Cuando la Iglesia se dispara en el pie: el enigma de Jesús Sanz y la fe perdida en el camino

Cuando la Iglesia se dispara en el pie: el enigma de Jesús Sanz y la fe perdida en el camino

Hay silencios que pesan más que mil sermones. La Iglesia lleva décadas demostrando una habilidad admirable para acallar voces incómodas: teólogos que cuestionaban, que abrían ventanas, que intentaban que entrara un poco de aire fresco en las estancias cerradas del pensamiento eclesial. Los conocemos: algunos fueron relegados al rincón de los sospechosos, otros obligados a callar, a dejar de escribir o a perder el púlpito de las conferencias. Lo curioso es que cuando surge alguien que, en lugar de renovar, parece empeñado en dinamitar lo que queda de credibilidad eclesial, entonces, ¡oh sorpresa!, lo hacen arzobispo.

El caso de Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, es paradigmático. Si alguien quisiera escribir un manual de cómo perder feligreses a base de declaraciones altisonantes y gestos autoritarios, Sanz bien podría figurar en la portada. No es ya cuestión de estilo —cada obispo tiene su carácter—, sino de esa capacidad asombrosa de confundir el anuncio del Evangelio con un catálogo de prohibiciones, advertencias y trincheras ideológicas.

La ironía es sangrante: mientras voces críticas, de esas que ponen el dedo en la llaga, son apartadas con un elegante pero firme “no puede usted publicar más”, aquí se premia con un báculo a quien consigue alejar a personas de la Iglesia. Los que buscaban pensar la fe desde el diálogo han sido expulsados del aula. Los que cierran puertas a portazos, siguen subiendo peldaños. ¿No es genial?

Cualquiera diría que en Roma aplican la lógica del “mientras peor, mejor”. Si un teólogo habla de misericordia, lo silenciamos. Pero si un prelado consigue que creyentes vacilantes confundan la figura de Cristo con el perfil áspero de su obispo y se marchen desilusionados… entonces lo mantenemos en el cargo.

Más de uno podría preguntarse: ¿por qué no lo envían, como gesto pastoral y ecológico, a la Amazonía? No sería la primera vez que el Papa habla de cuidar la Casa Común; quizás Sanz podría redescubrir allí un cristianismo más sencillo, lejos de la obsesión por ocupar titulares con frases grandilocuentes. Pero no, lo cierto es que ni se plantea. No se mueve ficha. Se mantiene el statu quo.

Y mientras tanto, en la vida real, hay quienes, ante tanto ruido, deciden dar un paso al lado. Católicos de toda la vida, con fe tambaleante, que ya no saben diferenciar entre lo que es Dios y lo que es su portavoz más cercano. Esa confusión es letal. Una cosa es que un obispo equivoque el tono; otra, muy distinta, es que termine confundiendo a las almas que pretendía pastorear. Y aquí es donde se mide el verdadero daño.

Los grandes teólogos fueron tachados de peligrosos. Su delito fue pensar demasiado. La ironía es que hoy la verdadera amenaza no viene de quienes piensan, sino de quienes repiten dogmas con tono beligerante. Porque si el Evangelio se vuelve sinónimo de exclusión, ¿qué quedará de él? Una carcasa vacía.

Lo que resulta trágicamente divertido es ver cómo se invierte la lógica: se aparta al que reflexiona y se ensalza al que divide. Y todo ello mientras el número de creyentes practicantes cae en picado. ¿De verdad no ven la relación?

Podría pensarse que la Iglesia tiene sus inercias, sus dificultades para cambiar. Pero la obstinación en mantener a figuras como Sanz no es simple lentitud burocrática: es casi un manifiesto. Un modo de decir al mundo: “preferimos perder gente a cambiar de estilo”.

Al final, el caso Sanz no es una anécdota, es un síntoma. Es la radiografía de una Iglesia que, en demasiadas ocasiones, confunde fidelidad con cerrazón, autoridad con autoritarismo, y verdad con dogmatismo. El problema no es que un arzobispo hable más de la cuenta. El problema es que, desde Roma, se le premie por hacerlo. Y mientras sigamos alimentando a quienes ahuyentan, seguiremos disparándonos en el pie.