El artículo de Enrique Barrera Beitia en Galica Artabra se inscribe en la mejor tradición evangélica y profética: denunciar la contradicción entre quienes proclaman públicamente su fe católica y, al mismo tiempo, se alinean con discursos de odio, exclusión y desprecio hacia los inmigrantes. Sus palabras, lejos de ser una opinión particular, se sostienen en la médula del Evangelio y en la línea de grandes teólogos y pastores de la Iglesia.
Xabier Pikaza lo ha dicho con claridad: la fe cristiana no se mide por los ritos cumplidos ni por las banderas agitadas, sino por la capacidad de abrir la vida y los bienes a los pobres, los extranjeros, los descartados. Jesús mismo lo señaló en Mateo 25, al identificarse con el hambriento, el sediento y el forastero.
Es muy revelador que Barrera recuerde la posición de la Conferencia Episcopal en dos momentos recientes: la defensa de la libertad religiosa de la comunidad musulmana de Jumilla y la ILP promovida por Cáritas para regularizar a medio millón de inmigrantes. Con ello queda claro que su postura está en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia y con el Papa Francisco, que en Fratelli tutti afirma: “Cada ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país” (FT 107).
Cuando algunos sectores tratan de desprestigiar a los inmigrantes con bulos, Barrera los desenmascara, mostrando que son clichés reciclados. El Evangelio, sin embargo, pide precisamente lo contrario: ver en el otro un hermano. Como decía Jon Sobrino: “la fe cristiana consiste en tomar partido por las víctimas de la historia”.
La parábola del Buen Samaritano es aquí definitiva: el prójimo no se define por nacionalidad, lengua o religión, sino por la necesidad de ayuda. Quien excluye al extranjero, rompe con la doctrina social de la Iglesia y con el corazón mismo del Evangelio.
El propio arzobispo Joan Planellas lo expresó con contundencia: “un xenófobo no puede ser cristiano”. Esta afirmación es radicalmente evangélica. Negar acogida al inmigrante es cerrar la puerta al mismo Cristo, que fue migrante en Egipto.
Por eso, frente a los ataques que seguramente recibirá, es necesario subrayar que el artículo de Barrera no es ideología política, sino fidelidad radical al Evangelio. Como recuerda Pikaza: “la Iglesia sólo será Iglesia si es casa abierta y mesa compartida”.
En definitiva, Enrique Barrera Beitia merece gratitud y reconocimiento. Sus palabras son evangélicamente sólidas, teológicamente coherentes y pastoralmente necesarias. Frente a la ceguera de los “buenos católicos” que abrazan la xenofobia, su voz resuena como un eco del Evangelio de Jesús de Nazaret.