La historia comienza con un gesto tan simple como revelador: no permitían a Xabier Pikaza entrar en la cripta donde reposan los restos de Escrivá de Balaguer. No era cuestión de horario ni de protocolo. La explicación oficial apelaba a la “disciplina”, porque dentro estaban de retiro las mujeres de la Obra, aquellas servidoras que sostenían silenciosamente la vida cotidiana de sus centros. Pero bajo esa excusa se adivinaba algo más profundo: un sistema de límites, silencios y jerarquías que marcaba quién podía pasar y quién debía esperar fuera. Esa negativa inicial —tan inesperada como elocuente— no le cerró una puerta: se la abrió, no la física, sino la de una realidad oculta que latía bajo la superficie brillante del Opus Dei.
Roma, diciembre de 1985. La casa central del Opus Dei se presentaba como un palacio de silencios y mármoles, con una solemnidad que imponía distancia. Allí, en la cripta del fundador José María Escrivá de Balaguer, el acceso estaba cerrado: las Hermanas Sirvientas, las mujeres que sostenían cada rincón de la Obra, celebraban su retiro. La explicación oficial —“orden y disciplina espiritual”— mostraba quién tenía permiso para acercarse al “Padre” y quién debía esperar en la sombra.
Tras insistir, se abrió el paso. Allí estaban, a medio metro, decenas de cofias blancas, de puños almidonados sobre uniformes azules. No eran personajes de películas de época ni sirvientas aisladas en mansiones nobles. Nunca tantas juntas, nunca tan presentes, nunca tan entregadas, rezando en silencio ante la tumba del fundador. Eran las obreras de una Obra que se decía universal.
Servían a un Dios que las guiaba por el Camino, al que acudían con devoción ante el fundador, después de haber cargado durante años con trabajos silenciosos. En teoría, todos eran obreros de Dios; en la práctica, algunas lo eran mucho más que otros.
El relato despertó en mí un recuerdo de infancia: cuando era pequeño, veía a los jefes militares salir a la calle acompañados de sus criadas, mujeres con cofia y uniforme. Aquello me parecía humillante sin necesidad de entender demasiado; veía que se las trataba como inferiores por lo que hacían, no por lo que eran. Ese recuerdo volvió con la misma fuerza en la cripta. Puede haber tareas distintas, pero nunca debería haber humillación. La dignidad es la misma para todos, o no es dignidad.
Las palabras del Evangelio cobraban un sentido evidente: “Él que quiera ser grande, que sea el servidor de todos.” Y allí, la verdadera grandeza estaba en esas manos callosas, no en los cargos, ni en las placas de bronce, ni en las flores oficiales. Estaba en su forma de servir sin ser vistas, en la fidelidad que no necesitaba reconocimiento.

Esa desigualdad silenciosa no se limita a las mujeres. También existen entre los sacerdotes. Los numerarios sacerdotes, la élite interna, los llamados a veces “pata negra”, son formados desde dentro y ocupan los puestos de dirección, las decisiones doctrinales y el gobierno cotidiano. Los sacerdotes agregados, aunque plenamente ordenados, suelen quedar en un segundo plano dentro de la estructura: apenas acceden a puestos de responsabilidad, su participación en decisiones es limitada y su labor se reduce a tareas pastorales periféricas, lejos del núcleo directivo. Esta diferenciación, aunque no explicitada formalmente, incide en la experiencia real de pertenencia y en la distribución de funciones dentro de la institución. Una jerarquía invisible, pero rígida, que muestra que la fraternidad proclamada no se vive igual para todos. Además, en muchas ocasiones los sacerdotes agregados, asignados a distintas parroquias dentro de la diócesis, suelen experimentar sensación de soledad y aislamiento. Su labor, alejada del centro diocesano, los coloca en una posición de cierta desconexión, lo que dificulta su integración y afecta su vida pastoral. A pesar de su dedicación, muchos sienten la necesidad de mayor acompañamiento y apoyo.
Esta tensión estructural no es un episodio aislado. Hoy se hace visible en otro frente: el duro enfrentamiento entre el Opus Dei y el Obispado de Barbastro por la posesión de la Virgen de Torreciudad. El santuario, convertido en uno de los símbolos centrales de la Obra, se ha visto envuelto en un proceso judicial complejo. El obispo ha señalado incluso que estaría dispuesto a renunciar si Roma diera la razón al Opus. En 2023, el fallecido Papa Francisco le escribió al obispo de la pequeña diócesis de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, una nota manuscrita en la que le pedía que “no cediera” y que continuara con el litigio que mantenía con el Opus Dei por el estatuto que regula el famoso santuario de Torreciudad.
La disputa ya no es solo sobre una imagen o un territorio religioso, sino sobre algo más profundo: quién interpreta la tradición, quién ejerce la autoridad espiritual y cómo se construye la comunión en la Iglesia. Ese choque —la monumentalidad de una institución frente a la fragilidad de una pequeña diócesis— refleja la misma tensión que Pikaza intuyó en la cripta: la confrontación entre el poder visible y el Evangelio que pide sencillez, cercanía y fraternidad. Contrasta la gestión institucional con el planteamiento evangélico que propone resolver los desacuerdos priorizando la comunión y el servicio antes que la disputa.
Así, mientras unos representan la élite espiritual y organizativa, otros sirven desde una posición más discreta, sin reconocimiento interno. La desigualdad no es solo laboral —como ocurría con las obreras— sino también religiosa. La Obra, que predica unidad y humildad, se organiza en capas: los sacerdotes de primera, los sacerdotes de segunda, los numerarios, los supernumerarios, los agregados, las mujeres auxiliares… Una arquitectura espiritual que poco tiene que ver con las palabras de Jesús: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8).
Incluso decisiones aparentemente pequeñas del fundador revelaban esa estructura. Escrivá rechazaba guitarras en la Iglesia, por considerarlas demasiado populares, y al principio no aceptaba la presencia de mujeres en tareas internas; terminó integrándolas cuando comprendió que eran indispensables para sostener las casas y todo lo que la Obra necesitaba para funcionar. No las aceptó por protagonismo espiritual, sino por necesidad práctica: el engranaje debía girar, y ellas eran el motor silencioso.
Y, sin embargo, allí estaban. Habían dejado sus casas para rezar ante quien les enseñó a servir. Quizá por un día se sintieran señoras ante el fundador, quizá no. Pero su oración tenía más profundidad que la solemnidad de los muros que las rodeaban.
Sobre el mármol negro, las rosas rojas, riquísimas y casi sangrantes, parecían dialogar con ellas, no con los cargos. Era como si las flores recordaran que la verdadera entrega no se escribe en estatutos, sino en el sacrificio cotidiano de quienes no tienen voz.
De ahí surge una conclusión inevitable: si la Obra quiere un futuro, necesita una conversión profunda. Debe abandonar el modelo piramidal heredado y reconocer que la auténtica grandeza está abajo, en quienes sostienen todo sin aparecer. Tal vez la Obra deba aprender a contemplarse desde el suelo, donde la grandeza se hace real y donde trabajan quienes no figuran en los organigramas. El Evangelio habla de hermanos, no de rangos. Si alguna vez quiere renovarse, tendrá que devolver visibilidad y respeto a quienes sostienen silenciosamente todo lo demás.
Porque como dijo Jesús: “Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra.” Y así, la santidad no está en los altos cargos ni en los títulos, sino en las obreras santas, en su paciencia, en su servicio y en su esfuerzo silencioso; ellas sostienen la Obra, ellas son la Obra y quizá, si alguna vez llega la verdadera conversión, ellas sean también su único futuro.