Eugen Drewermann y la Crisis Interior del Cristianismo

Eugen Drewermann y la Crisis Interior del Cristianismo

Algo profundo se ha roto en el interior del cristianismo, y ya no es posible disimularlo. La era digital no ha provocado esta crisis, pero la ha dejado completamente al descubierto. Hoy la Iglesia ya no se mira solo en su propio espejo: es observada, evaluada y juzgada desde fuera, por una sociedad que ha cambiado radicalmente. Y ese contraste es incómodo. Porque mientras la Iglesia sigue hablándose muchas veces a sí misma, el mundo le devuelve una imagen que no siempre reconoce ni quiere aceptar.

Aquí comienza el verdadero problema. Durante demasiado tiempo, la Iglesia se ha mirado con sus propios ojos, convencida de su autoridad moral y espiritual. Pero una institución que solo se contempla a sí misma cae fácilmente en el narcisismo. La credibilidad no se proclama: se concede desde fuera. Y hoy, buena parte de la sociedad —incluidos muchos creyentes— percibe una Iglesia que no parece convencida ni de lo que dice, ni de lo que hace, ni de lo que representa. Para recuperar ese crédito, la Iglesia tendrá que demostrar, no con palabras vacías, sino con hechos, que está convencida de lo que predica, de lo que celebra y de lo que representa.

En este contexto, la figura de Eugen Drewermann resulta especialmente reveladora. No porque ataque la fe cristiana, sino porque pone palabras a una sensación ampliamente compartida: el cristianismo ha dejado de ser, para muchos, una fuerza que da vida. Drewermann no discute a Dios; discute la forma en que la Iglesia ha ido construyendo una imagen de Dios desconectada de la experiencia humana real.

El Evangelio es claro: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). Pero hoy muchos cristianos no se sienten libres, sino cansados, culpables o emocionalmente asfixiados. Algo ha fallado. La fe, que debía ser buena noticia, se ha convertido a menudo en una carga. Drewermann lo dice sin rodeos: una verdad que no libera por dentro no puede venir de Jesús. El cristianismo no nació como un sistema de normas ni como un aparato de control, sino como una experiencia que devolvía dignidad, esperanza y coraje a personas heridas.

Con el paso del tiempo, esa experiencia se fue endureciendo. La fe se transformó en doctrina, la doctrina en moral, y la moral en vigilancia. En lugar de ayudar a las personas a entender su miedo, su dolor o su fragilidad, se las educó para desconfiar de sí mismas. El cuerpo, el deseo, el placer, las dudas… todo pasó a ser sospechoso. Así, el cristianismo fue perdiendo contacto con la vida real y refugiándose en un lenguaje que ya no habla a la mayoría.

Mientras tanto, la sociedad avanzó. En derechos humanos, en trato personal, en sensibilidad psicológica, en lenguaje humano y en comprensión de la fragilidad, el mundo ha ido claramente por delante de la Iglesia. Y aquí aparece uno de los datos más dolorosos de la crisis actual: en humanidad, la Iglesia se ha quedado atrás. Justamente en el terreno que debería ser su especialidad. Hoy, muchas personas encuentran más comprensión, más escucha y más respeto en espacios civiles, terapéuticos o sociales que en ámbitos eclesiales.

Esto tiene consecuencias visibles. La Iglesia ha perdido espacio público. Su palabra pesa menos. A veces se la ignora; otras, se la ridiculiza. Las viejas seguridades de la tradición ya no sostienen el edificio. El cristianismo ya no tiene el monopolio de lo religioso, ni cultural ni espiritualmente. Puede que aún viva de rentas históricas, pero el tinglado eclesiástico se va desmoronando pieza a pieza. Muchas prácticas, discursos y estructuras simplemente ya no se sostienen.

