El 4 de octubre de 2026 quedará grabado en la memoria de las parroquias de Corvera como un día de profunda emoción y gratitud. Desde primera hora de la mañana, un autobús con alrededor de 70 personas, acompañado de numerosos coches particulares, partía rumbo al occidente asturiano. El destino era Tapia de Casariego. El motivo, claro y compartido: acompañar a Alejandro Soler en el inicio de su nueva etapa como párroco.
Más de cien kilómetros separan Corvera de la costa tapiega, pero la distancia se hizo pequeña ante la fuerza de los lazos creados durante casi dos décadas. No fue solo un viaje, sino un gesto elocuente de cariño y reconocimiento hacia quien ha sido guía espiritual, compañero de camino y presencia constante en la vida de tantas familias.
Corría el año 2007 cuando Alejandro llegaba a estas parroquias. Desde entonces, su presencia ha estado ligada a los momentos más importantes de la vida de la comunidad: bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios y despedidas. Siempre con una entrega constante, muchas veces silenciosa, pero profundamente significativa.
Su labor no se limitó a la celebración de los sacramentos. Fue también acompañamiento cercano, consejo en momentos difíciles, impulso a la vida parroquial y dedicación a la formación cristiana. Especialmente destacable ha sido su compromiso con los jóvenes, guiando procesos de discernimiento vocacional y ayudando a muchos a encontrar su camino.
Quien escribe estas líneas ha tenido la oportunidad de conocerle de cerca, de tratarle y compartir momentos a lo largo de varios años. Y desde esa experiencia personal solo cabe decir que Alejandro es un hombre bueno, sencillo, cercano y con un gran corazón, cualidades que no siempre se ven, pero que se perciben claramente en el trato diario y en la forma en que se entrega a los demás.
En todo ello ha resonado con fuerza el Evangelio, particularmente aquellas palabras de Cristo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). Y los frutos de estos años son visibles en la vida de la comunidad, en la fe fortalecida de tantas personas y en el cariño sincero que ha despertado su ministerio.
Los propios feligreses quisieron plasmar en una carta de despedida el sentimiento común. En ella recordaban no solo su labor pastoral, sino también su cercanía humana, su disponibilidad constante y su capacidad para estar en los momentos más importantes, tanto en la alegría como en el dolor.

Durante estos años, Alejandro ha sabido transmitir con claridad y coherencia el mensaje cristiano, poniendo en el centro aquello que verdaderamente importa. Como recoge el Evangelio: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Una enseñanza que ha guiado su forma de vivir el sacerdocio y de acompañar a su pueblo.
La llegada a Tapia fue un momento cargado de emoción. El templo acogió a fieles venidos de distintos lugares, entre ellos quienes quisieron acompañarlo desde Corvera, la Sagrada Familia de Las Vegas, San Esteban de Molleda y Villa, en un gesto de comunión que reflejó la unidad vivida durante tantos años.
Alejandro inicia ahora su labor al frente de la parroquia de San Esteban de Tapia de Casariego, junto con otras cinco parroquias del entorno, comenzando así una nueva etapa que nace arropada por el afecto de quienes han caminado a su lado.
Durante la celebración, se recordó el sentido profundo del sacerdocio como vocación de servicio. En este contexto, cobraron especial fuerza las palabras de Jesús: “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35), reflejo de una vida entregada a los demás.
Quienes han compartido camino con él coinciden en destacar su cercanía, su disponibilidad y su compromiso. Su labor ha contribuido a fortalecer la comunidad, a crear vínculos y a mantener viva la fe, haciendo realidad aquella promesa del Evangelio: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).
El regreso a Corvera, tras la jornada en Tapia, estuvo lleno de sentimientos encontrados. La tristeza por la despedida se mezclaba con la alegría de haber podido acompañarle en un momento tan importante. Las palabras más repetidas fueron sencillas, pero profundas: agradecimiento, cariño y oración.
Alejandro comienza ahora su camino en el occidente asturiano con la misma misión que ha guiado toda su vida sacerdotal, recordando el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). Entre las cuencas y el mar, queda una historia de entrega que continúa, marcada por la fe, la cercanía y el servicio a su pueblo.