El arte del olvido

El arte del olvido

Se dice que el arte de la pluma
es la verdad destilada en palabras,
con la precisión de un eco, sin espuma,
y sin dejar que el vacío se abra.

Sin embargo, hay quien, con mano astuta,
olvida lo que no debe desaparecer,
y en su crónica, la verdad absoluta
se esfuma como niebla al amanecer.

Los ecos de la gala resuenan en el aire,
colores vibrantes, aplausos, luces, calor;
pero en la pluma de un cronista que calla,
un hueco se abre, inmenso, de horror.

Todo parecía tan bien relatado,
detalles minuciosos, gestos precisos,
pero las figura claves, olvidadas,
se disuelve entre el silencio, como un hechizo.

Sin el sacrificio, sin el alma que labra
el esfuerzo que sustenta todo en pie,
la gala sería solo una farsa,
y no un espectáculo digno de fe.

Pero el cronista, afanado y apresurado,
dejó a un lado lo esencial, lo vital,
en su crónica, el vacío instalado
es un eco de un trabajo desleal.

La profesionalidad se mide en lo tangible,
en reconocer al que, con sacrificio, da vida,
no en adornar con palabras insostenibles
un relato vacío, un acto de huida.

Un loco, de pronto, levantó la liebre,
y alzó la verdad que el autor callaba,
pues la omisión no es un simple desliz,
sino un acto calculado que el tiempo tejía.

¿Quién, en su sano juicio, puede callar
lo que da sustancia a un evento tan pleno?
¿Quién, en su crónica, se atreve a ignorar
a quienes son la base, el pilar, el veneno?

Porque la prisa del cronista no excusa
la omisión de lo que merece respeto,
olvidar el esfuerzo que sustenta y gusta
es un acto de falta, de un olvido directo.

El trabajo tras las luces, el sudor que no se ve,
es lo que mantiene a flote la verdad.
Olvidarlo es cometer un error de fe,
y confundir la belleza con la vanidad.

En su crónica, el autor se pierde
en lo superfluo, en lo que no tiene raíz,
mientras lo esencial, la verdad que se pierde,
queda huérfana, despojada de un matiz.

La falta de rigor, esa huella de amnesia,
es el peso que se cierne sobre su obra,
porque quien olvida lo que da coherencia
deja un relato vacío, que al viento sobra.

Y el loco, al ver el error tan patente,
alzó la liebre y desveló la verdad,
y el cronista, con su omisión evidente,
se vio atrapado en su propia vanidad.

Que la historia ponga en su lugar
al que omite y al que se olvida,
y que no haya olvido que pueda callar
lo que da vida a la crónica compartida.

Que el papel no se queme con excusas,
que el olvido no borre lo que es real,
porque al final, los hombres que la historia acusan,
son los que dan peso a lo que es esencial.