La Iglesia gallega vive hoy —24 de junio de 2025— uno de esos momentos que algunos llaman “históricos” y otros, simplemente, “autorreferenciales”. En algún lugar no revelado de los alrededores de Santiago de Compostela es ordenada obispa una mujer. Su nombre: Christina Moreira. La ceremonia es, como se esperaba, tan inclusiva como invisible, tan revolucionaria como simbólica, tan sacramental como no reconocida. Lo cuenta Religión Digital en un artículo que, más que informar, canoniza.
Desde el primer párrafo, el lector asiste a una exaltación que recuerda más a una epifanía que a un reportaje. Se presenta a Moreira como la legítima sucesora de los apóstoles, con sucesión apostólica garantizada por una organización —la ARCWP— que, casualidad o no, no forma parte de la Iglesia católica, ni está en comunión con Roma, ni con el arzobispo local, ni con nadie que tenga competencia sacramental según el Derecho Canónico. Pero eso, al parecer, no es relevante cuando uno se siente llamado. El sentimiento es, ya se sabe, fuente de legitimidad.
Como gesto de apertura ecuménica, Christina invita públicamente al arzobispo de Santiago a asistir a su consagración. No se sabe si con ánimo conciliador o como acto performativo, al estilo de: “voy a ordenar mi cocina, pero invito al Papa por si quiere pasar y bendecir los estropajos”. No es menor el hecho de que la ceremonia sea secreta, sin sede fija y sin mitra —la mitra, esa antigualla imperial que molesta tanto como los Evangelios cuando no encajan con el activismo de turno.
La entrevista se convierte pronto en manifiesto. Moreira, que ya fue ordenada presbítera por esta misma asociación autoconvocada, defiende que negar el acceso de las mujeres al sacerdocio es “un sacrilégio”, y afirma que ella, como buena discípula, no está dispuesta a tolerar “los policías de Dios”. Lástima que su uso del término sea tan libre como su concepción del ministerio. En un giro lógico impecable, considera herejía lo que la Iglesia considera ortodoxia, e invierte los términos hasta hacer de la desobediencia una virtud cardinal.
Se agradece, eso sí, la estética: nada de púrpura ni de faldas largas. Solo cayado, anillo y palabra. Una liturgia low cost con toques de minimalismo franciscano, perfecta para el contexto actual de fascinación por lo simbólico y desdén por lo institucional. Que no haya catedral, ni reconocimiento, ni jurisdicción canónica parece no inquietar a nadie. Total, el espíritu sopla donde quiere, y si lo hace en una asociación paralela sin autoridad eclesial, pues se le abren las ventanas igual.
La autoproclamación como obispa sigue la lógica del “me nombro porque me reconozco”, una forma muy posmoderna de entender la autoridad. La entrevista de Religión Digital lo acoge con entusiasmo, sin una sola pregunta incómoda. No se cita el magisterio de la Iglesia, ni se menciona Ordinatio Sacerdotalis, ni se explica al lector que esta ceremonia es inválida de principio a fin. Por lo visto, la precisión doctrinal es un estorbo cuando uno tiene una misión.
Tampoco se recurre a teólogos ni canonistas que puedan aportar contexto. ¿Para qué, si la revelación ya ha hablado por boca de Moreira? Cuestionar que esto sea una verdadera ordenación es cosa de fariseos con sotana. Y claro, la ironía final: se invita al arzobispo de Santiago como si estuviera pendiente del correo. ¿Qué podría estar haciendo más importante que asistir a una ceremonia no reconocida, convocada por una estructura paralela, sin validez sacramental, pero con mucha carga simbólica?
El gesto es, evidentemente, provocador. Y tal vez no falte nobleza en esa provocación. La Iglesia necesita reformas reales, más inclusión, una reflexión profunda sobre el papel de la mujer. Pero hay una distancia abismal entre exigir cambios con argumentos, y crear una liturgia paralela donde uno se auto-ordena y se felicita por ello. Porque, seamos serios: si cualquiera puede declararse obispo (o papisa), ¿qué sentido tiene seguir hablando de sacramentos, sucesión apostólica o comunión eclesial?
Más que una reforma, lo que se vive hoy es una ruptura con el lenguaje eclesial. Lo que Moreira y la ARCWP proponen no es una evolución del ministerio, sino una reinvención completa desde fuera. Su gesto tiene valor simbólico, sin duda. Pero su eficacia pastoral es nula dentro de la Iglesia que se pretende reformar. El mensaje puede emocionar, pero no transforma estructuras si no hay una base teológica, canónica y eclesial que lo sostenga.
Y así, en este día de San Juan, con báculo en mano y liturgia privada, se consagra una nueva etapa. O al menos, se representa un gesto que solo quienes estaban ya convencidos sabrán reconocer como «episcopal». El resto de la Iglesia —incluido el arzobispo, que no aparece por allí— sigue su camino, como si nada hubiera pasado. Porque, esencialmente, nada ha pasado.
Aunque, claro, siempre quedará el consuelo de que estuvo Victorino para contarlo. Sin él, puede que ni el Espíritu Santo se hubiera enterado.
Y quién sabe: por el momento parece obispo consorte, pero si persevera en la causa y se deja imponer manos, igual un día de estos ella también lo ordena. Que no se diga que el nuevo episcopado no es inclusivo, diverso y bien avenido.
Al fin y al cabo, todo es cuestión de fe. Y de tener a mano un buen periodista litúrgico.