Hoy, con profundo respeto y gratitud, quiero expresar mi reconocimiento y admiración hacia D. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol, por su mensaje en ocasión de la IX Jornada Mundial de los Pobres 2025. Sus palabras, llenas de sensibilidad, compromiso y fe, son un testimonio vivo de cómo el Evangelio no es solo doctrina, sino acción, cercanía y amor concreto hacia quienes más lo necesitan.
En su reflexión, Monseñor García Cadiñanos nos recuerda que esta Jornada se celebra en un contexto especialmente desafiante, marcado por el reciente Informe FOESSA de Cáritas Española, que evidencia con claridad la agravación de la exclusión social en nuestro país. Un dato que nos interpela profundamente como cristianos: la brecha entre ricos y pobres no solo persiste, sino que se profundiza en la sociedad del miedo, donde cualquier imprevisto puede empujar a muchas personas a la pobreza y la exclusión.
D. Fernando nos invita a mirar con valentía la realidad: la contracción de la clase media, el hacinamiento y la especulación inmobiliaria, la precariedad laboral y sus consecuencias, y el sufrimiento especial de colectivos como las mujeres, los migrantes, la juventud y las personas con enfermedad mental. Pero lo hace no desde la denuncia vacía, sino desde un enfoque profundamente evangélico, motivándonos a responder con amor, cercanía y solidaridad.
Es conmovedor cómo Monseñor García Cadiñanos vincula estas realidades con el mensaje del papa León XIV y su exhortación Dilexi te (Te amé), recordándonos que el amor a Cristo se expresa y se verifica en la atención a los pobres. Nuestra fe, como nos recuerda D. Fernando, no puede permanecer desconectada de la realidad, sino que debe acercarse a las heridas y sufrimientos de los más vulnerables, reconociéndolos como signo sacramental de la presencia de Cristo. Esta perspectiva nos desafía a vivir una fe que se encarna en la compasión, en la cercanía y en la acción concreta.
El mensaje del obispo también nos invita a reconocer que los pobres no se limitan a su dimensión económica. Existen muchas formas de pobreza: enfermedad, soledad, violencia, racismo, falta de derechos, marginación… Cada rostro es un llamado a la solidaridad y a la fraternidad cristiana, y acercarse a ellos no es solo un acto de justicia, sino un camino de crecimiento espiritual y humano.
Quiero destacar, con admiración y respeto, la manera en que D. Fernando conjuga palabra y acción. Sus exhortaciones no son meramente teóricas; son la prolongación de su trabajo incansable, su humildad y su sencillez, su cercanía palpable a quienes más sufren. Su labor pastoral refleja una coherencia profunda entre lo que dice y lo que hace, mostrando que su corazón pastoral late junto a los pobres, los excluidos y los marginados. Es un pastor que camina con su pueblo, que se acerca a los enfermos, que acompaña a los ancianos, que dialoga con los emigrantes y se conmueve con los más vulnerables.
La Jornada Mundial de los Pobres, tal como la presenta Monseñor García Cadiñanos, nos recuerda que los pobres están en el centro de la misión de la Iglesia, no como un accesorio o un problema a resolver, sino como hermanos y hermanas amados, portadores de la presencia de Dios en nuestro mundo. En sus palabras, sentimos un llamado a transformar nuestra vida cristiana: acoger, acompañar, servir, amar. Cada gesto de cercanía es un acto de esperanza y un reflejo de la gracia divina.
En este Año Jubilar, D. Fernando nos impulsa también a mirar hacia la sociedad con responsabilidad: a desarrollar políticas que combatan la pobreza, a fomentar iniciativas de apoyo y encuentro con los más vulnerables, y a reconocer que servir a los pobres nos hace más humanos y más cristianos. Su visión pastoral une lo social y lo espiritual, demostrando que la caridad auténtica y la justicia social son inseparables.
Quiero expresar aquí mi profunda gratitud y admiración por Monseñor García Cadiñanos, por su dedicación incansable, por su labor silenciosa pero eficaz, por su cercanía y por su capacidad de hacer que sus palabras coincidan con sus hechos. Su ejemplo nos inspira a todos a vivir una fe comprometida, que se refleja en la acción cotidiana, en el encuentro con el necesitado y en el respeto por la dignidad de cada persona. Su vida es un testimonio elocuente de que el Evangelio no es abstracto, sino práctico y transformador, y que la Iglesia crece en humanidad al acercarse a los más pequeños y vulnerables.
Que estas palabras nos impulsen a mirar con otros ojos, a escuchar con otros oídos y a actuar con otras manos, siguiendo el ejemplo de Jesús y de nuestro querido obispo. Que cada encuentro con un pobre, cada gesto de cercanía y cada acto de amor se convierta en un sacramento vivo de la presencia de Dios en nuestra sociedad.
Finalmente, deseo que todos nosotros podamos responder con generosidad y compromiso al llamado de D. Fernando y del papa León XIV, acercándonos con amor a los pobres, reconociendo en ellos el rostro de Cristo y dejándonos transformar por su ejemplo y su confianza. Que su mensaje sea semilla de esperanza, unidad y fraternidad, y que su vida pastoral siga siendo faro de luz en medio de los desafíos que enfrenta nuestra sociedad.
Gracias, D. Fernando, por su trabajo, por su humildad y sencillez, y por mostrarnos con sus palabras y hechos que servir a los pobres es servir a Cristo mismo. Que Dios bendiga su ministerio y nos ayude a todos a vivir la verdadera caridad y cercanía con los más necesitados.