FERROL en ruinas, políticos en ascenso: el asafalto se hunde mientras ellos trepan.

FERROL en ruinas, políticos en ascenso: el asafalto se hunde mientras ellos trepan.

La imagen no necesita pie de foto. Un bache abierto como una boca cansada de gritar, rodeado de pintura verde para que nadie pueda decir que no lo vio. Así está Ferrol: advertido, señalado, parcheado… pero no arreglado. Porque aquí el problema no es la falta de avisos, es la falta de vergüenza política. Y este agujero en mitad de la calzada no es una anécdota: es un retrato fiel del estado moral y político de la ciudad.

Ferrol no se ha roto de un día para otro. Ferrol lleva años rompiéndose con método, con constancia, con abandono institucional. No por mala suerte, sino por malas prioridades. Mientras el asfalto se abre, las carreras políticas despegan. Mientras los vecinos esquivan cráteres, otros esquivan responsabilidades. Y siempre con la misma coartada elegante: “desde fuera se puede hacer más”, “desde Madrid se ayuda mejor”, “es por el bien de Ferrol”. Claro que sí. Por su bien… pero sin quedarse.

Este bache —y los muchos otros— no revienta solo ruedas. Revienta paciencia. Revienta confianza. Revienta la idea de que alguien gobierna pensando en quien pisa la calle y no en quien pisa moqueta. Pagamos impuestos de ciudad europea para circular por calles de tercer mundo administrativo. Y lo hacemos en silencio, porque la resignación se ha convertido en la norma. Y cuando el ciudadano se resigna, el poder se relaja.

Se reconocerá, porque la crítica honesta lo exige, que el Partido Popular cumplió alguna promesa, como el cambio de velocidad en Catabois de 30 a 50 Km/h. Bien. Aplauso puntual. Pero gobernar no es cumplir dos puntos del programa y desaparecer tres años. No se puede vivir eternamente de los primeros meses. Gobernar es estar cuando ya no hay foco, cuando no hay mitin, cuando no hay titulares. Y ahí es donde Ferrol empieza a borrarse de la agenda real.

Porque la política local se ha convertido en un trampolín, no en un compromiso. Aquí se llega para marcharse, se promete para despegar, se gestiona lo justo para no molestar demasiado. Trepar, sí, vale la palabra, porque define exactamente lo que ocurre: subir uno mismo aunque la ciudad se hunda. Eso no es progreso. Eso es oportunismo con cargo público.

Los filósofos lo dejaron claro hace siglos, aunque hoy parezca que estorban. Aristóteles decía que la política es el arte de servir al bien común. No al bien personal. No al bien del partido. Al bien común. Y Cicerón advertía que el poder sin justicia no es poder, sino violencia organizada. ¿Qué es si no obligar a una ciudad entera a convivir con infraestructuras indignas mientras se predica futuro desde atriles bien iluminados?

Y conviene detenerse un momento en Hannah Arendt, porque aquí no se cita para aparentar cultura, sino porque duele lo que dijo. Arendt fue una de las grandes pensadoras políticas del siglo XX. Conoció el exilio, el totalitarismo y la mentira institucional. Sabía perfectamente lo que pasa cuando la política deja de servir y empieza a protegerse a sí misma. Cuando afirmaba que “el verdadero poder surge cuando las personas actúan juntas”, estaba desmontando una idea clave: el poder no es el cargo, es la responsabilidad. Cuando esta desaparece, lo que queda es burocracia, excusas y abandono.

También habló de la “banalidad del mal”: no hacen falta monstruos para destruir una sociedad; basta con gente que mira hacia otro lado, que cumple expediente, que no se siente responsable de las consecuencias de su inacción. No hace falta odio, basta con indiferencia organizada. Y eso, exactamente eso, es lo que se ve en este bache.

No estamos hablando de grandes teorías ni de dilemas históricos. Estamos hablando de asfalto. De algo tan básico que resulta casi insultante tener que escribir sobre ello. Si una ciudad no puede mantener su propio suelo, todo lo demás es humo. Innovación, sostenibilidad, futuro, resiliencia… palabras grandes para tapar agujeros pequeños. O no tan pequeños, como se ve en la imagen…

Pero tranquilidad. Seguro que alguien ya está “trabajando en ello”. Habrá un informe. Un estudio técnico. Una mesa de coordinación. Un plan estratégico a largo plazo, mientras el coche cae hoy y la rueda se rompe ahora. Seguro que, desde algún despacho perfectamente asfaltado, se está mirando por Ferrol… desde muy lejos.

Porque las ruedas rotas no salen en los currículums. Los baches no votan. Y la pintura verde ya avisa, así que el problema está “señalizado”. ¿Solucionado? No. Pero señalado, que es lo importante cuando se gobierna de perfil y con prisa por marcharse.

Y así seguimos. Con calles que se hunden, discursos que flotan y carreras políticas que avanzan. Porque aquí, por lo visto, lo único urgente es el próximo salto personal. El bache puede esperar. Ferrol puede esperar. Total, siempre ha esperado.