Esperanza en tiempos de vacío: juventud, suicidio y el desafío espiritual de nuestro tiempo

Esperanza en tiempos de vacío: juventud, suicidio y el desafío espiritual de nuestro tiempo

Hay realidades que duelen tanto que preferimos no mirarlas de frente. El suicidio es una de ellas. Se habla poco, se nombra mal y, cuando aparece en el discurso público, suele quedar reducido a cifras frías que anestesian la conciencia. Sin embargo, detrás de cada número hay un rostro, una historia y una herida profunda, casi siempre atravesada por la soledad.

El suicidio no es únicamente un problema sanitario o estadístico: es, ante todo, un drama humano y espiritual. Tiene que ver con la pérdida de sentido, con la erosión de la esperanza, con la incapacidad —real o percibida— de encontrar razones para seguir viviendo. El ser humano puede resistir sin muchas cosas, pero no puede vivir sin esperanza. ¡Cuando esta se apaga, la vida se vuelve insoportable!

Antes de cada intento de suicidio suele haber una larga historia de sufrimiento silencioso: conflictos no expresados, expectativas frustradas, heridas emocionales que no encontraron escucha. En la inmensa mayoría de los casos, ese dolor ha sido vivido en soledad, una soledad que multiplica el peso de la angustia. Y después de un suicidio consumado, el sufrimiento no termina: se extiende como una onda expansiva sobre familias, amigos y comunidades, dejando una estela de culpa, preguntas sin respuesta y un dolor que muchas veces resulta inasumible.

Durante demasiado tiempo, además, ese dolor fue agravado por una mirada religiosa dura y carente de misericordia. Muchos crecimos escuchando que quien se suicidaba quedaba fuera del perdón de Dios, incluso del entierro eclesiástico. Misericordia cero, tanto para la persona como para sus seres queridos. Aunque la Iglesia ha dado pasos importantes en su comprensión pastoral, es legítimo preguntarse si ese imaginario no sigue todavía latente en la conciencia colectiva.

La Biblia, sin embargo, ofrece una mirada mucho más humana y verdadera. El profeta Elías, tras enfrentarse él solo a los profetas de Baal y huir exhausto al desierto, se sienta bajo un arbusto y suplica: “Basta ya, Señor, toma mi vida” (1 Re 19,4). Jonás, herido en su orgullo y encerrado en su juicio, llega a decir: “Mejor me es la muerte que la vida” (Jon 4,8). Incluso los grandes hombres de Dios conocieron el abismo del desánimo. La Escritura no esconde estas grietas, porque sabe que la desesperación no es un pecado, sino una experiencia humana que necesita ser acompañada.

Esta realidad se vuelve especialmente preocupante cuando miramos a nuestros adolescentes y jóvenes. La adolescencia es una etapa crucial, un tiempo de transición en el que se construye la identidad y se buscan respuestas a las grandes preguntas de la existencia. Los jóvenes de hoy crecen rodeados de estímulos constantes, pantallas, redes sociales y mensajes contradictorios. Nunca han tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca ha sido tan evidente el vacío interior.

Las redes prometen conexión, pero a menudo generan comparación, ansiedad y aislamiento. La tecnología ofrece entretenimiento inmediato, pero no siempre proporciona sentido. Muchos jóvenes viven hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. En este contexto, no sorprende que aumenten el desánimo, la depresión y, en los casos más extremos, el deseo de desaparecer.

Es un hecho que la mayoría de nuestros jóvenes están bautizados y confirmados. Sin embargo, una parte significativa vive alejada de la vida de la Iglesia. No se trata solo de que no frecuenten parroquias o grupos juveniles; se trata de una desconexión más profunda, espiritual y existencial. En una cultura que con frecuencia ignora o ridiculiza la fe, muchos adolescentes se ven obligados a responder solos a preguntas decisivas: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿qué sentido tiene el sufrimiento?

Aquí la fe cristiana puede convertirse en un ancla en medio de la tormenta. El Evangelio no es una ideología ni un conjunto de normas morales, sino una propuesta de vida que ofrece sentido, horizonte y esperanza. Para que esto sea real, es imprescindible acompañar a los jóvenes a descubrir una relación personal, viva y liberadora con Jesucristo. No una fe heredada por inercia, sino un encuentro que transforme la manera de mirarse a sí mismos y de mirar la realidad.

La vida cristiana, además, no puede reducirse a la interioridad. El servicio a los demás es una dimensión esencial de la fe y una poderosa escuela de humanidad. Cuando los jóvenes se implican en experiencias de voluntariado, solidaridad y compromiso social, descubren que su vida tiene valor y sentido porque puede ser don. La compasión, la empatía y la justicia dejan de ser palabras para convertirse en experiencia concreta.

Muchos recordamos una infancia con menos tecnología y más contacto con la naturaleza, con los mayores, con relatos cargados de sentido. Nuestros mayores fueron auténticos educadores sociales, transmisores de valores, de sabiduría vital y de esperanza. Hoy abundan los dispositivos, pero escasean los espacios de silencio, de escucha y de transmisión profunda del sentido de la vida y de los valores más inherentes al ser humano.

Este es uno de los grandes desafíos —y también una de las grandes responsabilidades— de la pastoral juvenil y de la Iglesia en su conjunto: salir de una vez por todas al encuentro de los jóvenes alejados. No basta con mantener estructuras, programar actividades o cuidar únicamente a quienes ya están dentro. No podemos seguir preguntándonos por qué los jóvenes se van sin preguntarnos antes si alguien los estaba esperando.

Una pastoral juvenil que no toca el sufrimiento real de los jóvenes y del mundo en el que viven corre el riesgo de convertirse en una oferta irrelevante. Mientras debatimos métodos, lenguajes o agendas, muchos adolescentes viven su dolor en silencio, sin referentes, sin escucha y sin comunidad. Cada joven que se apaga en soledad es también una pregunta incómoda dirigida a nuestra Iglesia.

Solo estamos verdaderamente convertidos cuando la alegría del Evangelio es tan real que nos duele la ausencia del otro. Una Iglesia que no sufre por los jóvenes alejados corre el riesgo de acostumbrarse a su propia irrelevancia. Evangelizar hoy no es conquistar espacios ni defender posiciones; es habitar heridas, acompañar procesos lentos y frágiles, escuchar más de lo que hablamos y estar presentes antes de que sea demasiado tarde.

En una sociedad saturada de tecnología y empobrecida de valores y sentido, la Iglesia está llamada a ofrecer lo único que no puede proporcionar ninguna pantalla: una mirada que dignifica, una comunidad que sostiene y una esperanza que no se rinde. Cuando un joven pierde la esperanza, no basta con lamentarse después. La esperanza hay que ofrecerla antes. Hay que ofrecerla ahora.