Los Fariseos de Hoy y el Escándalo de la Misericordia (San Lucas 15, 1-3. 11-32)

Los Fariseos de Hoy y el Escándalo de la Misericordia (San Lucas 15, 1-3. 11-32)

El Evangelio de este domingo nos presenta la conmovedora parábola del hijo pródigo (Lc 15, 1-3.11-32), una de las más hermosas y profundas enseñanzas de Jesús sobre la misericordia del Padre. Pero en su contexto original, esta historia no fue solo una narración para conmover, sino también una respuesta directa a las críticas de los fariseos y escribas, quienes murmuraban porque Jesús acogía y comía con pecadores. La actitud de estos líderes religiosos nos desafía hoy a preguntarnos: ¿existen fariseos en la Iglesia actual? ¿Cómo podemos evitar caer en esa mentalidad?

Los Fariseos de la Iglesia de Hoy

Los fariseos del tiempo de Jesús no eran personas malvadas. Eran observantes de la ley, conocedores de las Escrituras y defensores de la pureza religiosa. Sin embargo, su error principal era la dureza de su corazón y su incapacidad para reconocer la acción de Dios fuera de los esquemas que ellos habían construido. Su gran escándalo era que Jesús rompía sus límites y ofrecía misericordia sin condiciones a quienes ellos consideraban indignos.

Hoy en día, también hay «fariseos» en la Iglesia. Son aquellos que critican a los sacerdotes que predican sobre la inclusión, que descalifican a quienes buscan acoger a los divorciados vueltos a casar, a las madres solteras o a los migrantes en situación irregular. Son los que se escandalizan cuando el Papa habla de compasión con la comunidad LGBTQ+ o cuando un obispo decide bendecir a una pareja que ha vivido al margen de la Iglesia, pero desea acercarse de nuevo. Son los que se molestan si en la parroquia se reciben personas tatuadas, con historias de vida rotas, en lugar de una «Iglesia de bien» donde todo esté en orden y sin «molestos» pecadores.

El Escándalo del Hijo Mayor

La figura del hijo mayor es clave para entender el mensaje profundo de esta parábola. Mientras el hijo menor representa a los pecadores que vuelven arrepentidos, el mayor representa a los fariseos de todos los tiempos, los que han permanecido fieles, pero con un corazón endurecido. Este hijo no comprende la alegría del padre porque su relación con él está basada en el cumplimiento y no en el amor. Se siente explotado y menospreciado, como si su fidelidad fuera en vano.

Esta mentalidad también se da hoy en la Iglesia cuando hay católicos que se molestan al ver que aquellos que llevan una vida alejada de Dios reciben un trato de misericordia. Es la actitud de quienes dicen: «Yo he sido fiel toda mi vida, he seguido las normas, he asistido a Misa, he cumplido con todo… ¿y ahora resulta que, a estos, que han vivido de cualquier manera, se les perdona así de fácil?». Se ve cuando ciertos sectores de la Iglesia critican con dureza a los divorciados vueltos a casar que desean comulgar, como si fueran indignos de la misericordia de Dios. O cuando se señala como «herejes» a teólogos y pastores que buscan actualizar la fe con un lenguaje comprensible para el mundo actual. También ocurre cuando se desprecia a los sacerdotes que trabajan con los pobres y marginados, acusándolos de politizar el Evangelio, mientras se aplaude a quienes mantienen una fe rígida y excluyente. Es el «fariseísmo moderno» que pone normas antes que amor.

Es el escándalo de la misericordia que muchas veces nos cuesta aceptar. Es el «fariseísmo moderno» que pone normas antes que amor.

Dios es un Padre, no un Juez Implacable

El problema de los fariseos de todos los tiempos es que ven a Dios como un juez que premia y castiga según los méritos, y no como un Padre cuyo amor es incondicional. La reacción del padre en la parábola es reveladora: no responde con frialdad, sino con una ternura infinita. Corre a abrazar al hijo menor cuando este vuelve, sin esperar explicaciones. Y también sale a buscar al mayor, tratando de hacerlo entrar en la alegría. Dios no quiere sólo salvar al pecador, sino también liberar al «justo» de su corazón de piedra.

