Nicolás Álvarez de las Asturias: Amor a Jesucristo, a la Iglesia y a los Hombres

Nicolás Álvarez de las Asturias: Amor a Jesucristo, a la Iglesia y a los Hombres

El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos ofrece una clave esencial para la vida cristiana: «Acoged al débil en la fe, pero no para entrar en discusiones sobre opiniones» (Rm 14,1). Nos recuerda que en la comunidad cristiana hay quienes son fuertes en la fe y quienes son débiles, pero que lo esencial no es la opinión particular ni la postura doctrinal, sino el amor que construye y sostiene la unidad. San Pablo nos llama a esperar unos por los otros, a no juzgar ni despreciar, porque en Cristo somos todos hermanos. Esta es una lección fundamental para nuestras comunidades hoy, donde el peligro del sectarismo y la división acecha constantemente.

Hace poco tuve el privilegio de conocer al sacerdote Alejandro Soler, una persona cuya humanidad y dedicación a Dios son verdaderamente inspiradoras. Desde el primer momento que lo encontré, algo en su presencia me impactó profundamente. Su mirada cálida y su sonrisa sincera reflejan un corazón lleno de compasión. Alejandro es uno de esos hombres que tiene la capacidad de hacer sentir a los demás como si fueran lo único importante en el mundo en ese momento, una cualidad que refleja su amor profundo por el prójimo. Su vida no es una serie de acciones o gestos calculados, sino una constante entrega al servicio de los demás, en cada palabra y en cada acción. En su ser, se combinan la humildad de quien sabe que no es más que un instrumento de Dios, y la valentía de quien no teme llevar el mensaje del Evangelio a donde más se necesita.

En su ministerio, Alejandro ha demostrado una capacidad única para acompañar a las personas, no con juicios ni imposiciones, sino con cercanía y empatía. Su vida está marcada por una fe profunda, pero también por una humanidad que lo hace muy cercano a todos los que lo rodean. La sencillez de su ser y la seriedad de su vocación nos recuerdan que lo más importante no es el reconocimiento o el brillo, sino el servicio y el amor verdadero.

La historia de la Iglesia está llena de hombres de Dios que han impactado la sociedad con su testimonio de fe y entrega. Misioneros como Juan Cabo Meana, Agustín Villamor Herrero han sido faros de esperanza en distintos contextos, llevando el mensaje del Evangelio allí donde era más necesario. Otros, como Ignacio Ellacuría, dieron su vida por la justicia y la verdad, recordándonos que la fe no es solo un sentimiento interior, sino una fuerza transformadora que actúa en la historia.

En el fondo, lo que une a todos estos testigos es el amor, la dimensión central del cristianismo. Como recuerda el rector de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, Nicolás Álvarez de las Asturias, la formación intelectual de los sacerdotes no es un fin en sí mismo, sino un medio para que puedan ayudar a las personas a «leer su vida a la luz de Dios». La tarea del sacerdote no es ofrecer respuestas prefabricadas, sino iluminar los corazones con la sabiduría del Evangelio.

El encuentro con personas de esta calidad humana es un verdadero paso de Dios en nuestras vidas. Son testigos de que la fe no es una ideología ni un sistema cerrado, sino un camino de amor y de servicio. Da igual el pensamiento o la sensibilidad teológica de cada uno: lo que importa es la coherencia con el Evangelio. San Pablo lo dice con claridad: «Nada hagáis por rivalidad ni por vanagloria; antes bien, con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores a sí mismo» (Flp 2,3).

En una sociedad fragmentada, el testimonio de estos hombres de Dios es un signo de esperanza. Nos enseñan que el amor está por encima de cualquier diferencia y que la verdadera fortaleza no está en la imposición de ideas, sino en la capacidad de servir y acoger. Como cristianos, nuestra responsabilidad es seguir este ejemplo, dejando que Dios actúe a través de nosotros y haciendo de nuestra vida un reflejo del amor que todo lo transforma.

Conclusión: En medio de las diferencias de pensamiento, donde a veces las ideas parecen dividirnos, lo que realmente debe prevalecer es la humanidad que compartimos y la bondad que reside en el corazón de cada persona. La verdadera esencia del cristianismo no se encuentra en la uniformidad de opiniones, sino en la capacidad de acoger, comprender y amar sin importar las discrepancias. Las diferencias intelectuales, teológicas o sociales son solo una parte de la complejidad humana, pero lo que trasciende es el amor que somos capaces de ofrecer, un amor que no juzga, que no impone, pero que invita a vivir en armonía y paz. En este sentido, la verdadera fortaleza no está en imponer nuestras ideas, sino en ser capaces de reconocer al otro como un hermano, respetando sus diferencias y buscando siempre el bien común. Como decía San Pablo, lo que importa es el amor, que edifica, que transforma y que nos une, incluso en medio de las más profundas divergencias.

El apóstol nos invita a salir de nuestras comunidades monocolores, a trascender las diferencias y a abrazar la riqueza de la diversidad dentro de la unidad en Cristo. La verdadera comunidad cristiana es aquella que, en su diversidad de opiniones y de caminos, se sostiene en el amor mutuo. San Pablo nos llama a hacer de la Iglesia un espacio donde, en medio de la pluralidad, todos busquemos siempre el mismo fin: reflejar el amor de Cristo. Es así como, independientemente de las diferencias, se puede construir una unidad que no se basa en la uniformidad, sino en la armonía que nace del amor. Solo entonces la verdadera fraternidad cristiana podrá florecer, superando las barreras y mostrando al mundo el rostro de un amor que lo puede transformar todo.