Meninas de Canido: orgullo vecinal, pero con respeto

Meninas de Canido: orgullo vecinal, pero con respeto

Las Meninas de Canido son, sin duda, uno de los grandes motores culturales y sociales de Ferrol. Gracias a este festival, un barrio que hace apenas unos años estaba marcado por el abandono y la decadencia se ha transformado en un espacio vivo, lleno de visitantes, negocios nuevos y actividad constante. El arte urbano ha demostrado su capacidad de revitalizar la vida de un barrio y devolverle a los vecinos un orgullo que se creía perdido.

Sin embargo, como vecino que convive a diario con este museo al aire libre, quiero alzar la voz sobre algo que no puede seguir ignorándose: no todas las obras están a la altura, ni todas respetan la sensibilidad de quienes habitamos aquí todo el año. La pintura que ilustra estas palabras —una mujer desnuda, de frente, en una puerta visible a todos— es un ejemplo claro de lo que muchos consideramos de mal gusto. No hablamos de prudencia excesiva ni de moral antigua, hablamos de respeto básico hacia las familias, los niños y la convivencia cotidiana.

Es cierto que esta experiencia se creó para dar libertad creativa y acoger a todo tipo de artistas, pero con el paso del tiempo esa libertad sin filtros ha dado lugar a situaciones que generan incomodidad y rechazo. El arte público toca sensibilidades diversas, y cuando esas sensibilidades se ven ignoradas, se pierde parte del valor comunitario que tanto se pregona. No se trata de censurar, se trata de poner criterio.

Porque nadie duda de lo positivo: el barrio recibe miles de visitantes, los comercios se benefician, Ferrol gana prestigio y Canido late con fuerza. Las Meninas han dado vida donde antes había abandono. Pero el mismo festival que nos llena de orgullo es también el que nos obliga a convivir con imágenes que no representan a muchos vecinos. Es legítimo preguntarse: ¿no se puede hacer mejor?

La respuesta es sí. Lo que reclamamos muchos residentes es un cribado de artistas y obras, un proceso de selección que garantice dos cosas fundamentales: calidad artística y respeto al entorno. No todas las propuestas enriquecen el barrio, y algunas, como la que menciono, directamente lo empobrecen. Un comité formado por vecinos, artistas y organizadores podría fijar unas pautas claras: libertad creativa, sí, pero enmarcada en criterios que velen por la convivencia y la dignidad del barrio.

No olvidemos que esta experiencia nació como un acto colectivo, como un gesto de comunidad. Si los vecinos sentimos que se nos ignora, que se prioriza cualquier ocurrencia antes que el bienestar de quienes aquí vivimos, entonces el proyecto pierde su raíz. El arte urbano no puede desligarse de la convivencia.

Por eso, este llamamiento no es contra las Meninas de Canido, sino a favor de ellas. Queremos que sigan creciendo, que sigan atrayendo visitantes y poniendo a Ferrol en el mapa cultural, pero también queremos que cada pintura sea motivo de orgullo y no de incomodidad. Que cada obra sume belleza y no controversia innecesaria. Que el barrio siga siendo un museo al aire libre, sí, pero un museo de calidad y respeto.

En definitiva, las Meninas de Canido son un patrimonio compartido. Nos pertenecen a todos, artistas, visitantes y sobre todo a los vecinos que las vemos cada día al abrir nuestras ventanas. Y porque son de todos, debemos cuidarlas. El futuro de Canido pasa por seguir siendo un barrio creativo, vivo y lleno de arte, pero también por escuchar a quienes aquí convivimos. El arte que transforma debe unir, no dividir.

No es una cuestión de censura ni de moralidad. El problema no es el desnudo en sí, sino el mal gusto y la falta de calidad de esta pintura concreta. Para quienes vivimos frente a ella, no supone arte ni belleza, sino un motivo de incomodidad diaria. Tanto es así, que incluso mi padre, en vida, escuchó a un vecino mayor decirle: “De noche deberías levantarte y borrarla, porque da asco verla”. Esa frase resume el sentir de muchos: no rechazamos el arte, rechazamos lo que no está a la altura de Canido.

Aún más preocupante es lo que sucede con los más pequeños. En más de una ocasión he visto cómo niños, al volver del colegio, se detenían ante la pintura y ponían las manos directamente en los genitales de la figura. Y me pregunto, con inquietud, si mañana no repetirán ese gesto con alguna compañera en clase. No estamos hablando de puritanismo, sino de sentido común y responsabilidad: una obra en la calle no puede provocar estas reacciones en los niños, ni normalizar comportamientos inadecuados.

Por eso insisto: no rechazamos el arte, rechazamos lo que no está a la altura de Canido. Queremos calidad, respeto y obras que embellezcan el barrio, no que lo degraden ni que incomoden a quienes aquí vivimos cada día.