«De la devoción al delirio: panegírico de cartón piedra»

«De la devoción al delirio: panegírico de cartón piedra»

Por más que uno quiera leer el artículo de Gustavo Morales con benevolencia, lo que se encuentra no es un texto inspirado por la fe, sino por una especie de mística hueca recubierta de sentimentalismo desbordado. El problema no está en que se alabe a un fraile, sino en el modo: una prosa empalagosa, autorreferencial y peligrosamente acrítica que convierte la devoción en idolatría emocional.

El autor no está rindiendo homenaje a cualquier fraile; está exaltando a Santiago Cantera, un personaje cuya figura ha estado rodeada de controversia debido a sus polémicas declaraciones sobre el trato a los prisioneros del Valle de los Caídos. Cantera, que en su momento afirmó que los presos republicanos fueron «muy bien tratados» durante su estancia en el monasterio, parece haber sido el blanco del entusiasmo casi desmedido de Morales. Aquí, en su texto, Santiago Cantera se convierte en una suerte de figura intocable, un ser casi divino que no solo es alabado por sus supuestas virtudes religiosas, sino también elevado a una posición de «paz profunda» y «sabiduría amplia».

El autor intenta ofrecernos un homenaje, pero lo que entrega es una caricatura hagiográfica construida con frases rimbombantes y una cascada de lugares comunes que, lejos de ennoblecer al protagonista, lo desdibujan entre una bruma de exageración e incoherencia. La crítica se vuelve aún más necesaria cuando recordamos las palabras de Cantera sobre los presos del Valle, que minimizaban las condiciones de los prisioneros y trataban de justificar un sistema profundamente injusto. ¿Es esta la clase de «grandeza humana» que Morales aplaude?

Desde el principio, Morales cae en un tono mesiánico que no abandona en ningún momento. Compara al fraile con «pequeñas luces» que iluminan «la desesperanza de los desheredados», como si de una figura mesiánica se tratara. ¿De verdad alguien tan «normal», como él mismo insiste, necesita ser entronizado en un pedestal cósmico? ¿No es precisamente esa exageración lo que banaliza el mensaje cristiano en lugar de fortalecerlo?

El artículo cae también en una contradicción trágica: mientras presume humildad, lo hace desde un altar de superioridad moral que apesta a autocomplacencia. Morales habla de su antigua ira y de cómo Fray Santiago le calma el alma. Perfecto. Pero ¿y el lector? ¿Qué hace este relato si no es invitar al lector a convertirse en un espectador impotente de una epifanía personal y narcisista?

Y no podemos ignorar la constante mezcla de religiosidad con ideología. El autor lanza dardos ideológicos disfrazados de espiritualidad. En un texto que supuestamente habla de amor y redención, no duda en deslizar un ataque directo a los catalanistas, comparando su Diada con el 11S. ¿Era necesario? ¿Qué hace eso aquí, en medio de lo que se presenta como una meditación piadosa? Ese tipo de mezcolanza revela no una fe profunda, sino una agenda disfrazada de devoción.

Morales escribe como si todo lector debiera rendirse ante su prosa de incienso y lágrimas. Pero la realidad es que, tras tanto envoltorio retórico, no hay una reflexión seria sobre la vocación religiosa ni sobre el papel del fraile en la sociedad. Lo que hay es una performance emotiva, una exaltación superficial que quiere ser profunda, pero no lo logra porque no se detiene a pensar, solo a sentir (y hacer sentir… lo que él quiere).

Decir que «los que esculpimos no somos lo bastante altos ni fuertes» no es modestia: es pretensión disfrazada. Es la voz de quien quiere ser humilde a gritos, como quien reza mirando de reojo si alguien lo observa. Hay que decirlo claramente: este texto no es una muestra de fe sino de exhibicionismo emocional. No es un homenaje, es una oda kitsch a una figura construida para el aplauso fácil.

El cristianismo que aquí se presenta no invita a pensar ni a cuestionar, solo a repetir fórmulas grandilocuentes. Y eso no es fe, es propaganda.

Referencias históricas:

Este tipo de misticismo desbordado y pirotécnico nos recuerda a las épocas en que la iglesia medieval se apoyaba en el culto de figuras reverenciadas casi sin cuestionamiento, como en los tiempos de los santos más populares, cuyas vidas se presentaban como relatos casi milagrosos, sin la profundidad de un análisis crítico. Es en esta tradición donde encontramos, por ejemplo, las biografías de santos como San Francisco de Asís, cuyas renuncias a la riqueza y la gloria terrenal fueron una crítica directa a la acumulación de poder y riqueza que la iglesia había logrado en aquellos tiempos, pero que se ha diluido en homenajes sin sustancia como el que Morales describe.

Lo que más sorprende, sin embargo, es cómo esta tendencia al culto vacuo ha sobrevivido a los siglos. Si pensamos en figuras como el Padre Hidalgo, un hombre cuya vida y obras fueron, de hecho, un ejemplo de sacrificio y lucha por los derechos del pueblo, nos damos cuenta de cómo el verdadero espíritu cristiano puede ser profundamente transformador, no en busca de aplausos fáciles, sino en un desafío constante a las estructuras de poder. La política y la religión se entrelazan, como se vio durante la Revolución Mexicana, cuando los líderes religiosos que se oponían al régimen eran vistos como figuras de poder y resistencia, pero siempre en un contexto de auténtica lucha por el bien común.

Es también interesante contrastar esta actitud con la postura de figuras como Martín Lutero, quien, al desafiar la corrupción en la Iglesia en el siglo XVI, trajo consigo una auténtica reflexión sobre la fe cristiana, lejos de la pompa y la sobreabundancia del culto a las personalidades. Lutero no se limitó a escribir para emocionar, sino que lo hizo para provocar una reforma profunda. Morales, en cambio, nos presenta una fe que no se cuestiona, que no invita a la reflexión, sino a la sumisión sin críticas.