Clericalismo al revés: cómo abolir el clero poniéndote mitra

Clericalismo al revés: cómo abolir el clero poniéndote mitra

Dicen que quieren acabar con el clero. Que sueñan con comunidades sin jerarquías, sin títulos, sin nadie entre Dios y el pueblo. Pero el 24 de junio, Christina Moreira se “ordenará obispa” en un acto tan vertical, clerical y simbólicamente autoritario como cualquier consagración en San Juan de Letrán. La paradoja es tan descomunal, que ni los suyos se dan cuenta.

O quizá sí. Porque bajo la felicitación viene el desliz. En el muro de Facebook, un seguidor entusiasmado —Domingo Gómez Leiva— le escribe:

“Enhorabuena, Cristina. Ojalá algún día desaparezca toda clase de clero e intermediadores/as con la divinidad, y aparezcan los carismas libremente elegidos en una comunidad de iguales.”

Y ahí está: el deseo explícito de que desaparezca el clero… dirigido a una mujer que se está ordenando obispa. Si no fuera dramático, sería cómico. Es como querer acabar con la monarquía haciéndote reina por aclamación de tus amigos.

Este no es un caso aislado. Toda esta corriente de supuesta “renovación” eclesial vive instalada en esa contradicción monumental: se presentan como una alternativa al clericalismo mientras lo imitan con obsesión sacramental. Reclaman una “Iglesia sin jerarquías”, pero celebran una “ordenación episcopal” con imposición de manos, báculo y anillo. Critican la estructura vertical, pero exigen ser parte de la cúspide.

¿No suena todo eso exactamente al modelo que dicen querer superar?

El lenguaje es revelador: hablan de “presbíteras”, de “obispa”, de “sacramentos válidos”, de “sucesión apostólica” y de “Iglesia alternativa”. No es que quieran abolir el clero: quieren fundar uno nuevo con ellas mismas al mando. Un clero alternativo, paralelo, sin comunión eclesial, pero con todos los accesorios. El clericalismo no lo han desmontado: lo han reciclado con mitras violetas.

Lo más revelador es que, si de verdad creyeran en el sacerdocio común de los fieles, como enseña el Concilio Vaticano II, no necesitarían ordenarse de nada. Porque ese sacerdocio —el verdadero, el de todos los bautizados— no requiere títulos, ni mitras, ni liturgias de autoafirmación. Se vive en la fidelidad, en la comunidad y en la misión compartida, no en la creación de cargos simbólicos que solo repiten la lógica del poder eclesial que supuestamente rechazan.

Pero para Moreira y compañía, eso no basta. No les sirve ser bautizadas, ser discípulas, ser laicas comprometidas. Necesitan ser algo más. Ser “ministros”. Ser “sujeto sacramental” exclusivo. Presidir. Gobernar. Mandar. Exactamente lo mismo que critican en los hombres con alzacuellos, pero con otro vocabulario.

Y lo hacen además desde la clandestinidad litúrgica, porque saben que lo suyo no es ni válido ni lícito según la doctrina católica. Se reúnen en secreto “cerca de Compostela”, con tres “obispa” extranjeras cuya cadena de sucesión arranca —según ellas— en una barcaza del Danubio en 2002, y cuyas ordenaciones fueron inmediatamente castigadas con excomunión.

Así llegará Christina Moreira al altar —no de la Iglesia, sino de su pequeño teatro ritual— vestida como obispa, autoproclamada sucesora de los apóstoles, en un evento sin validez teológica ni comunión eclesial. Una liturgia sin Iglesia. Un sacramento sin sacramento.

Por si faltara más ironía, Christina está casada por lo civil con un sacerdote en activo: Victorino Pérez Prieto, quien actualmente ejerce como cura dentro de la diócesis de Santiago de Compostela, concretamente en la comunidad Home Novo, una realidad pastoral que dice evangelizar “en los márgenes”. Así, ella se autoordena obispa en un grupo marginal sin comunión con Roma, mientras su marido sigue celebrando misa dentro de la estructura oficial de la Iglesia católica -todavía no ha sido suspendido a divinis-. Una síntesis perfecta del caos teológico moderno.

¿Y aún se preguntan por qué no se toma en serio esta “reforma”?

La Iglesia no se renueva a golpe de performance. Ni por acumulación de títulos. Ni por insistencia emocional. La Iglesia se reforma desde dentro, en la fidelidad a Cristo, en la comunión real, no en el bricolaje sacramental. El verdadero problema aquí no es la creatividad litúrgica, sino la falta absoluta de sentido eclesial.

Pero si todo esto ya suena grotesco, esperen al siguiente paso lógico. Si Christina Moreira se ordena obispa, ¿qué impide que luego ella misma imponga las manos sobre su esposo y lo convierta en “obispo doméstico”? Total, comparten hogar, ideales, cruzadas teológicas y cierta alergia a la autoridad. ¿Qué mejor que fundar su propia diócesis matrimonial? Así ya tendríamos la primera sede conyugal del catolicismo disidente.

Eso sí que sería abolir el clero a lo grande: ordenándose mutuamente, sin diócesis, sin fieles, pero con mucha espiritualidad doméstica y una mitra en el perchero del recibidor.