En un acto que, según sus protagonistas, rezuma «gracia, bendición y abundancia», y que algunos describirían como una audaz reinterpretación del drama eclesiástico, Christina Moreira Vázquez ha ascendido al obispado en Santiago de Compostela. Este evento, lejos de ser un mero asunto de fe, se erige como una monumental obra de teatro donde el guion papal parece haber sido, convenientemente, «adaptado» para una audiencia más… inclusiva. Aquí, la pregunta central deja de ser si esta es la inescrutable voluntad de Dios —que, para la mayoría de los fieles, se manifiesta a través de los canales establecidos y no de improvisados escenarios alternativos— para transformarse en un interrogante mucho más terrenal: ¿es esta la voluntad de Roma? Una distinción que, para algunos, es puramente semántica, mientras que para la institución que se precia de dos milenios de tradición, es la diferencia entre la ortodoxia y la mera… originalidad.
La ceremonia, presidida por la ilustre obispa irlandesa-estadounidense Bridget Mary Meehan y flanqueada por las no menos revolucionarias Gisela Forster y Christine Mayr-Lumetzberger, fue descrita como un festín de inclusión y alegría. Uno casi podría visualizar a los ángeles bailando un cha-cha-chá mientras las campanas de la tradición repicaban al ritmo de una nueva sinfonía. La presencia de participantes de diversos países subraya que esta ‘disidencia con designación’ no es un fenómeno aislado, sino una epidemia de empoderamiento que parece extenderse sin pedir permiso.
Según la homilía de la obispa Bridget Mary, la ordenación de Christina es un «momento de resurrección», una suerte de Lázaro eclesiástico emergiendo del sepulcro patriarcal. Se nos asegura que las mujeres han estado históricamente en el liderazgo de la Iglesia, una verdad que, para el Vaticano, ha estado convenientemente enterrada bajo siglos de sotanas y silencios. La visión de una Iglesia «sinodal» propuesta por el actual pontífice se invoca aquí como una suerte de pase mágico que transforma la excomunión en una bendición, o al menos en un malentendido digno de una comedia de errores. La idea es, por supuesto, «alinearse» con el pontífice, no mediante la obediencia, sino mediante una interpretación creativa y expandida de sus aspiraciones.
La odisea personal de Christina Moreira es, sin duda, un relato digno de ser contado, aunque quizás no en el boletín oficial del Vaticano. Su «llamada» a los 17 años la llevó a enfrentar la «crítica y la duda», obstáculos que, para el observador cínico, son eufemismos para «la doctrina y el dogma». Su conexión con la Asociación de Mujeres Sacerdotes Católicas Romanas (ARCWP) es el nudo gordiano de esta trama. Esta organización, que alegremente ordena a individuos cisgénero, transgénero y homosexuales, es, en esencia, un kit de inicio para una Iglesia paralela, donde las reglas de Roma son meras sugerencias en el viento. Es el «hágalo usted mismo» de la fe, una propuesta audaz para aquellos cansados de esperar la venia del «gran jefe».
Y luego está el mensaje de Tareixa Ledo Regal en Religión Digital, la autora del artículo y promotora de la asociación «Mulleres Cristiás Galegas Exeria». Su implicación no solo resalta un «esfuerzo colectivo» sino que también pulveriza cualquier noción de sumisión jerárquica. La consagración es presentada como un golpe maestro al patriarcado, un uppercut teológico que busca demostrar un modelo de Iglesia «inclusiva y comunal». Es, en esencia, la Declaración de Independencia de una facción de la fe, proclamando que la gracia es abundante y que la autoridad, al parecer, es negociable.
En resumen, lo que hemos presenciado no es solo la ordenación de una mujer obispa, sino la creación de un nuevo paradigma donde la «gracia» desafía la «excomunión» con una sonrisa irónica. Es una comedia, sí, pero con implicaciones dramáticas para la Iglesia Católica, que se ve obligada a observar cómo sus reglas milenarias son, para algunos, apenas sugerencias pintorescas en el camino hacia una «abundancia» espiritual que no pide permiso ni espera aprobación papal. Y mientras Roma se debate entre la excomunión y la ignorancia, la «gracia, bendición y abundancia» de esta nueva era episcopal continúa, imperturbable, su particular «momento de resurrección».
El Sello de la Autenticidad Católica: Más Allá de las Minorías y las Excomuniones
Y en medio de este torbellino de ordenaciones independientes y teologías «reimaginadas», surge la pregunta ineludible: ¿sigue siendo esto católico? ¡Absolutamente! O al menos, eso nos aseguran con una seriedad que raya en lo sublime. Porque, en esta era de redefiniciones, ser católico no es ya una cuestión de someterse a la autoridad de Roma o de adherirse a dogmas milenarios. No, no, eso sería demasiado… ¡pasado de moda! Ahora, la verdadera catolicidad reside en un sentimiento profundo de pertenencia, un anhelo por la «gracia, bendición y abundancia» que, curiosamente, se alcanza mejor cuando uno se apropia de los ritos y títulos que la Iglesia «oficial» tan celosamente guarda. ¡Es como un ‘hazlo tú mismo’ de la salvación, solo que con más incienso y menos instrucciones de IKEA!
Es un acto de fe sublime, una devoción tan pura que se permite ignorar bulas papales, códigos canónicos y, bueno, cualquier excomunión que el Vaticano, en su anticuada sabiduría, decida lanzar. ¿Qué es una excomunión ante la promesa de una Iglesia más inclusiva, más «sinodal», más… ella misma? Es una mera formalidad, una pequeña nota al pie en el gran libro de la fe moderna, el tipo de detalle que uno simplemente ‘salta’ cuando está apurado por fundar su propia diócesis. Christina Moreira y sus consagradoras no son disidentes; son, en realidad, las verdaderas guardianas del espíritu católico, el que late más allá de las murallas vaticanas y las vestiduras de seda. ¡Quizás en el próximo sínodo el Vaticano debería preguntarles a ellas cómo se hace!
Porque, ¿quién necesita la aprobación de un colegio de cardenales cuando se tiene el aplauso de una minoría «profética» y el respaldo de la propia conciencia? La Iglesia, al fin y al cabo, es una madre que abraza a todos sus hijos, incluso a aquellos que deciden que la casa materna necesita una remodelación completa y sin previo aviso, pintando las paredes de arcoíris y añadiendo alas nuevas donde antes solo había un armario de escobas. Así que sí, estas son católicas. Son las católicas del siglo XXI, las que han entendido que la gracia es tan abundante que hasta puede generar su propia jerarquía, sus propios sacramentos y, por qué no, su propia versión del cielo en la tierra. Y si el actual pontífice, en su infinita misericordia, aún no lo ha entendido, es que no ha sintonizado con la verdadera «gracia» que emana de esta «abundancia» de fe autoproclamada. ¡Amén, y que siga la fiesta!