“Estad despiertos, porque el Señor está cerca”: Adviento en la voz de Fernando García Cadiñanos

“Estad despiertos, porque el Señor está cerca”: Adviento en la voz de Fernando García Cadiñanos

El mensaje de nuestro obispo Fernando García Cadiñanos para este Adviento se eleva como una palabra clara, franca y llena de ternura pastoral, capaz de despertar incluso a los corazones cansados. Sus palabras, tejidas con esa hondura espiritual que nace de la oración y del amor fiel al Evangelio, nos recuerdan que el Adviento no es un tiempo que simplemente pasa, sino un tiempo que acontece. Es la estación interior en la que el alma está llamada a abrirse, a dilatarse, a “ponerse de puntillas”, como quien sabe que alguien amado está a punto de llegar. Así lo expresa Jesús en el Evangelio cuando nos invita: “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13,35). No es una amenaza, es un susurro que despierta, un toque suave en la puerta del alma.

Por eso, lo primero que brota es una alabanza sincera por la figura y la palabra de nuestro obispo. En medio del ruido del mundo, Fernando García Cadiñanos se ha convertido en un pastor que habla al corazón, que escucha, que acompaña, que ilumina sin imponerse y que invita sin presionar. Su ministerio es un testimonio vivo de lo que Jesús pidió a Pedro a orillas del lago: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Él lo hace con la serenidad de quien sabe que el Pueblo de Dios camina entre luces y sombras, pero siempre sostenido por la presencia del Señor.

Mientras leía su mensaje, comprendí que el Adviento no puede vivirse solo en la liturgia, porque Dios no viene únicamente en los templos; viene donde la vida duele, donde la vida ama, donde la vida espera. Y ahí aparece una imagen que se ha vuelto para mí revelación: Luis, ese amigo que sin buscarlo se ha convertido en un icono del Dios que viene despacio. Él y su esposa están acompañando a mi familia en este tiempo de enfermedad con una generosidad que solo puede nacer de un corazón moldeado por Dios. No exigen agradecimientos, no buscan reconocimiento; solo repiten, una y otra vez: “Esto no me lo debes a mí, agradéceselo a Dios; yo solo soy un instrumento”.

Y en esa frase tan sencilla hay una teología entera, la teología del Adviento. Porque cuando alguien vive así, sin apropiarse del bien que realiza, se cumple lo que dice el Evangelio: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). En ese anonimato santo, en ese amor sin ruido, Dios se hace presente, y uno descubre que el Adviento no es esperar a un Dios lejano, sino reconocer la presencia de un Dios cercano que se manifiesta a través de quienes aman como Él.

Jesús nos dijo: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Y cada vez que Luis se ha acercado a nosotros, cada vez que ha sostenido un poco del peso de la preocupación o del cansancio, he recordado estas palabras, porque allí donde alguien toma sobre sí el dolor del otro, Cristo está viniendo. El Adviento, entonces, no es solo aquel tiempo que señala un calendario litúrgico; es este tiempo, este momento, esta situación concreta donde Dios se abre paso con pasos silenciosos pero firmes.

En la carta pastoral del obispo, resuena ese dinamismo espiritual que tanto necesitamos: mirar hacia atrás con gratitud, hacia delante con esperanza y hacia dentro con sinceridad. Mirar hacia atrás es recordar la primera Navidad, ese gesto inaudito en el que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Mirar hacia delante es vivir de pie, deseando con toda el alma ese día definitivo en el que Cristo volverá con gloria y “enjugará toda lágrima de nuestros ojos”. Pero mirar hacia dentro es quizás lo más difícil, porque supone reconocer si de verdad estamos dejando que Dios entre en nuestra vida o si solo le abrimos la puerta cuando nada nos incomoda.

Nuestro obispo nos anima a esta mirada interior cuando nos invita a preguntarnos: ¿qué deseo realmente?, ¿a quién espero?, ¿dónde deposito mi esperanza? Y estas preguntas encuentran eco en las palabras de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). Por eso el Adviento no consiste en llenar la casa de luces, sino en permitir que una luz interior se encienda, la única luz que ninguna oscuridad puede apagar.

En este sentido Luis es una parábola viva. En él veo al siervo fiel del Evangelio: “Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre así, velando” (Mt 24,46). No vela con lámparas encendidas en la mano, sino con un corazón que arde por Dios. No anuncia con palabras su fe, sino con esa disponibilidad humilde que es el sello más profundo del Espíritu Santo. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16), y el fruto que brota de vidas como la suya es el fruto del Adviento: esperanza encarnada, caridad concreta, paciencia luminosa.

Y así descubro que el mensaje del obispo nos está diciendo, en el fondo, que Dios viene de tres maneras: viene en la memoria agradecida, viene en la presencia diaria, y viene en la promesa futura. Viene en el Niño de Belén, viene en quienes cuidan nuestro dolor, y viene en ese retorno glorioso por el que la Iglesia suspira desde hace más de dos mil años. Por eso la oración más antigua del cristianismo sigue siendo la más verdadera: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20).

El Adviento, entonces, no es esperar algo, es esperar a Alguien. Y ese Alguien ya está en camino. Viene hacia nosotros, pero también viene desde dentro, porque dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Y si Él está, todo es posible: la enfermedad se vive con esperanza, el cansancio se llena de sentido, la fragilidad se convierte en lugar de encuentro, y la oscuridad se transforma en umbral.

Que este Adviento —iluminado por la voz cercana y firme de nuestro obispo, y confirmado en el testimonio silencioso de quienes aman como Dios ama— sea un tiempo para agradecer, velar y abrirse. Un tiempo para dejar que Cristo venga, no solo al final, no solo en Belén, sino hoy, en medio de nuestra historia herida y luminosa. Un tiempo para decir con el corazón despierto: “Ven, Señor Jesús, ven a nuestra vida, ven a nuestra casa, ven a nuestra herida, ven a nuestra esperanza”.

Porque Él ya viene. Porque Él ya está. Porque todo Adviento comienza cuando un corazón se deja encontrar.

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