La Iglesia Necesita Profetas: Ignacio Ellacuría y Monseñor Romero, Testigos del Reino

La Iglesia Necesita Profetas: Ignacio Ellacuría y Monseñor Romero, Testigos del Reino

Hace 37 años, en el Colegio de La Salle de Santiago, se cruzaron nuestras miradas. Ignacio Ellacuría, el jesuita que con valentía y compromiso dedicó su vida a la justicia en El Salvador, me miró con una ternura que hasta el día de hoy no he podido olvidar. Aquella mirada, serena y llena de amor, me pareció la mirada misma de Jesús de Nazaret. Fue un instante fugaz, pero cargado de un significado profundo, el de un hombre que, con su vida y su martirio, nos recordó que la Iglesia necesita testigos verdaderos, profetas que encarnen el Evangelio con su sangre.

Un Encuentro que Marcó mi Vida

Aquel día, en una sala iluminada por la luz tibia de la mañana, Ignacio Ellacuría habló con la fuerza de quien no teme decir la verdad. Su voz pausada, pero firme, resonaba en el silencio expectante de quienes lo escuchábamos. Hablaba de la Iglesia, de su deber de conversión, de su llamado ineludible a ser la voz de los sin voz. Sus palabras eran dardos de fuego que encendían el corazón. “No es posible servir a Dios y al dinero. Si la Iglesia quiere ser fiel a su misión, debe optar por los pobres”, dijo con la determinación de quien sabía que sus palabras tenían un precio.

Cuando terminó su intervención, me acerqué. No pude decir mucho. Nos miramos. En ese cruce de miradas, sentí que todo estaba dicho. Su mirada me atravesó con una ternura indescriptible, pero también con un peso inmenso, como si en ella llevara la carga de todos los sufrimientos del pueblo crucificado de El Salvador. No era la mirada de un hombre común; era la mirada de alguien que había visto demasiado, que había cargado con la cruz del otro y que sabía que su destino estaba sellado. Y, aun así, era una mirada de amor, de paz, de entrega total.

Ese instante fue eterno. Sentí una sacudida en lo más hondo de mi alma, como si hubiese estado frente al mismo Jesús. Era la certeza de que estaba ante un santo, un profeta que pronto sería martirizado.

Cuando supe de su asesinato en 1989, aquella mirada cobró un nuevo significado. Fue la despedida silenciosa de un hombre que sabía que su vida estaba entregada a la causa del Evangelio, sin vuelta atrás. Como él mismo había advertido: “Con este pueblo no cuesta mucho ser cristiano, lo difícil es no serlo”.

Ignacio Ellacuría y los Mártires de la UCA: Siervos del Evangelio

Ignacio Ellacuría no fue comunista, como quisieron tacharlo sus detractores. Fue, ante todo, un servidor del Evangelio y un seguidor radical de Jesús. Su compromiso con los pobres y su defensa de los derechos humanos lo convirtieron en un incómodo testigo de la verdad en una sociedad marcada por la injusticia y la represión. Su asesinato, junto con el de sus hermanos jesuitas y dos colaboradoras en la Universidad Centroamericana (UCA) en 1989, fue un intento por silenciar una voz que clamaba por un mundo más justo. Pero su mensaje sigue vivo.

En su obra Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, Ellacuría expone la necesidad de que la Iglesia se transforme, se desprenda de sus estructuras de poder y se alinee con los más vulnerables. Nos urge recordar este mensaje en un tiempo donde la Iglesia sigue enfrentando la tentación del conformismo y la tibieza. “No hay verdadera paz si no es con justicia, y no hay justicia si no se escucha el clamor de los oprimidos”, escribía con claridad profética.

Recuerdo con especial gratitud su paso por Santiago, cuando fue invitado por la revista Encrucillada. Su palabra encendida, su compromiso con la verdad y su amor por el pueblo quedó grabado en quienes tuvimos la bendición de escucharlo.

Monseñor Romero: Mártir del Pueblo

El 24 de marzo de 1980, un disparo apagó la voz de Monseñor Óscar Romero mientras celebraba la Eucaristía. Su crimen fue anunciar con valentía la justicia del Reino, denunciar la represión y abrazar a los pobres como el rostro mismo de Cristo. Monseñor Romero, al igual que Ellacuría, no fue un ideólogo ni un político disfrazado de sacerdote. Fue un pastor que escuchó el clamor de su pueblo y, como Jesús, entregó su vida por él.

En cada aniversario de su muerte, la Iglesia está llamada a preguntarse si sigue acogiendo su mensaje. ¿Somos una Iglesia profética o nos hemos acomodado a los poderes del mundo? ¿Hemos olvidado que el Evangelio es una llamada radical a la conversión y a la defensa de los más vulnerables?

La Urgencia de Nuevos Testigos

Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita profetas como Ignacio Ellacuría y Monseñor Romero, hombres y mujeres capaces de encarnar el Evangelio sin miedo a las consecuencias. Su martirio no fue un accidente, sino la consecuencia de una vida entregada a la causa de Cristo. No fueron revolucionarios al servicio de ideologías humanas, sino servidores del Reino de Dios. “Es necesario hacerse cargo de la realidad, cargar con ella y encargarse de ella”, decía Ellacuría, recordándonos que la fe sin compromiso es estéril.

¡No podemos quedarnos en la admiración pasiva de su ejemplo! La Iglesia de hoy requiere testigos vivos, hombres y mujeres que se atrevan a denunciar la injusticia, que sean la voz de los olvidados, que se enfrenten al poder cuando este oprime y margina. La conversión de la Iglesia no es una teoría, es un compromiso ineludible con los pobres y con la verdad.

Vivimos tiempos de crisis, de desigualdades, de persecución a quienes levantan la voz. El riesgo es real, pero el Evangelio nunca prometió caminos fáciles. Necesitamos sacerdotes, religiosos y laicos con el coraje de Romero y Ellacuría, con la determinación de abrazar la cruz y hacer del Evangelio una luz en medio de las sombras del mundo.

Que su ejemplo nos desafíe y nos impulse a vivir una fe comprometida, una fe que, como la de ellos, esté dispuesta a abrazar la cruz por amor a los más pobres y olvidados. Su sangre sigue clamando justicia, y su mirada de amor aún nos interpela.