Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, se ha convertido en uno de los voceros más estridentes del catolicismo reaccionario en España. Sus declaraciones en «La Nueva España» sobre los abusos en la Iglesia, su desprecio hacia el feminismo y el movimiento LGTBI, así como su coqueteo con la ultraderecha de Vox, lo posicionan como un fiel exponente de una jerarquía eclesiástica que se resiste a abandonar sus privilegios y a rendir cuentas por sus pecados. Su discurso no es solo rancio y previsible, sino profundamente peligroso para una sociedad que intenta avanzar hacia la igualdad y la justicia.
La pederastia en la Iglesia: entre la negación y la victimización
Uno de los puntos más escandalosos de las recientes declaraciones de Sanz Montes es su intento de minimizar los abusos sexuales dentro de la Iglesia. Según él, el problema de la pederastia es social y no exclusivo de la institución eclesiástica. Aunque es cierto que la violencia contra la infancia es un problema extendido, su argumento se desmorona cuando se recuerda que la Iglesia ha sido una de las mayores estructuras de encubrimiento de abusadores. No se trata solo de casos individuales, sino de un sistema que durante décadas ha protegido a los agresores y ha silenciado a las víctimas.
El arzobispo habla de «informaciones sesgadas o falsas» y de un «secuestro de la autoridad moral de la Iglesia». Parece olvidar que esa autoridad moral se ha perdido no por una conspiración mediática, sino por los crímenes cometidos por sacerdotes y la complicidad de sus superiores. Decir que la Iglesia solo representa el 0,2% de los casos es un intento burdo de relativizar la magnitud del escándalo. Además, si su verdadero interés fuera erradicar la pederastia, su mensaje debería centrarse en la transparencia, la justicia y el acompañamiento real a las víctimas, en lugar de en lamentos conspiranoicos.
La agenda política de un obispo reaccionario
Jesús Sanz Montes no se limita a defender a la Iglesia con un discurso victimista. Su discurso está plagado de referencias políticas que revelan su afinidad con la extrema derecha. Habla de «una sociedad envenenada y confundida», atacando a los medios de comunicación y a quienes luchan por derechos sociales como si fueran enemigos de la verdad. Su alusión a «las nuevas catacumbas» donde ciertos partidos y medios quieren confinar a la Iglesia es una fantasía persecutoria que intenta presentar a la institución eclesiástica como una pobre víctima de la modernidad.
Sanz Montes critica la eutanasia y el aborto con la retórica habitual de la derecha religiosa, pero lo más alarmante es su rechazo frontal a los avances en igualdad de género y derechos LGTBI. Su desprecio por «la sopa de letras» del colectivo LGTBI y su caricaturización de la identidad de género como un «delirio festivalero» reflejan un profundo desprecio hacia quienes han sido históricamente discriminados. No es casualidad que este tipo de discursos sean los mismos que utiliza Vox para movilizar a su electorado más reaccionario.
Pero si algo deja en evidencia la falta de coherencia de Sanz Montes es su supuesta neutralidad política. Dice que «no hay sigla política que nos represente», pero en la misma intervención clama por «una real alternativa» ante el gobierno actual, insinuando su simpatía por formaciones ultraconservadoras. Su defensa de «una historia no reescrita por memorias tendenciosas» es otro guiño a la narrativa revisionista que pretende blanquear el franquismo.
El aliado de las causas injustas
Jesús Sanz Montes se presenta como el «aliado de la causa justa», pero sus causas son precisamente las que perpetúan la desigualdad y el sufrimiento. No es aliado de las víctimas de abusos dentro de su Iglesia, a quienes prefiere reducir a una simple estadística. No es aliado de las personas LGTBI, a quienes niega su identidad y derechos con burlas y desprecio.
Mientras denuncia «las poltronas de poder» y «las subvenciones», el arzobispo olvida que la Iglesia católica sigue recibiendo generosos privilegios económicos del Estado español. La institución que representa está lejos de ser una víctima del sistema; es una de las entidades con mayor influencia y financiación en el país, pese a la creciente secularización de la sociedad. Su exigencia de «libertad religiosa y cultural» es, en realidad, un intento de seguir imponiendo sus dogmas en el espacio público y educativo.
Conclusión: un obispo fuera de su tiempo
Jesús Sanz Montes es el retrato de una Iglesia que se niega a cambiar. Su discurso, anclado en el victimismo y la ultraconservadurismo, revela el temor de una institución que pierde poder ante una sociedad que avanza. En lugar de asumir responsabilidades, se refugia en la teoría de la conspiración. En lugar de defender a los vulnerables, se alinea con los poderosos. En lugar de promover la justicia, fomenta el odio y la división.
Si la Iglesia católica quiere seguir siendo relevante en el siglo XXI, necesita desprenderse de figuras como Sanz Montes. Porque su mensaje no es ni incómodo ni necesario, como él afirma; es simplemente obsoleto y perjudicial. La verdadera moral no está en la sotana de un arzobispo indignado, sino en quienes trabajan por una sociedad más justa y libre, sin privilegios ni discursos de odio disfrazados de fe.