Drewermann propone volver al Evangelio desde otro lugar. No como un libro que hay que defender, sino como un lenguaje que habla del alma humana. Cuando Jesús cura a un ciego, no solo devuelve una función física: ayuda a salir de la oscuridad interior. Cuando libera a alguien dominado por el miedo, muestra que la vida no está condenada. “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) significa que siempre existe la posibilidad de volver a ver, de volver a confiar.

Esta manera de entender el cristianismo conecta mucho más con la gente de hoy, que vive cansada, herida y desorientada. En la cultura digital, millones buscan ayuda psicológica, acompañamiento emocional y sentido. Y sin embargo, la Iglesia ha cedido ese espacio casi por completo. Drewermann denuncia que el miedo ha sido utilizado como herramienta religiosa, justo cuando Jesús repite una y otra vez: “No tengáis miedo”.

Esta crisis se hace especialmente visible en la formación de los sacerdotes. Durante siglos se ha exigido un ideal de control absoluto sobre la afectividad, como si sentir deseo o placer fuera incompatible con la fe. El resultado no ha sido santidad, sino personas divididas por dentro, obligadas a reprimir lo que sienten y a representar un papel. Hoy, con menos vocaciones y más desconfianza social, este modelo muestra todas sus grietas.

Drewermann no quiere eliminar el sacerdocio, sino humanizarlo. Un sacerdote no debería ser un vigilante moral, sino alguien que acompañe desde la comprensión. Alguien reconciliado con su propia fragilidad. Porque solo quien ha hecho las paces consigo mismo puede ayudar a otros a hacerlas. Jesús lo dijo sin rodeos: “El que quiera ser el primero, que sirva” (Mc 9,35).

También la Resurrección es leída desde esta clave vital. Más allá de discusiones biológicas, resucitar es volver a levantarse por dentro. Es recuperar el sentido después del fracaso, la confianza después del dolor, la vida después del miedo. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5). La fe cristiana solo tiene futuro si se convierte en experiencia presente, no en reliquia del pasado.

Aquí está el núcleo de la crisis interior del cristianismo. La Iglesia ya no puede vivir como si el mundo no hubiera cambiado. Ya no puede formar a sus ministros ni pensar su teología como cuando toda la sociedad era cristiana por obligación o por costumbre. La autoridad ya no se hereda: se gana. Y solo se gana con coherencia, humanidad y verdad.

Y quizá nada muestre mejor hasta dónde ha llegado esta deformación que una experiencia personal que me contó un amigo médico, ya mayor y fallecido, durante un viaje. Me relataba que en confesión se había preguntado con angustia si tener relaciones sexuales con su propia esposa podía ser pecado, no por violencia ni por abuso, sino simplemente porque ya había pasado la etapa de la fertilidad. Cuando una religión consigue que alguien tema estar ofendiendo a Dios por vivir su sexualidad dentro de su matrimonio, algo esencial se ha torcido gravemente.

Eso no es Evangelio. Eso no es buena noticia. Eso es miedo interiorizado, culpa aprendida, conciencia herida. Y precisamente contra esa deformación alza su voz Eugen Drewermann. No para destruir la fe, sino para rescatarla del daño que ella misma ha causado. La pregunta final ya no admite aplazamientos: ¿quiere la Iglesia seguir generando miedo o quiere volver a anunciar vida? Porque el cristianismo no nació para sembrar angustia en los corazones, sino para devolverle al ser humano el coraje de vivir, de amar y de confiar. Y mientras esa conversión no se produzca, la voz de Drewermann seguirá siendo incómoda. Justamente porque sigue diciendo, sin rodeos, una verdad que muchos reconocen… aunque durante demasiado tiempo hayan tenido miedo de pronunciarla.

La Iglesia sigue mandando como si la fe se impusiera por decreto. Pero el tiempo de las conciencias tuteladas ha terminado. Hoy la pregunta no es si la Iglesia tiene autoridad para ordenar, sino si tiene el coraje de confiar. Porque una institución que no deja pensar acaba hablando sola. Y el Evangelio no necesita guardianes del miedo, sino testigos de la libertad.