“Misas o mítines: Jesús Sanz desata guerras en nombre de Dios”

“Misas o mítines: Jesús Sanz desata guerras en nombre de Dios”

Es difícil entender la decisión de la TPA de no retransmitir este año la misa del Día de Asturias en Covadonga sin mirar hacia quien, desde hace años, convirtió ese altar en un escenario de confrontación. Porque, si bien mucha gente mayor, enferma o emigrada seguía con cariño la Eucaristía por televisión, también es cierto que lo que debía ser un acto de fe terminó transformado en un púlpito cargado de discursos políticos. Y esa responsabilidad recae, en buena medida, sobre Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, que ha hecho de la homilía una herramienta de combate ideológico. Si la televisión pública entiende que no debe retransmitir propaganda, tampoco puede seguir ofreciendo misas que más parecen mítines que celebraciones religiosas.

El Día de Asturias en Covadonga debería ser símbolo de unidad y espiritualidad. Sin embargo, el prelado ha utilizado repetidamente ese momento para atacar leyes aprobadas democráticamente, señalar al feminismo, ridiculizar el ecologismo o denunciar supuestas conspiraciones contra la fe. Su palabra, en lugar de buscar concordia, ha servido para levantar trincheras y dividir a la sociedad asturiana. Más que un pastor, se ha convertido en un ideólogo de ultraderecha con sotana, alguien que habla de Dios mientras reparte consignas políticas.

Ese estilo incendiario explica por qué una parte creciente de la ciudadanía ve en sus homilías una provocación más que un mensaje evangélico. Habla de persecuciones, censuras y enemigos ocultos, alimentando una narrativa victimista que no busca consolar ni liberar, sino movilizar a unos contra otros. Cada misa suena más a campaña electoral que a celebración de la fe. La gente que se acerca esperando alimento espiritual se encuentra con una arenga política disfrazada de liturgia.

Y aquí está la contradicción insalvable: quien usa el altar como tribuna no puede exigir después que se le trate como simple guía religioso. Si un obispo emplea la misa como mitin, debe asumir que una televisión pública, en un Estado aconfesional, no quiera ser cómplice de ese juego. Porque retransmitir una misa en este contexto no es solo ofrecer un servicio a creyentes mayores o alejados: es, indirectamente, dar cobertura a un discurso partidista.

Frente a este estilo combativo, la teología más comprometida recuerda que la Eucaristía debería ser un espacio de encuentro y transformadora, una llamada a practicar la justicia y la solidaridad. Quien convierte la liturgia en una guerra cultural traiciona su sentido más profundo.

Así, pues, cuando se apela al pasado (ejemplo: la etimología de “moro” o la historia de persecuciones) para justificar o normalizar prejuicios actuales. Es peligrosa porque legitima prácticas discriminatorias.

En el caso de la carta de Sanz Montes, lo que él hace es usar la memoria de manera peligrosa, porque rescata significados antiguos (“moro viene de máuros”) para decir que su expresión “moritos” es inocente, cuando en realidad en la memoria colectiva española tiene una carga discriminatoria. Esa manipulación del pasado lo lleva a reforzar divisiones en vez de transformarlas en oportunidades de respeto. Jesús Sanz debería usar una Memoria transformadora que sería lo contrario: aprender del pasado para superar prejuicios y favorecer la convivencia. Por ejemplo, reconocer los abusos cometidos históricamente en nombre de una religión y usar esa memoria para fomentar hoy el respeto mutuo.

No se trata de cuestionar la devoción a la Santina ni de negar que mucha gente sienta Covadonga como parte de su identidad. El problema no es la fe ni los símbolos, sino su manipulación. Cuando se usan como armas para combatir al adversario político, pierden fuerza espiritual y se convierten en banderas de trincheras.

Por eso, lo que se debate no es solo la retransmisión de una misa. Lo que está en juego es si queremos una sociedad donde la fe y la política caminen separadas, libres y sin contaminarse mutuamente. Porque un Estado democrático no puede dar cobertura a discursos que, en nombre de Dios, buscan polarizar a la ciudadanía. La fe auténtica no necesita trincheras ni gritos de guerra, sino gestos de justicia y misericordia.

En el fondo, la cuestión es clara: mientras se siga confundiendo el altar con la tribuna, la misa con el mitin y la fe con la ideología, seguirá habiendo división y conflicto donde debería haber paz. Y en ese contexto, la decisión de la TPA puede interpretarse no como un ataque a la religión, sino como un límite legítimo a la manipulación política de un acto que, mal que le pese a Jesús Sanz, hace tiempo perdió su esencia espiritual.