Argüello y el silencio selectivo

Argüello y el silencio selectivo

El desalojo del antiguo Instituto B9 de Badalona no fue solo una actuación administrativa. Fue, sobre todo, una prueba ética ante la que muchas conciencias quedaron retratadas. Cuatrocientas personas migrantes y empobrecidas fueron expulsadas de un edificio abandonado que ha venido funcionando como último refugio frente a la pasividad prolongada de las administraciones públicas. No se dio una alternativa ni se ofreció un lugar donde poder vivir. No hubo soluciones reales, la alternativa única fue policia, órdenes judiciales y calle.

El operativo, ejecutado por los Mossos d’Esquadra a petición del Ayuntamiento de Badalona, gobernado por Xavier García Albiol (PP), comenzó a primera hora de la mañana y se desarrolló bajo un amplio cordón policial. La resolución judicial permitía al consistorio recuperar la propiedad, pero también obligaba a prestar atención social a las personas desalojadas. Esa parte se quedó incumplida. El alcalde se negó a ofrecer una alternativa digna, dejando a cientos de personas en una situación de desamparo absoluto y abandonadas a su suerte.

Las entidades sociales lo denunciaron con claridad. Badalona Acull habló de una política “cruel e inhumana”. Desde el Sindicato de Vivienda de Badalona, se alertó de una campaña de criminalización contra personas que sólo habían intentado sobrevivir en un contexto de crisis habitacional estructural. La pobreza fue tratada como un problema de orden público, no como una responsabilidad política.

El contraste con el mensaje cristiano resulta imposible de ignorar. El Evangelio es explícito: “Fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35). Jesús vinculó su propia presencia a la suerte de los últimos: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). No había margen para la ambigüedad.

La pregunta queda suspendida en el aire. ¿Donde queda entonces la coherencia con el Evangelio? ¿En qué lugar aparecieron los comunicados urgentes por parte de la Iglesia y las palabras solemnes en defensa de la dignidad humana? ¿Dónde se situó la jerarquía eclesiástica cuando cientos de personas fueron arrojadas a la calle sin alternativa? El silencio fue prácticamente total. Y ese silencio no puede interpretarse como neutralidad, sino como una renuncia consciente a incomodar al poder.

En este contexto habría que destacar especialmente la figura de Monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, quien había mostrado unos días antes una contundencia notable al criticar políticas del Gobierno Central, y que ahora no ha considerado necesario pronunciarse cuando un ayuntamiento gobernado por el PP ejecuta un desalojo masivo sin alternativa habitacional. La ausencia de pronunciamiento no es un detalle menor, cuando quien ostenta la máxima representación institucional de la Iglesia calla y el silencio se convierte en mensaje. pero el mensaje fue muy claro: la indignación moral parece activarse según el color político del responsable, no según la gravedad del daño causado.

El obispo de Valladolid, como tantos otros, no ha dicho ni una sola palabra sobre un tema de tanta gravedad como este. Ese silencio ha tenido un peso no solo político, sino también espiritual, porque callar ante la injusticia es tomar partido. Jesús fue implacable con quienes utilizaban la religión para blindar privilegios: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos!” (Mt 23,13).

El problema se agrava cuando algunos sectores eclesiales insinúan el voto o coquetean con discursos de ultraderecha, discursos que criminalizan al migrante y normalizan la exclusión. Ese desplazamiento ideológico supone un alejamiento claro del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia.

Jesús no fue equidistante. Nunca lo fue. No se colocó entre el desahuciado y quien desahucia. Fue claro: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Y también: “El que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran una piedra de molino al cuello” (Mt 18,6).

El desalojo del I.B9 no es un hecho aislado. Es el síntoma de una sociedad que gestiona la exclusión con silencio y porras, y de una Iglesia institucional que, en este momento, ha renunciado a hacer uso de su voz profética. En Badalona, aquel día, no solo fueron desalojadas cuatrocientas personas: el Evangelio fue expulsado con ellas. Y la pregunta final quedó abierta, incómoda e inevitable: ¿hasta cuándo el silencio seguirá hablando más alto que las palabras de Jesús?

Nada de lo ocurrido en Badalona fue inevitable. Todo ha sido una elección. Elegir desalojar sin una alternativa donde vivir, elegir tratar la pobreza como un problema de orden público, elegir refugiarse en la legalidad para eludir la responsabilidad política y moral y, en paralelo, elegir callar por parte de los que tienen voz e influencia pública, autoridad moral y acceso a los medios, no fue prudencia ni espera, fue abandono porque cuando la Iglesia institucional deja de nombrar a las personas desahuciadas, las expulsa dos veces. Primero se les expulsa de un edificio abandonado; después, del discurso público sobre la dignidad humana, la justicia social y el bien común, un espacio que debería haber estado guiado por el Evangelio y no por el cálculo político ni la conveniencia institucional. Al no ser nombradas, defendidas ni acompañadas, esas personas dejaron de existir también en el plano moral: cuando no se habla de ellas, se las borra.

Ese fracaso evidencia la ruptura ética más profunda. El mensaje cristiano queda reducido a instrumento selectivo: duro con unos gobiernos, indulgente con otros; severo cuando conviene, mudo cuando incomoda. El Evangelio, que nació como buena noticia para los pobres, queda así subordinado a afinidades ideológicas y al temor persistente de incomodar al poder cuando éste lleva siglas amigas.

Jesús nunca actuó así. No preguntó por mayorías ni por equilibrios institucionales. Se colocó del lado de quien no tenía techo, nombre ni defensa. Por eso sus palabras siguieron siendo incómodas entonces y ahora: “Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre” (Lc 6,25). No fue una amenaza: fue una denuncia.

En Badalona, ese día, no fracasaron solo las políticas públicas. Fracasó una parte de la conciencia cristiana y humana organizada. Fracasó la valentía pastoral. Y cuando eso se produce, el cristianismo deja de ser refugio para los últimos y empieza a confundirse peligrosamente con el poder que los expulsa.