En tiempos de confusión, lo más peligroso no es el error manifiesto, sino el error disfrazado de virtud. Hoy, bajo la bandera del “progreso eclesial”, asistimos a un fenómeno alarmante: la instrumentalización del Evangelio para legitimar una toma de poder cuidadosamente envuelta en un lenguaje de justicia, equidad y carisma. No es la fe la que mueve muchas de estas causas, sino el resentimiento acumulado, las heridas mal cerradas y una sed insaciable de protagonismo disfrazada de renovación espiritual.
La escena es inquietantemente conocida: discursos inflamados que repiten frases prefabricadas, gestos solemnes vaciados de sentido, estructuras paralitúrgicas cargadas de afectación emocional y reivindicaciones que han dejado de ser pastorales para convertirse en actos de desafío público, diseñados más para los medios de comunicación que para el altar de Dios. En lugar de la cruz, se exhiben pancartas. En vez de silencio contemplativo, se impone la agitación ideológica.
¿Dónde quedó la humildad del Evangelio? ¿Dónde están aquellas bienaventuranzas que hablaban de los pobres en espíritu, de los que lloran, de los que son perseguidos por amor a la verdad, no por hambre de visibilidad? Lo que se presenta como un acto de fe es, en muchos casos, una rebelión cuidadosamente organizada contra todo lo que no responde a una lógica de poder humano.
Es urgente desenmascarar este movimiento. No hablamos aquí de reformas necesarias o del justo reconocimiento de los dones en el Pueblo de Dios —algo que nadie con espíritu católico rechaza—, sino de una teatralización de la fe, donde se intercambia el carisma por la performance, la obediencia evangélica por la autoafirmación narcisista, y la autoridad del Espíritu por la validación del grupo ideológico de turno.
A estos nuevos agitadores no les interesa la santidad ni la fidelidad al depósito de la fe, sino reconfigurar la Iglesia según sus propios traumas, frustraciones o fantasías. Han aprendido a manipular el lenguaje teológico para presentarse como víctimas proféticas, cuando en realidad son agentes activos de una secularización interna, que pretende vaciar la Iglesia de su misterio y su verdad, para rellenarla de consignas políticas y estructuras burocráticas “inclusivas”.
Y lo más triste: no son pocos los que, cegados por este espejismo, han sido arrastrados por este oleaje sin saber en qué están metidos. Jóvenes y no tan jóvenes que, en nombre del Espíritu, ya no rezan ni sirven, sino que militan, combaten y dividen.
¿Dónde está el discernimiento espiritual? ¿Dónde están los pastores capaces de ver que detrás de ciertas puestas en escena se esconde no la acción del Espíritu Santo, sino la mundanidad disfrazada de clamor profético?
En este ambiente cargado de emocionalidad manipulada, cualquier objeción se tacha de «machismo», «clericalismo» o «opresión». Pero no estamos ante un debate teológico ni pastoral: estamos ante una lucha de poder, revestida de oraciones y discursos piadosos, que ha vaciado de contenido los sacramentos y ha pervertido la comunión.
Muchos de los que promueven estos actos no vienen del silencio de la oración, ni del servicio escondido a los pobres, ni del trabajo pastoral humilde. Vienen de entornos cargados de resentimientos personales no resueltos, y han hecho de la Iglesia su campo de batalla para ajustar cuentas con historias familiares, heridas antiguas o ideologías heredadas.
Es esta la nueva forma de clericalismo: no la de las sotanas altivas, sino la de los laicos y laicas que quieren sustituir la verdad de la fe por la autoridad del yo. Hablan de “escuchar al Espíritu”, pero no distinguen su voz entre tantos gritos. Citan a Jesús, pero ignoran deliberadamente su llamada a la renuncia, al perdón y al abandono de toda ambición.
A quienes aún están dentro de esta corriente y creen que hacen el bien, una súplica serena: recuerden que el Reino no se construye desde el odio, ni desde el espectáculo. La verdadera autoridad nace del silencio, no del micrófono. La santidad se da en la entrega, no en la imposición.
Y a los pastores que callan, por cobardía o por cálculo: no se escuden en la misericordia para no corregir. Callar ante el error público es volverse cómplice.
La Iglesia no necesita más profetas autoproclamados ni sacerdotisas de cartón. Necesita testigos verdaderos, personas que, como Cristo, sepan callar ante la calumnia, dar la vida sin exigir reconocimiento, servir sin imponer su causa.
Porque al final, como pregunta la Escritura:
“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el razonador de este mundo?”
Dios ha elegido lo débil para confundir lo fuerte, y lo escondido para avergonzar lo altivo.