La Palabra que Acoge: Don Fernando García Cadiñanos, voz del Evangelio frente al miedo

La Palabra que Acoge: Don Fernando García Cadiñanos, voz del Evangelio frente al miedo

Ayer, miércoles 23 de abril, nuestro obispo Fernando García Cadiñanos emprendió un viaje cargado de compromiso, Evangelio y humanidad. Se desplazó hasta Tenerife para participar en las Jornadas Nacionales de Justicia y Paz, un encuentro anual que congrega a quienes, desde la entraña misma de la Iglesia, trabajan incansablemente por la dignidad humana. En esta edición, el tema central será «Derechos Humanos y Migraciones», un desafío urgente que atraviesa no solo nuestras costas, sino el corazón de nuestras conciencias.

Don Fernando no es un obispo de despacho. Es un pastor con olor a rebaño, un hombre de frontera, tanto geográfica como existencial. Será él quien inaugure el próximo viernes 25 estas Jornadas, con una ponencia cuyo título ya anticipa profundidad profética: «La Palabra, la Doctrina Social y los migrantes». No es casualidad. Su compromiso con los últimos es una constante que lo define, no un gesto aislado. Su presencia no es sólo institucional; es, sobre todo, evangélica.

Antes de su intervención, Don Fernando visitará la isla de El Hierro, junto a la delegación de Pastoral de Migraciones de la diócesis de Tenerife. Allí, donde termina el mapa y empieza el dolor de tantos que cruzan el Atlántico con la esperanza a cuestas, nuestro obispo irá a mirar a los ojos, escuchar, consolar y bendecir. Irá a hacer Iglesia, en el sentido más hondo del término: comunidad que acoge, abraza y transforma el miedo en fraternidad. Esta visita se enmarca en su tarea como presidente de la Subcomisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal, pero, sobre todo, nace de su vocación de discípulo de Jesús, que no tuvo donde reclinar la cabeza y sin embargo fue hogar para tantos.

La isla de El Hierro, la más occidental y menos poblada del archipiélago canario, se ha convertido en puerta de entrada y herida abierta de las rutas migratorias. A pesar de su tamaño, se ha vuelto símbolo de un fenómeno que no se detiene con muros ni con discursos. Allí, la Iglesia está presente. Allí, los Corredores de Hospitalidad que impulsa nuestra comunidad eclesial tejen puentes entre la periferia y el corazón de la península, entre la necesidad y la dignidad.

Y es precisamente desde este testimonio de amor concreto que queremos levantar la voz. Porque es inadmisible —y profundamente contrario al Evangelio— escuchar a ciertos clérigos afirmar, con desprecio y superficialidad, que los migrantes vienen “traídos por mafias”, y que lo ideal sería que “vinieran, trabajaran y regresaran a sus países”. Estas afirmaciones no solo ignoran la complejidad de las causas de la migración, sino que pisotean la enseñanza social de la Iglesia, que proclama el derecho de todo ser humano a buscar una vida digna, a migrar, a ser acogido y a integrarse sin perder su identidad ni ser obligado a ocultarla.

Esa narrativa del miedo, del “nos están invadiendo”, del “nos roban el trabajo” o “nos cambian la cultura”, no es cristiana, no es humana y no es cierta. Nuestra cultura no se destruye por acoger al hermano, sino que se enriquece, se purifica y se fortalece. La historia de la Iglesia está llena de pueblos mezclados, de lenguas diversas y de culturas que se entrelazan sin diluirse. Jesús mismo cruzó fronteras, físicas y sociales, y nunca pidió a nadie que renunciara a su historia para ser amado.

Los migrantes no son cifras, no son amenazas. Son rostros concretos, nombres, historias, sueños. Son, para nosotros, sacramentos vivos de Cristo sufriente. No vienen a quitarnos nada. Vienen a recordarnos que nada de lo que tenemos es solo nuestro, que todo bien es común y que el Reino de Dios no tiene fronteras.

Por eso, el testimonio de Don Fernando es proféticamente necesario. Su voz, serena y firme, es un bálsamo frente al discurso del odio. Su manera de mirar, de acercarse, de hablar del otro no como “problema” sino como “prójimo”, nos recuerda que la fe sin obras está muerta, y que una Iglesia que no se arriesga a amar es una Iglesia que ha olvidado a su Maestro.

Nuestro obispo de Mondoñedo-Ferrol nos representa con dignidad, profundidad y coraje. No es un gestor. Es un pastor que camina con su pueblo, que se embarca en pateras espirituales para no dejar a nadie atrás. Su labor no es un gesto filantrópico: es una opción evangélica radical por la vida.

Quienes aún siguen alimentando discursos de exclusión, quienes se escudan en supuestas “defensas de la identidad” para levantar barreras contra el otro, deberían preguntarse si su fe es realmente cristiana o si, en cambio, han hecho del miedo su dios.

A Don Fernando, gracias. Por poner el cuerpo, la palabra y el alma. Por ser puente en tiempos de muros. Por recordarnos que la Iglesia no está llamada a administrar seguridades, sino a sembrar esperanzas. Que Dios lo bendiga y lo siga enviando a las fronteras donde vive el Evangelio.