Una Iglesia de Brazos Abiertos

Esta parábola nos desafía a mirar cómo vivimos nuestra fe. ¿Somos de los que se alegran cuando un alejado regresa, o de los que se indignan porque creemos que «no se lo merece»? La Iglesia no puede ser un grupo de privilegiados que miran con desprecio a los que llegan tarde. La Iglesia debe ser la casa donde siempre hay un lugar para el que regresa, un banquete preparado para el que estaba muerto y ha revivido.

Hoy, hay católicos que dicen amar la fe, pero que rechazan los cambios que el mismo Dios suscita en la Iglesia. Se indignan cuando se habla de diálogo con otras religiones, cuando se busca acoger a aquellos que han sido heridos por la institución eclesial, cuando se intenta hacer de la Iglesia un espacio de encuentro y no un tribunal de condenas. Critican a quienes buscan modernizar el lenguaje de la evangelización, llamándolos «herejes» o «traidores». No soportan que la Iglesia se abra a los pobres, a los marginados, a los que están en las periferias de la fe y de la vida.

La gran pregunta es: ¿Estamos dispuestos a ser una Iglesia con el corazón del Padre o preferimos ser la Iglesia del hijo mayor? Cada vez que criticamos la inclusión de los que vienen de una vida de pecado, cada vez que nos escandalizamos porque alguien es acogido sin condiciones, cada vez que creemos que Dios nos debe algo por nuestra fidelidad, estamos actuando como los fariseos y el hijo mayor. Pero cuando aprendemos a alegrarnos por la salvación de todos, entonces nuestro corazón se asemeja al del Padre.

La verdadera conversión no es solo la del hijo menor que regresa, sino también la del hijo mayor que necesita aprender a amar como su Padre. Hoy, el Señor nos llama a dejar la mentalidad farisaica y entrar en la fiesta de la misericordia. ¡Que no nos quedemos fuera por orgullo, sino que nos unamos a la alegría de Dios por cada pecador que vuelve a casa!

Y si aún nos cuesta aceptar esto, tal vez sea momento de preguntarnos si nosotros mismos hemos caído en el fariseísmo moderno, disfrazado de «fidelidad a la tradición» pero carente del amor esencial del Evangelio.

Si todavía dudamos, veamos a nuestro alrededor. ¿Cuántos se han alejado de la Iglesia porque se les miró con desprecio? ¿Cuántos jóvenes han sido rechazados por su apariencia, su historia o sus errores? ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como “Ese no puede comulgar” o “No es digno de estar aquí”? ¿Cuántas mujeres divorciadas han sido señaladas como adúlteras, mientras que los hombres en la misma situación han sido comprendidos? ¿Cuántas veces se ha expulsado a los pobres de las iglesias por no estar vestidos «adecuadamente»? ¿Cuántas personas han sido marginadas en las parroquias por no pensar exactamente como la institución? ¿Cuántos sacerdotes han sido atacados por tratar de ser pastores misericordiosos en lugar de jueces implacables?

¡Es momento de despertar! Dios no nos pedirá cuentas de cuántas normas defendimos, sino de cuánto amor mostramos. No nos confundamos: la fe sin amor es solo un ídolo más. Seamos testigos de la misericordia de Dios y dejemos de ser fariseos que impiden que otros encuentren el camino de vuelta a casa.

Un comentario en «Los Fariseos de Hoy y el Escándalo de la Misericordia (San Lucas 15, 1-3. 11-32)»

  1. El justo es el que necesita conversión.
    El pecador necesita la Gracia de saber acoger el perdón; pero se encuentra un paso por delante del justo ante la fiesta del Reino.
    Ese es el escándalo para el justo.

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