El eco de las sotanas: mujeres que se visten como el poder que critican

El eco de las sotanas: mujeres que se visten como el poder que critican

En un rincón iluminado por luces indirectas, tres mujeres se alinean como notas en un pentagrama antiguo. No cantan, pero su vestimenta grita. La fotografía que ahora miro –como si fuera un espejo que no desea serlo– me ofrece una escena inquietante. Tres mujeres, tres cruces, tres símbolos distintos y un mismo dilema: la imitación del poder bajo la bandera de la disidencia.

¿No es paradójico? Aquellas que dicen rechazar la jerarquía visten como ella. Sotanas sin sotana, estolas de colores que imitan la forma aunque cambien el hilo, collares que cuelgan como relicarios de una tradición que dicen querer reformar, pero que terminan reafirmando. Son, a simple vista, la imagen misma del clero: apenas más sueltas, apenas más humanas, pero igualmente verticales.

Decían que venían a desarmar la pirámide. Que la iglesia debía ser redonda como un abrazo y no afilada como una mitra. Que el poder debía ser horizontal, repartido como el pan, no centralizado como el incienso en una misa solemne. Pero ahí están, de pie, con la cruz colgando en el pecho como un trofeo. El mismo símbolo que portan los obispos en las catedrales. La misma tela, solo que ahora en cuerpos que han sido históricamente expulsados de ese templo.

¿Será que el hábito es más fuerte que la palabra? ¿O que la tentación de ser reconocidas –al fin– como autoridad, las llevó a vestirse con los ropajes del viejo padre que antes las excluía?

Como un cuadro de Picasso en su etapa cubista, esta imagen rompe las líneas, pero no los significados. Los rostros cambian, las formas se desdoblan, pero el fondo sigue siendo el mismo: poder revestido de símbolo.

La sotana, la estola, el alzacuello… Son más que telas. Son ideología tejida. Son la escenografía del poder religioso. Imitarlas no es inocente. No es simplemente «uso lo que me gusta», es decir: “yo también quiero ese lugar en el escenario”. Y sin embargo, muchas de estas mujeres afirman que no reproducen la lógica clerical. Que vienen a servir, no a mandar. A escuchar, no a imponer. Pero entonces, ¿por qué se visten igual que los que mandaban e imponían?

Hay una memoria corporal en la iglesia. Y también una memoria visual. Ver una estola activa siglos de liturgias, de silencios impuestos, de púlpitos que hablaban sin diálogo. El cuerpo de estas mujeres –con toda su historia de exclusión y resistencia– ahora porta los emblemas del mismo aparato que las marginó. Y eso, lejos de liberar, confunde.

Picasso decía que había que destruir la forma para encontrar la verdad. Tal vez eso falte aquí: una ruptura real, no apenas de género, sino de símbolo. Porque no basta con reemplazar al cura varón por una mujer. No basta con que la estola tenga bordados de colores y figuras más modernas. El fondo sigue intacto si el lenguaje sigue siendo el mismo.

Podríamos ver esta imagen como un triunfo: mujeres que antes estaban al margen ahora ocupan un lugar central. Pero sería ingenuo. Porque no se trata de ocupar los espacios del poder, sino de transformar su lógica. Y para eso, hay que preguntarse: ¿por qué seguimos usando los símbolos del poder que queremos deconstruir?

La iglesia –como institución– ha sido experta en adaptarse sin cambiar. Cambiar rostros, pero no estructuras. Renovar discursos, pero no prácticas. Y aquí hay algo de eso. Estas mujeres, con toda su buena intención, pueden terminar siendo el nuevo barniz del mismo edificio viejo.

Y es que el símbolo no es neutral. La cruz grande de madera que una de ellas lleva colgada –como un tótem tribal del patriarcado cristiano– no es simplemente un adorno. Es una declaración. Y es una herencia. Así como el alzacuello no es una prenda cualquiera. Tiene peso. Tiene historia. Y también tiene sombra.

No es cuestión de prohibir nada. No se trata de decirles cómo vestirse. Pero sí de invitar a la reflexión. Si realmente buscamos otra iglesia –una que sea comunidad y no tribunal, que sea escucha y no decreto– entonces también tenemos que cambiar la estética del poder. Porque estética y ética van juntas.

Tal vez sea hora de nuevas formas. De otros símbolos. De signos que no nos remitan al pasado que queremos superar. Una iglesia sin tronos ni púlpitos. Una comunidad donde nadie tenga que vestirse distinto para ser escuchado. Donde la autoridad venga de la vida compartida y no del cuello blanco o la estola bordada.

En esta foto hay ternura, hay historia, hay lucha. Pero también hay contradicción. Y esa contradicción, si se ignora, puede volverse costumbre. Y la costumbre, si no se interroga, puede volverse jerarquía otra vez.

Como diría el viejo Pablo (Picasso): “Todo acto de creación es, ante todo, un acto de destrucción.” Quizás sea hora de crear otra liturgia. Y para eso, primero hay que quitarse el disfraz del poder. Incluso cuando ese poder ahora tiene rostro de mujer.

Aunque claro, para muchas… el disfraz también viene con aplausos.