la vocación en la que fueron alcanzados por la gracia, y a vivir como un solo cuerpo en Cristo.

La historia de las instituciones religiosas muestra cómo, a lo largo de los siglos, muchas veces se ha caído en la tentación de parcelar la fe: templos para libres y templos para esclavos, hermandades exclusivas de una clase social, confraternidades cerradas según criterios étnicos, políticos o económicos. Esta manera de dividir la comunidad contradice la esencia misma del Evangelio, que es inclusión y fraternidad. La verdadera comunidad cristiana no debe ser homogénea ni cómoda, sino capaz de acoger la diversidad, incluso el conflicto, porque es en esa diversidad donde se manifiesta con mayor claridad el poder reconciliador del Evangelio.
Hoy, estas divisiones adoptan nuevas formas. En nuestras comunidades encontramos tensiones entre quienes se consideran más progresistas y quienes se identifican como más tradicionalistas. Unos quieren avanzar con cambios rápidos; otros desean conservar lo heredado sin modificaciones. Estas diferencias pueden ser enriquecedoras, pero también destructivas si no se ponen bajo la primacía del mandamiento central del Evangelio: el amor.
Pablo insiste en que tanto los fuertes como los débiles en la fe deben tener un mismo punto de encuentro: el amor mutuo. Sin amor, cualquier ministerio, cualquier carisma o cualquier estructura comunitaria se vacía de sentido. El amor es lo que mantiene a la comunidad como cuerpo vivo y lo que evita que las diferencias se conviertan en rupturas.
De la misma manera que el agua pule las piedras hasta volverlas lisas, los roces, encuentros y hasta los conflictos dentro de una comunidad pueden ser ocasión para nuestro propio proceso de formación. Las tensiones no deben verse como amenazas, sino como oportunidades de crecer en paciencia, humildad y fraternidad. En lugar de alejarnos o levantar muros, estamos llamados a dejarnos moldear por la gracia de Dios y por la convivencia con los demás, hasta que nuestra vida esté lo suficientemente pulida como para ser útil en su plan.
La comunidad cristiana, entonces, debe ser como un arroyo en el que circulan las piedras. Allí, cada miembro se va formando, puliendo y perfeccionando en la convivencia, hasta poder convertirse en instrumento eficaz para derribar los gigantes de cada tiempo: la indiferencia, la división, el egoísmo, la injusticia, la violencia. Dios no busca piedras toscas, llenas de aristas que hieran y dividan, sino piedras lisas, moldeadas para dar en el blanco.

Pero esta enseñanza no se limita a la vida de la Iglesia. También tiene un eco profundo en nuestras actitudes cotidianas. Ser piedra viva en manos del Señor significa mantener una trayectoria firme en el trato con los demás: en la familia, en el hogar, con los vecinos y compañeros de trabajo. Una piedra áspera puede lastimar, así como una palabra dura puede herir. En cambio, una piedra lisa sigue su camino con precisión, así como una palabra serena y un gesto de bondad pueden transformar una relación.
Ser piedras lisas en lo cotidiano es: hablar con respeto, incluso en medio de la diferencia; actuar con paciencia cuando las tensiones familiares surgen; mostrar empatía y solidaridad con los vecinos; y ser coherentes, de modo que la fe no quede encerrada en el templo, sino que se refleje en la vida diaria. En ese arroyo de la convivencia diaria, donde chocamos y rozamos con otros, también nos vamos puliendo. Cada desacuerdo, cada dificultad puede ser ocasión de dejar que Dios nos moldee, para que nuestras aristas se conviertan en suavidad y firmeza de carácter.
Así como David confió en sus cinco piedras lisas para derrotar al gigante, Cristo ha confiado en los cinco ministerios para perfeccionar a su Iglesia. Y así como las piedras del arroyo estaban listas para ser lanzadas, nosotros debemos estar listos para ser enviados, como piedras vivas en manos del Señor, con una trayectoria firme, sin desviarnos, apuntando siempre hacia la meta: la unidad en el amor y la plenitud en Cristo.