«El Pecado Tiene Cura, la Ignorancia No: Sermón Medieval de Reig Pla Despierta la Vergüenza del Siglo XXI»

«El Pecado Tiene Cura, la Ignorancia No: Sermón Medieval de Reig Pla Despierta la Vergüenza del Siglo XXI»

Hay declaraciones que hieren, otras que indignan, y luego están las de Monseñor Juan Antonio Reig Pla, que sencillamente dan vergüenza ajena. Sí, el obispo emérito ha vuelto a abrir la boca, y esta vez ha decidido arremeter —desde el púlpito sagrado de la Basílica de Alba de Tormes— contra uno de los colectivos más vulnerables y dignos de respeto: las personas con discapacidad.

Afirmar en 2025, con toda la autoridad eclesiástica que aún ostenta, que la discapacidad es “herencia del pecado y del desorden de la naturaleza” no solo es un despropósito teológico, científico y humano, sino una ofensa frontal a los principios más básicos de una sociedad decente. Pero claro, ¿qué se puede esperar de quien lleva años confundiendo el púlpito con un altavoz de cruzada moralista?

Las palabras de Reig Pla no son un desliz. No es un error aislado. Son la enésima confirmación de una visión del mundo anclada en la superstición, en la culpa y en el desprecio disfrazado de condescendencia. Porque no hay nada más cruel que revestir la ofensa con un manto de falsa compasión: “Han sido llamados por Dios”, añade después de culpabilizar a unos niños por una supuesta «herencia» de pecado. Como si fueran errores de fábrica enviados desde un cielo punitivo.

¿Y quién le ha dado a este hombre el derecho a repartir diagnósticos morales sobre la genética humana?

¿En qué evangelio leyó que los cromosomas son juicios divinos? ¿Dónde está esa teología del castigo infantil? ¿Cuándo se volvió aceptable en nombre de Dios sugerir que una persona con síndrome de Down, autismo o parálisis cerebral está pagando la cuenta de un pecado original como si esto fuera un banco cósmico?

Lo más grotesco no es solo lo que dice, sino cómo lo dice. Esa frase edulcorada y retorcida de “no eres un fracaso, ni desde el origen” es casi peor que el insulto directo. Es como si dijera: “Eres un producto defectuoso, pero bueno, Dios te quiere igual”. Una especie de “te toleramos en el banquete celestial” que esconde lo que realmente piensa: que hay seres humanos de primera y de segunda.

La Edad Media llama, y quiere recuperar a su obispo.

No es la primera vez que Reig Pla mete el dogma hasta el cuello en el barro de la realidad humana. Ya lo hizo con sus ataques a la comunidad LGTBI, sus sermones sobre el “infierno de los homosexuales” o sus panfletos sobre el “demonio del aborto”. Todo lo empaqueta con incienso y sotana, como si el hábito hiciera al pensador.

Y mientras tanto, la sociedad civil —como Asprodes, en este caso— tiene que salir a hacer lo que la Iglesia debería haber hecho hace décadas: defender la dignidad humana sin apellidos ni excepciones. Porque no, la discapacidad no es una penitencia. Es una condición humana más. No es un castigo celestial ni una grieta en la perfección divina, es parte de la diversidad que nos define como especie. Y quienes la padecen no necesitan redención; necesitan inclusión, respeto, recursos, empatía y derechos.

Pero claro, a Reig Pla todo eso le debe sonar a relativismo moderno. A “agenda ideológica”. A progresismo desatado. Para él, todo lo que no encaje en su molde medieval está torcido. Y si no está torcido, pues está poseído.

El problema es que este tipo de discursos no son solo absurdos, sino peligrosos.

Peligrosos porque refuerzan el estigma. Porque cuando un niño escucha que su condición es fruto del “pecado”, aunque no entienda la teología, entiende perfectamente el rechazo. Porque cuando una familia que lucha día a día contra las barreras sociales oye que su hijo o hija es producto de un “desorden”, recibe otro golpe emocional disfrazado de doctrina.

¿Hasta cuándo vamos a tolerar que representantes religiosos hablen así sin consecuencias reales? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que se escuden en la libertad de culto para promover ideas que ni siquiera la Iglesia oficial —la sensata— comparte ya? ¿Dónde están los obispos que deberían desmarcarse de estas declaraciones infames?

Reig Pla no es solo un obispo emérito. Es el síntoma de una Iglesia que aún no ha terminado de decidir si quiere caminar con el mundo o seguir dando vueltas en círculos alrededor del dogma. Mientras tanto, él sigue hablando desde su púlpito, repartiendo pecados como quien lanza piedrecitas al tejado de los demás. Pero no se da cuenta de que el suyo es de cristal.

Y aquí estamos, en pleno 2025, escuchando aún sermones que ni en el siglo XV habrían pasado sin escándalo.

La buena noticia es que hoy la sociedad responde. Que hay asociaciones como Asprodes que levantan la voz, que hay medios que no callan, que hay personas que no tragan con el incienso de la infamia. Porque si hay algo más sagrado que cualquier altar, es la dignidad humana.

Y esa, Monseñor, no se toca. Ni con sotana. Ni con Biblia. Ni con su eterna y rancia homilía del pecado.