Hay homilías que se escuchan y se olvidan, y otras que se quedan trabajando por dentro. No porque sean brillantes en la forma, sino porque son fieles al Evangelio y a la vida real. Así son, habitualmente, las homilías del padre Alejandro Soler: claras, bien preparadas, sin artificios, pero con una profundidad que obliga a detenerse y a pensar.
En una de sus recientes homilías de Navidad, el padre Alejandro insistía en una verdad sencilla y, al mismo tiempo, exigente: la Navidad no puede celebrarse como si Dios no estuviera. No es una fecha social ni una tradición cultural que se repite por inercia. Es la celebración del nacimiento de Dios en medio de la historia humana. Cuando esto se pierde de vista, la Navidad queda reducida a cenas, encuentros y gestos externos que, aunque legítimos, no sostienen por sí solos el sentido de la fiesta.
Lo expresaba con una imagen muy comprensible: nadie celebra un cumpleaños sin la persona que cumple años. Nadie entendería una fiesta en la que el protagonista no estuviera presente. Y, sin embargo, eso es lo que ocurre cuando celebramos la Navidad dejando a Dios fuera de la mesa, fuera de las decisiones y fuera de la vida cotidiana. Sin Dios, la Navidad se vacía por dentro, aunque esté llena por fuera.
Como es habitual en su predicación, el padre Alejandro no se queda en reflexiones genéricas ni en mensajes bienintencionados. Vuelve siempre al Evangelio, al texto concreto, porque es ahí donde se encuentra la clave. Y el Evangelio de la Navidad no es un relato dulce ni edulcorado, sino una historia atravesada por la fe, pero también por la dificultad, la incertidumbre y el sufrimiento.
El Evangelio de san Lucas nos dice que María concibe por obra del Espíritu Santo y que, estando ya embarazada, se pone en camino para visitar a su prima Isabel, que también espera un hijo en su vejez. Este detalle no es menor. María ya lleva en su seno al Hijo de Dios cuando sale de su casa. No se encierra, no se protege, no se justifica. Sale al encuentro, sirve, acompaña, comparte la vida. Permanece con Isabel tres meses. La fe de María no es estática, es una fe que se mueve, que se traduce en servicio y cercanía.
Cuando María regresa, José se encuentra ante una situación humana profundamente dolorosa. María está encinta y el hijo no es suyo. El Evangelio no disimula el conflicto ni lo suaviza. José sabe que, según la ley, podía denunciarla, lo que habría tenido consecuencias terribles. Sin embargo, decide no hacerlo, actuar con justicia y misericordia. Confía en María incluso cuando no entiende lo que está ocurriendo. Esa actitud revela algo esencial: la fe no siempre consiste en comprender, sino en fiarse.
Dios confirma esa confianza cuando el ángel se aparece a José y le revela el origen del niño. Le encomienda una misión clara: acoger a María y cuidar de Jesús. José acepta sin condiciones. Obedece, no desde la ingenuidad, sino desde una fe madura que sabe que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes.
La Navidad, sin embargo, no termina en el nacimiento. Muy pronto aparece la amenaza. Herodes quiere matar al niño. Y una vez más, José escucha la voz de Dios y se pone en camino. Huyen a Egipto. Abandonan su tierra. Se convierten en una familia desplazada, migrante, vulnerable. La Sagrada Familia es una familia refugiada.
Este dato, que el padre Alejandro subraya con especial fuerza, es central para comprender la Navidad. Dios no nace en la seguridad, nace en la precariedad. No se instala en el poder, sino en la fragilidad. No se protege con privilegios, sino que comparte la suerte de los que huyen, de los que tienen miedo, de los que no saben qué será de ellos mañana.
Por eso, cuando hoy vemos personas inmigrantes desalojadas, como ha ocurrido recientemente en Badalona y en otros lugares, personas que pierden incluso el refugio precario que tenían, el Evangelio no nos permite mirar hacia otro lado. José, María y Jesús estarían hoy en esa situación. No como una metáfora ideológica, sino como una realidad profundamente evangélica.
Lo mismo sucede cuando pensamos en las guerras que siguen asolando el mundo, expulsando a millones de personas de sus hogares, o en los cristianos perseguidos por su fe, que viven bajo amenaza constante, con iglesias destruidas y comunidades obligadas a esconderse. Todo esto no es ajeno al mensaje de la Navidad. Forma parte de él. Celebrar la Navidad sin mirar estas realidades es convertirla en una celebración superficial y desconectada del Evangelio.
La fuerza de las homilías del padre Alejandro Soler está en que no utiliza el Evangelio para tranquilizar conciencias, ni lo convierte en un discurso ideológico. Deja que el Evangelio ilumine la realidad, aunque incomode. Por eso su predicación no resulta estridente ni moralista, sino profundamente evangélica. Se nota que prepara sus homilías, que las reza, que las piensa, y que hay coherencia entre lo que dice y lo que vive.
A esta fidelidad al mensaje se suma algo fundamental: su cercanía humana. El padre Alejandro es un sacerdote que escucha, que acoge, que sabe acompañar sin juzgar. No habla desde la distancia ni desde la teoría, sino desde el contacto real con las personas y sus heridas. Esa cercanía sostiene su palabra y la hace creíble. No anuncia algo ajeno a su propia vida.
En él se reconocen muchas de las cualidades que uno espera encontrar en un buen sacerdote: sencillez, claridad, preparación, fidelidad al Evangelio y humanidad. Por eso vienen a la memoria las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10,11). Dar la vida no siempre significa gestos heroicos; muchas veces significa estar, escuchar, acompañar y no desentenderse del sufrimiento.
Celebrar la Navidad, como recuerda el padre Alejandro Soler, no es huir de la realidad, sino permitir que Dios nazca también en medio de ella. En la fragilidad, en la incertidumbre, en el dolor del mundo. Dios ya ha recorrido ese camino antes: huyendo a Egipto, viviendo como refugiado, confiando en la obediencia silenciosa de José y en la fe valiente de María.
Solo desde ahí la Navidad recupera toda su verdad: cuando Dios no es un adorno, sino una presencia viva que interpela, consuela y compromete. Y escuchar una predicación que ayuda a comprender esto, con claridad y sin ruido, es un regalo que merece ser reconocido y agradecido.