Reflexión en torno a las palabras de Mons. Fernando García Cadiñanos, Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Reflexión en torno a las palabras de Mons. Fernando García Cadiñanos, Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Las palabras del obispo de Mondoñedo-Ferrol resuenan con una fuerza serena y luminosa, como el eco de un Evangelio vivido y contemplado desde la hondura del corazón. Su reflexión sobre la Semana Santa no es simplemente una enseñanza teológica, sino una invitación a entrar en el misterio del Amor más grande: el amor que se entrega, que sufre, que muere… pero que transforma todo con la fuerza de la esperanza.

Qué verdad tan profunda: “El auténtico amor sufre; cuando se ama de corazón, se entrega la vida.” No hay frase más evangélica, más cercana al misterio de Cristo. Estas palabras no sólo explican el sentido de la cruz, sino que la hacen cercana, comprensible, incluso amable. Porque cuando uno ama de verdad, hasta el sufrimiento se llena de sentido. Dios no ama desde el trono, sino desde el madero. No se queda mirando desde lejos, sino que entra en nuestra historia y carga con ella, por puro amor.

Pero el obispo va más allá. Nos recuerda que la Semana Santa no es un canto al dolor, sino una exaltación del amor. Es el corazón de su mensaje: la cruz no es glorificación del sufrimiento, sino del amor que se entrega por completo. Y en ese amor —como él bien señala— se abre la puerta de la esperanza. “Donde hay amor, hay esperanza”. Qué hermoso. Qué necesario.

Y lo es aún más en este Año Santo Jubilar, tiempo especial de gracia y de mirada renovada. El obispo sabe leer los signos de los tiempos, y por eso vincula este momento litúrgico con el llamado urgente a la esperanza. En un mundo que a menudo se asfixia en la desesperanza, sus palabras llegan como un soplo de aire limpio, como agua fresca en medio del desierto: “Porque donde hay amor, hay esperanza.”

Por último, su recuerdo de las palabras del papa Francisco nos conecta con toda la Iglesia universal: la muerte no es el final. Gracias a Cristo, la vida no termina, sino que se transforma. Es el núcleo de nuestra fe, la roca sobre la que se edifica todo. Y esta certeza no nace de un pensamiento positivo, sino del hecho histórico de la Resurrección. De ahí brota nuestra alegría y nuestra fuerza.

Lo expresó de forma magistral Romano Guardini: “La cruz no es el final, sino el punto donde el sentido comienza a revelarse.” En ella, todo se transforma: el sufrimiento en ofrenda, la muerte en nacimiento, el amor en vida nueva. Esta visión profunda y contemplativa complementa el mensaje del obispo: la Semana Santa no es un duelo, sino una revelación. Es el momento donde el amor se manifiesta en su forma más pura y, por tanto, donde brota la esperanza. Desde la cruz, Cristo nos dice: “No tengas miedo, yo he vencido al mundo.” Y con Él, la vida siempre vence.

Ese amor que vence no es una idea abstracta, sino una realidad histórica: el Crucificado que vive. No nos salva desde fuera, sino desde dentro del dolor humano, de las heridas del mundo. Por eso la cruz no es solo signo de salvación, sino camino de transformación. Es allí donde Dios se da del todo, sin reservas, y abre una puerta nueva a la humanidad. Ese paso, libre y gratuito, nos llama también a nosotros a amar como Él: hasta el final, con verdad, con coraje, con esperanza.

Y cuando el amor se hace entrega y servicio, entonces florece el Reino. Entonces el sepulcro se abre, y la vida se levanta. Entonces, como Iglesia, no solo recordamos la Pascua: la vivimos.