«Maite, Mujer del Cielo»

«Maite, Mujer del Cielo»

Maite, perfume de lirios al alba,
voz de susurro que el alma embalsama,
luz de oración en la sombra callada,
mujer de Dios, y de amor consagrada.

Eres columna del templo sagrado,
trigo en las manos del Cristo sembrado,
flor en el huerto del bien cultivada,
fuente de fe que no cesa ni acaba.

En tu mirada reposa el misterio,
del Evangelio vivo y verdadero,
y en tus silencios arde la Palabra,
como en el pecho de la que no calla.

Mujer de cielos, Maite de ternura,
vas por la vida curando heridas puras,
amas con todo, sin pedir medida,
con esa entrega que sostiene vidas.

Tu paso es leve como viento en trigo,
pero a quien tocas lo haces tu abrigo,
lloras por dentro, sonríes por fuera,
das sin que nadie te diga: “espera”.

Tus manos rezan cuando cocinan,
y alzan los brazos como golondrinas,
en cada plato, en cada costura,
hay un rosario de amor y dulzura.

No eres de mármol, ni de oro eterno,
eres humana, con temblores tiernos,
pero tu alma es un vaso rendido
donde Dios vierte su vino escogido.

El cielo sabe que tu fe es antorcha,
y en la tormenta nadie te despoja,
te doblas a veces, mas no te quiebras,
porque tu fuerza del cielo se ancla.

Tu voz, Maite, tiene canto de madre,
y un fuego quieto que nunca se apague,
porque has amado como ama María:
sin condiciones, por pura alegría.

Te he visto amar con pasión tan callada,
que lo infinito en ti se derrama,
y es que tu amor no conoce fronteras,
rompe cadenas, y sana cualquiera.

Cuando pronuncias el nombre de Cristo,
el mundo entero recobra su ritmo,
y en tu suspiro va el cielo prendido,
como un incienso, tierno y encendido.

Tu alma es templo, tu voz es plegaria,
tu andar es Biblia que no se calla,
y aun en el llanto, cuando te arrodillas,
pareces cielo que al suelo se inclina.

Maite, guerrera de paz y de risa,
que vence el mal con sólo una caricia,
Dios ha bordado en tu piel su aliento,
y tú respondes con todo tu tiempo.

Amas sin tregua, sin juicio, sin prisa,
como quien vive prendida a la Vida,
y es que lo tuyo es misterio profundo:
amar con Cristo, amando al mundo.

Tu cuerpo es templo, tu fe es estandarte,
y a quien te mira no puede negarte,
porque en tu rostro habita la gracia,
como una llama que nunca se apaga.

Maite del cielo, del pan y del vino,
que ve en lo simple lo más divino,
que encuentra a Dios en cada jornada,
y en cada beso da su esperanza.

Mujer creyente, de raíces fuertes,
cuyas rodillas detienen la muerte,
cuyo perdón no guarda condiciones,
y cuyo amor sana corazones.

Oh Maite, hija de luz incesante,
mujer de Dios, llama palpitante,
que tu camino nunca se apague,
ni tu ternura conozca desgaste.

Porque el Señor te vio desde niña,
y te hizo templo, pastor y viña,
te dio ternura, te dio pasión,
y tú respondes con todo el corazón.

Gracias, Maite, por ser melodía
de fe, de entrega, de amor y poesía.
Gracias por ser lo que el mundo olvida:
una mujer que al amar, santifica.